Wednesday, April 20, 2011

¿QUO VADIS, ROMERO?

Haciendo un balance de Semana Santa de las meditaciones que venimos haciendo en este blog ya por cinco años, se puede resumir diciendo que hemos venido desarrollando una nueva forma de ver a Mons. Romero que es a la vez más equilibrada y también más radicalmente comprometida con la verdad personal y con la realidad histórica. (¡Bueno, esto ha sido nuestro afán y rogamos a Dios que hayamos logrado alcanzar alguna parte de ese gran reto!) De hecho, ha implicado una verdadera revolución en la forma de verlo.

La lectura más o menos universalmente aceptada de Mons. Romero hasta hoy había sido que él era un clérigo conservador que se convirtió en un profeta radical después de que su mejor amigo fuera asesinado. La radicalidad que se le atribuye varía desde un seguimiento de las corrientes de la Teología de Liberación, hasta acusaciones de simpatías con el marxismo y, en las versiones más truculentas, de agitación a la violencia, insurrección, etc. La idea central tiene su atractivo y ha ganado amplia aceptación: Romero, se dice, experimento una “conversión”. Pero nadie ha cuestionado a fondo o sometido a prueba este modelo de Romero, preguntando: ¿cómo fue esa conversión?, ¿cuándo se dio?, y precisamente ¿en qué forma se desarrolló? O sea, si en concreto hubo una “conversión”, ¿cuál fue su alcance y definición? Nadie lo ha descrito, nadie lo ha examinado críticamente, presentando el “antes” y “después” del pensamiento de Romero y señalando los puntos de ruptura. Lo más sorprendente es que el propio Romero no lo hace, y parece raro que como pastor, si él tenía nuevas luces que lo guiaban en su pastoral, no hizo una declaración de su epifanía para nuestra orientación. Al contrario, insiste que no hubo conversión. (James BROCKMAN, Romero : A Life [Romero: Una vida]. Nueva York: Orbis Books, 1989, pág. 128).

Todo esto exige una revisión de la vida de Romero para tener una visión de su persona que haga este escrutinio y desarrolle a base de eso un nuevo modelo que tome en cuenta no solo las homilías de su arzobispado (todo mundo se conforma en analizar solo eso), sino también otros elementos que han estado surgiendo últimamente como son: los apuntes de sus años en el seminario, las notas de prensa que él escribió como sacerdote y como obispo, las fotos que él tomó que ahora son parte de una importante exhibición en San Salvador, su carta pastoral como Obispo de Santiago de María, su homilía nacional de 1976, etc. Se debe hacer un balance de todo esto y después una medición de este balance en contraste y comparación a su diario, sus homilías como arzobispo ... y ver cuál es la verdadera trayectoria de su pensamiento: si es ruptura o continuación. Al practicar este análisis, estamos convencidos de que existe más de continuidad que de cambio radical de postura, en la teología y el pensamiento de Mons. Romero. Es decir, al examinar sus criterios a través de los años, nos damos cuenta de que los principios se mantienen, pero el grado o intensidad de su aplicación varía según la evolución de las circunstancias que lo rodean. Esto corresponde exactamente con lo que el mismo Romero describe como su proceso: “Lo que ocurre en mi vida sacerdotal, yo lo he tratado de explicar como una evolución”, insiste. (BROCKMAN, Op. cit.) “Si daba la impresión de ser más ‘discreto’ y ‘espiritual’, era porque yo creía sinceramente que así respondía al Evangelio, ya que las circunstancias de mi ministerio no habían sido tan exigentes de una fortaleza pastoral que, sinceramente, yo creo que se me pidió en las circunstancias en que llegue a ser arzobispo”. (Ibid.)

El modelo evolutivo que el mismo Mons. Romero propone responde efectivamente a los elementos que debemos tomar en cuenta, incluyendo:
  • al seminarista Romero que nos dice en diciembre de 1941, “Los pobres son la encarnación de Cristo. A través de los andrajos, de los ojos oscuros, de la hediondez de las llagas, de las risas de los trastornados... el alma caritativa descubre y adora a Cristo”. (J. Delgado, "Romero, Un joven aspirante a la santidad", ORIENTACIÓN, Vol. LV Nº 5463, 25 de marzo del 2007.)
  • al padre Romero que denuncia en de marzo de 1945 a “los ricos injustos [que se olvidan] de aquel Dios que no es aceptador de personas cuando reclama la justicia”. (O.A.R., "Un santo antiguo prototipo del hombre moderno", CHAPARRASTIQUE No. 1562, Págs. 1 y 4, 16 de marzo de 1945.)
  • al fotógrafo Romero quien, “con su lente él realiza fotos de niños, de enfermos, de presos”, que demuestran que “él desde muy joven tiene una sensibilidad muy especial por el pueblo que no la tiene cualquier sacerdote”. (Eric Lemus, En fotos: Monseñor Romero inédito, BBC Mundo, 29 de marzo del 2011.)
  • al obispo Romero quien en su primera carta pastoral de 1975 en Santiago de María condena “la injusta desigualdad social y económica y política en que viven nuestros hermanos” ("El Espíritu Santo en la Iglesia”, Primera Carta Pastoral de Mons. Oscar A. Romero, Obispo de Santiago de María, mayo de 1975.)
  • al obispo Romero quien en su primera homilía nacional en 1976 predica sobre la “liberación” (O.A. Romero, "El Divino Salvador: Quién es, Cómo es su Liberación, Cómo llega hasta nosotros su Obra", DIARIO DE ORIENTE, Nos. 31001, 31005, 31006, 31007, 31008, 31009, agosto-octubre 1976).

 Con esta perspectiva integral, es difícil hablar de ruptura y conversión; y resulta necesario considerar una evolución que hace posible identificar los elementos que existían al principio y seguir los rastros hasta el final. Por ejemplo, cuando Romero dice en 1952, “La iglesia va al campesino, generosamente para amarlo, para elevarlo y hacerlos sentir su grandeza de hijo de Dios y rey de la creación” (O.A.R., "La Iglesia va al campesino", CHAPARRASTIQUE No. 1946 Pág. 1, 12 de diciembre de 1952.), nos damos cuenta que esto equivale exactamente con lo que predica en 1979, “urjan sus derechos teniendo en cuenta que tanto Uds., como los patronos son personas humanas, hijos de Dios” (Homilía del 1º de mayo de 1979). Cuando Romero declara en 1950 que un mandatario injusto “no es digno de obediencia y el ciudadano debe obedecer primero a Dios” (O.A. Romero, "La Colaboración de la Iglesia", Semanario CHAPARRASTIQUE No. 1838, Págs. 1 y 4, 22 de septiembre de 1950), esto equivale a su insistencia en 1980 de que, “Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla; Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado” (Hom. 23/3/1980).  Etc.

De hecho, la única ruptura que cabe mentar es el quiebre que estamos marcando con la Teología de la Liberación. Resulta innecesaria tomarla en cuenta para explicar la “conversión” de Romero cuando se establece de que no hubo tal conversión de manera repentina o dramática. Es más, la opción preferencial por los pobres en Romero, se remonta a sus años en el seminario y antedata al surgimiento de esa corriente de los intelectuales católicos en los años 60. El pensamiento social de Romero estuvo nutrido por las cartas de los papas; y su identificación con los pobres surge naturalmente de sus estudios y prácticas ascéticas. Con el reconocimiento de la importancia de estos otros elementos, la Teología de la Liberación pierde trascendencia. Romero estaba al tanto de ella, y escribió sobre sus tendencias en los años 70. Pero el estudio formal de la Teología de la Liberación tuvo más relevancia para informar al clero que apoyó a Romero que al propio arzobispo. Su prerrogativa fue, “‘Sentir con la Iglesia’, que concretamente significa apego incondicional a la Jerarquía”. (O.A.R., 'Aggiornamento', CHAPARRASTIQUE No. 2981, Pág. 1, 15 de enero de 1965.)

Monday, April 18, 2011

THE SAN SALVADOR SERMON


In August 1976, Óscar A. Romero was invited to preach the sermon for the Feast of the Transfiguration, the national patronal feast of El Salvador. At the time, Romero was the Bishop of Santiago de María in rural eastern El Salvador and the sermon would provide an opportunity to speak at the San Salvador Cathedral for the largest celebration in Salvadoran life. The sermon would have been broadcast over the radio, giving the obscure bishop the largest audience of his life. And—given the fact that Romero was appointed Archbishop within a few months—it proved a star-making turn.  (This is an analysis of a recently published sermon which has only come on line within the last days.)

Bishop Romero used the chance to preach about the liberation inherent in the salvific message of Christ. Speaking gently, Romero reminded his audience that, because the Feast of the Transfiguration harkens to the founding of the country, the celebration was like the evocation of a “cradle song.” Revisiting that history, said Romero, was an opportunity to “face up to the question of whether our religious and national life is being constructed according to the solid coordinates” of Christian teaching. (O.A. Romero, El Divino Salvador: Quién es, Cómo es su Liberación, Cómo llega hasta nosotros su Obra [The Divine Savior: Who He is, what His liberation consists of, how His work reaches us], reprinted in DIARIO DE ORIENTE, Nos. 31001, 31005, 31006, 31007, 31008, 31009, August-October 1976, available here.) Romero then recalled that Pope Paul VI, meeting in Ordinary General Assembly with the Synod of Bishops in 1974, had acknowledged “the voice of the millions of sons and daughters of the Church” in the Third World who groan under the burden of “famine, chronic disease, illiteracy, poverty, injustices in international relations and especially in commercial exchanges, situations of economic and cultural neo-colonialism sometimes as cruel as the old political colonialism.” (EVANGELII NUNTIANDI, 30) The Church, Romero proclaimed, had a duty to attend to their “complete liberation.”

As he would as archbishop, Bishop Romero proposed the Divine Savior—the Transfigured Jesus—as the model of that liberation. “We do not have to go like beggars to atheist sources or to ones without a sense of Transcendence for our concept of Liberation,” Romero said. “Starting from our national origins,” he said, “God has favored us with His true message. It is there, in the innermost part of our faith and of our authentic national spiritual identity, where we find the light and the strength that the Divine Savior offers us for the effective liberation, promotion and transformation of our country.” And as the Pope and the bishops called for a “complete liberation,” Romero preached, “The liberation of Christ and of His Church, does not reduce itself to a merely temporal endeavor. Its objectives are not reduced to an anthropocentric perspective, to a material well-being, or to initiatives of a political, social, economic or cultural order.” Then he cautioned, “Much less can it be a liberation justified upon or which justifies violence.”

Instead, “complete liberation” includes these things (material well being, initiatives of a political, social, economic or cultural order) but goes beyond them. The Liberation of Christ and His Church “is a liberation that encompasses humanity in its entirety, in all its dimensions,” Romero declared, “and that includes being open to the Absolute, which is God.” Speaking in generalities, but without ambiguity, Romero said that the Church stands shoulder to shoulder with others who practice the acts of temporal liberation, adding its own contributions in the field of spirituality: “When it joins those who work for liberation,” Romero said, “the Church does not limit its action to the religious field, disassociating itself from the temporal problems of Mankind; instead, it reaffirms the primacy of its spiritual vocation.” The Church, he said, “does not substitute the proclamation of the Kingdom of God for the announcement of human liberations,” but its best contribution is to convert hearts. “The Church agrees,” he said, “that it is necessary to change existing structures for ones that are more just and more humane.” But, the Church is convinced, he added, that the new ones would revert to being unjust and inhumane if there was not true the profound conversion at the spiritual level that the Church is concerned with.

The sermon was a decisive, albeit conservative, pronouncement that revealed Romero’s evolving pastoral compass, attentive to the reality of his country and of his Church.

Background:

Romero's 'Transfiguration Theology' (Spanish)

Romero's final Transfiguration sermon (Spanish)

Criticism of Jon Sobrino in '76 Sermon

Wednesday, April 13, 2011

EL REVOLUCIONARIO DE DIOS *

Óscar Arnulfo Romero escribió que, “la Iglesia es la más auténtica revolucionaria de la historia”. (* “El Revolucionario de Dios” es el nombre de un antiguo sitio web sobre Mons. Romero.) La Iglesia, dijo Romero, predica obediencia siempre y cuando un mandatario sea justo, pero, “una vez salidos de ese cauce, el mandatario ya no es digno de obediencia y el ciudadano debe obedecer primero a Dios”, dijo Romero. Y advirtió: “en este caso la historia no conoce rebeldía ni revolución más valiente que la resistencia de la Iglesia...auténtica revolución de 20 siglos con incomodables páginas de sangre y persecución”. Escribió esto en el año 1950. (O.A. Romero, La Colaboración de la Iglesia, Semanario CHAPARRASTIQUE No. 1838, Págs. 1 y 4, 22 de septiembre de 1950. Los varios artículos citados están disponibles aquí.)

Así como una nueva exposición fotográfica está robusteciendo nuestro entendimiento de la “voz y mirada” de Óscar Romero y su sensibilidad por los pobres y marginados antes de llegar al arzobispado, las ponencias del Padre Romero publicadas en el semanario pastoral de la diócesis de San Miguel nos revelan a un sacerdote que va desarrollando su concientización social al pie de las notas de la Iglesia del Concilio. Es necesario hacer tres acertamientos en este sentido: Primero, el P. Romero no hace “la cuestión social” (como así él lo llama) un punto predominante, pero sí se refiere al tema en términos sorprendentemente parecidos al lenguaje de su predicación profética en San Salvador. Segundo, el P. Romero, como un buen novicio, no se aparta demasiado de la postura de sus superiores, los papas y los obispos. De hecho, el joven sacerdote nos da una increíble pista sobre su filosofía pastoral cuando nos indica, “lo mejor es vivir hoy más que nunca aquel clásico axioma: ‘Sentir con la Iglesia’, que concretamente significa apego incondicional a la Jerarquía”. (O.A.R., 'Aggiornamento', CHAPARRASTIQUE No. 2981, Pág. 1, 15 de enero de 1965.) Finalmente, el P. Romero habla desde una lectura fuertemente anti-comunista, como era la tendencia prevalente de esa época.

Haciendo hacia un lado estas modalidades de expresión que obedecen al contexto y a la coyuntura histórica de un dado momento, es muy notable el mensaje esencial que transmite el P. Romero. Desde sus primeras notas, Romero insiste que una religión que se limita a la interioridad espiritual y no impacta la realidad externa cotidiana de los fieles es una creencia que resulta, al final de cuentas, demasiado truncada. “Es que nos hemos acostumbrado a ver la religión como una cosa de sacristía y procesiones y escapularios”, escribe el P. Romero apenas tres años después de su ordenación sacerdotal: “no se nos ha enseñado que la religión es vida … que es engrandecimiento del ciudadano porque templa su voluntad, porque da a su cerebro un sistema que apoya en lo inmutable ... porque es comprensiva de todos los sentimientos humanos y capaz de solucionar todos los problemas de la historia”. (O.A.R., Para el Centenario del Seminario, CHAPARRASTIQUE No. 1554, Págs. 1 y 4, 19 de enero de 1945.)

Como lo haría al ser arzobispo, Romero analiza “la cuestión social” como una deficiencia en los valores espirituales: “la rebelde negación de lo sobrenatural ha llevado a los ricos injustos a olvidarse de aquel Dios que no es aceptador de personas cuando reclama la justicia”, insiste Romero. (O.A.R., Un santo antiguo prototipo del hombre moderno, CHAPARRASTIQUE No. 1562, Págs. 1 y 4, 16 de marzo de 1945.) Romero es contundente en reconocer y condenar las transgresiones de ‘los ricos injustos’: hay un sector que “lleva al campo un sentido de superioridad tan marcado que casi se diría que vivimos de nuevo la era de los amos y los esclavos”, dice Romero. “De esa desestima proceden las inicuas explotaciones y escándalos”. Y los ricos se dan lujos, denuncia Romero, “mientras el pobre cortador, mal pagado, duerme sin ilusiones, bajo el ajeno cafetal para digerir la grosera tortilla con frijoles- único sustento que para él tiene el patrón en toda la temporada”. (O.A.R., La Iglesia va al campesino, CHAPARRASTIQUE No. 1946 Pág. 1, 12 de diciembre de 1952.)

Aunque no se conocía en ese tiempo la frase “opción preferencial por los pobres”, el P. Romero deja claro su preferencia. “La iglesia va al campesino, generosamente para amarlo, para elevarlo y hacerlos sentir su grandeza de hijo de Dios y rey de la creación”, escribe el joven sacerdote. (Ibid.) Pero el P. Romero no se limita en acoger a los pobres, sino que pronuncia una fuerte condena de sus abusadores: “no poner mano de hierro a los abusos de los acaudalados y dejar en la misma miseria a la mayoría de los pobres y obreros es cometer una injusticia en la legislación”, asevera. (O.A.R., Justicia en la Constitución, CHAPARRASTIQUE No. No. 1819, Pág. 1, 12 de mayo de 1950.) Los “excesos en recta doctrina no se llamarían leyes sino violencias, y no hay obligación de obedecerlas en conciencia”, escribe Romero en palabras que nos hacen pensar de su última homilía (“Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla ...”). Finaliza diciendo, “la justicia no pide favores sino derechos”. (Ibid.)

Finalmente, Romero defiende, aún en esta época en que nadie lo podría tildar de “marxista”, las enseñanzas de la Iglesia contra acusaciones de ser comunista. “Como era de esperarse, la reciente Encíclica de Pablo VI que enfoca decididamente el auténtico progresos de los pueblos y fustiga la injusticia social a elevación internacional, tenía que encontrar muy diversas reacciones”, escribe Romero. (O.A.R., La ‘Populorum Progressio’, CHAPARRASTIQUE No. 3093, Pág. 3, 21 de abril de 1967.) “Del sector capitalista surgió inmediatamente el calificativo de marxista para la ideología de la ‘Populorum Progressio’,” escribe Romero. “Marxismo y capitalismo son dos extremos que han originado inmensos males económicos sociales”, analiza. “No podía el Papa buscar solución de un auténtico progreso de pueblos en ninguno de los dos sistemas”. Y Romero es franco en aceptar el atractivo del comunismo. “El comunismo aboga por una sociedad sin clases, justa y pacífica; el cristianismo también”, admite. (O.A.R., Marxismo y cristianismo, CHAPARRASTIQUE No. 2021, Pág. 1, 16 de julio de 1954.) “El comunismo tiene el sentido de las masas populares; el cristianismo también”. Sin embargo, Romero no los ve en equivalencia: “lo que los diferencia radicalmente es que esos mismos ideales se buscan por caminos muy diferentes; el comunismo pretende construir esa nueva civilización con sus solas fuerzas humanas ... Mientras que el cristianismo sostiene que es imposible ese nuevo orden sin contar con la justicia y la caridad de Cristo instaladas en las almas”. (Ibid.)

Para Romero, Cristo fue siempre el elemento imprescindible en la batalla contra la injusticia: “sin Cristo se destruirán ciertas injusticias, pero se entronizarán otras peores”. (Ibid.)

Sunday, April 10, 2011

The Secret Life of Óscar Romero


A few months before he was felled by an assassin’s bullet, Msgr. Óscar Arnulfo Romero entrusted his friend Mrs. Santos Delmi Campos de Cabrera a veritable treasure: a box containing some 400 slides of photographs of and by Archbishop Romero throughout his life. Thirty years later, the Museum of the Word and Image of San Salvador (MUPI, for its Spanish initials) has mounted an exhibit featuring fifty of the photographs. (Super Martyrio will occasionally run photographs from the collection if they are appropriate to the topic of a particular post but will not, out of respect for the exhibit, post them en masse. You may find selected galleries of the pictures here and here and here.) The images provide a glimpse into the hitherto unknown life of Óscar Romero and already seem bound to shatter many of the misconceptions and over-simplifications about Romero. Basically, they reveal that he wasn’t a square, nor was he cold hearted, as legend has it, only awakening to the plight of his country’s peasants during the last three years of his life.

There is a sort of hypothesis,” says Carlos Henríquez Consalvi, “that Monseñor Romero undergoes a sort of conversion in the last years of his life, that only then does he have a preferential option for the poor.” Henríquez Consalvi is the director of MUPI. “Nevertheless, these photographs show that it is not true, because from very early on he has a very special sensibility for the people, that not every priest is going to have.” (Eric Lemus, En fotos: Monseñor Romero inédito [In Photos: The Unpublished Archbishop Romero], BBC World, March 29, 2011.) Istead, the MUPI photos taken by Romero show a peasant woman bathing a naked baby using a recycled tin can. Another picture shows a toddler in blue overalls standing off center against a glossy, newly painted, red wall. A peasant woman riding a mare is shot from a moving car. Boys playing ball are frozen in time—one of them, flying through the air.

Surprisingly, Romero had an eye for photography. “In Romero the photographer, I notice something very important,” says Henríquez Consalvi: “no picture is poorly taken. If you go through them, you see that the framing is perfect; the light is perfect; no shot is wasted,” he argues. (Lemus, Id.) “He would turn the camera when the image was vertical. And he always looked for the human touch: the smile of the children, the faces of the patients in the hospitals.” (Id.) This was, after all, the priest who had written in his notes as a seminarian: “The poor are the incarnation of Christ. Through their tattered clothing, their dark gazes, their festering sores, the laughter of the mentally ill ... the charitable soul discovers and venerates Christ.” (J. Delgado, Romero, Un joven aspirante a la santidad [Romero, a young aspirant to saintliness], ORIENTACIÓN, Vol. LV Nº 5463, March 25, 2007.) These photographs teach the sermon that Romero would later preach to us using words: They show the “faces of landless peasants mistreated and killed by the forces of power, faces of laborers arbitrarily dismissed and without a living wage for their families, faces of the elderly, faces of outcasts, faces of slum dwellers, faces of poor children who from infancy begin to feel the cruel sting of social injustice.” (March 2, 1980 Homily.)

Apart from the fact that Romero turned his camera on children, on the sick, and on the inmates of the prisons he visited, he also took pictures of everyday events such as the construction of the San Salvador Cathedral (that he would later lord over) and the arrival of the San Salvador zoo’s elephant (which finally died last year). The pictures of Romero are equally revealing. One sometimes gets the impression from Romero biographies that Father Romero was not comfortable in his own skin. He is depicted as aloof, and bookish. He is described as a perfectionist who was hard on himself and on others. He sought counseling to cope with stress and was poor at making friends, alienating the rest of the clergy while he was in San Salvador. But, the pictures reveal a priest who appears happy and who is usually surrounded by friends and parishioners. The strict cleric is seen in civilian clothing (suit and tie, though). We meet Romero the tourist: at the Vatican, at the Trevi Fountain in Rome, at the Bridge of Sighs in Venice, and on a ship sailing toward the sunset. These photos help us to celebrate the life of Óscar Romero, even as we always remember and revere his martyrdom. The images give life to Romero’s words after assuming the archbishopric in 1977: “my life does not belong to me, but rather belongs to you.” (August 21, 1977 Homily.)

Sunday, April 03, 2011

LA COSECHA DE OTRO ANIVERSARIO



El 31° aniversario del asesinato de Mons. Romero ha traído avances significativos en la de-politización de la figura del mártir. Tanto los gestos reconocidos como fueron la visita del Presidente Barack Obama a la Tumba de Mons. Romero y la Declaración del Secretario General de la ONU Ban ki-Moon en homenaje a Mons. Romero, como también los acontecimientos menos apreciados como ha sido el crecimiento de la conmemoración del aniversario en países como la India, donde este año hubieron grandes conmemoraciones, han significado logros increíbles en la figura del mártir. A la par de todo esto va la estatura de Mons. Romero como un héroe cada vez más universal y menos polémico o controvertido.

Cuando el dirigente de ARENA Mario Valenti criticó la visita del Presidente Obama a la tumba de Mons. Romero diciendo que no todos en El Salvador apoyan su canonización, y que Obama debería visitar también la tumba de Roberto d'Aubuisson, nadie de la derecha salió a respaldar su punto de vista. El ex canciller de la República y ex precandidato presidencial de ARENA, Francisco Laínez, se apartó de la opinión de Valenti en una entrevista. Los editorialistas golpearon fuertemente tales opiniones divisivas. “Es aquí, en su propia tierra”, opinó la editorial de EL FARO, “donde se obstaculiza su ascenso a la santidad por grupos radicales de ultraderecha que continúan negando su legado, con el fin de evitar que, con el reconocimiento universal de su vida, se hable inevitablemente de su muerte, perpetrada por grupos paramilitares encabezados por el fundador de ARENA y el hijo del ex presidente Molina, y financiados por grandes empresarios salvadoreños, cuyas acciones continúan impunes”. (Editorial, La trascendencia de Monseñor, EL FARO, 28 de Marzo de 2011.)

Más revelador es el hecho de que los periódicos derechistas se sumaron a la unidad alrededor de Romero. “ARENA se sigue equivocando con grandilocuencia al mostrarse reacia a admitir, clara y honrosamente, la indiscutible dimensión ética de Monseñor Romero”, escribió el ex-director de CONCULTURA del partido de derecha y director de la Cámara de Comercio en un periódico derechista. (Federico Hernández Aguilar, Monseñor Romero y los miserables, EL DIARIO DE HOY, 29 de Marzo de 2011.) Otra opinión en el mismo periódico ultra-conservador ese mismo día comentaba la visita del Presidente Obama a la Tumba de Romero—lejos de insistir que debió haber visitado la tumba de d'Aubuisson—diciendo: “Nuevamente tiene que ser un extranjero el que nos enseñe el respeto y la admiración por un líder como lo fue Monseñor Romero. Y no cualquier extranjero, nada menos que el Presidente de la potencia más grande del mundo”. (Juan Valiente, La otra agenda de los Obama, EL DIARIO DE HOY, 29 de Marzo de 2011.) El gesto de Obama era “invitación a defender a los más débiles, a los injustamente perseguidos, a los históricamente desprotegidos”, reza el editorial. “La búsqueda de la justicia social y del respeto a los derechos humanos son signos de una democracia”. (Ibid.)

Aunque algunos activistas de izquierda entonaron una nota desafinada, la corriente dominante impuso un tono unificador. Un estudioso de las homilías de Mons. Romero declaró un mes antes de su propia muerte en vísperas de este aniversario de que, “Romero no es que sea progresista ... No es un Casaldáliga, pero a la vez va mucho más allá que un progresista. Los deja atrás a todos. Es una mezcla de lo antiguo con lo nuevo. Eso es lo que lo hace auténtico”. (Entrevista con Miguel Cavada, compilador obra de Mons. Romero, EL FARO, 23 de Marzo de 2011.) El embajador de El Salvador por el gobierno efemenelista ante el gobierno Sandinista de Nicaragua fue aún más directo al insistir de que Romero “[e]ra un ortodoxo que señaló de forma radical las causas de los sufrimientos que aquejaban a su gente”. (Juan José Figueroa Tenas, La estatura universal de Romero, DIARIO COLATINO, 24 de Marzo de 2011.)

Estas han sido algunas de las cosechas del 31° aniversario de Mons. Romero.

Wednesday, March 30, 2011

UN NUOVO CONCETTO DI OSCAR ROMERO

Ogni anniversario di Mons. Romero ci dà nuove comprensioni circa la sua persona. Questo anniversario passato non è stato differente. In primo luogo, la visita dal Presidente Obama alla Tomba ha presentato una figura di Romero più universale, e meno ideologica.

I commentatori ora situano Romero oltre alla politica. «Non è che Romero è un progressista» – scrive un erudito di Romero - «Non è un [vescovo brasiliano Pedro] Casaldaliga. È molto più di un progressista: Li lascia tutti dietro. È una miscela dell'antico e del nuovo». (Miguel Cavada, «Romero deja atrás a todos: la mezcla de lo antiguo con lo nuevo lo hace auténtico», El Faro [San Salvador], 30 marzo 2011.) Alcuni commentatori sono stati ancor più diretti. L'ambasciatore salvadoregno in Nicaragua dichiara: «[Romero] era un ortodosso chi ha indicato le cause della sofferenza del suo popolo in un modo radicale». (Juan José Figueroa Tenas, «La estatura universal de Romero», Diario Co Latino [San Salvador], 24 marzo 2011.)

L'anno scorso---dopo il trentesimo anniversario---abbiamo celebrato il Romero che conosciamo, o il Romero che pensiamo che conosciamo. Infatti, lo avevamo ridotto ad una versione bidimensionale di sè. Questo anno, eravamo più disposti a vederlo con nuovi occhi. Questo anno, il Romero che vediamo è più intero. Vediamo più dell'uomo. Non solo la sua denuncia ed il suo martirio, ma il resto della sua vita, anche.

Questo anno, un'esposizione delle fotografie sta mostrandoci una nuova dimensione della vita di Romero. Vediamo un giovane Romero che sembra felice ed equilibrato. Non è un malcontento o un antisociale. Sembra felice fra la gente, fra i bambini. Il più sorprendente, ha una dimensione artistica -- ha preso alcune delle fotografie. Sembra che un'altra parte di Romero sia anche risorto.

Altre note in Italiano in questo blog:

Perché beatificare lui
Romero e i Papi: Giovanni Paolo I
Romero e i Papi: Benedetto XV
Obama visita tomba di Romero
Il padre Rutilio Grande

Saturday, March 26, 2011

AFTER OBAMA (THE DELUGE)

He came, he saw ... he lit a candle. President Barack Obama, at his own initiative, visited the tomb of Archbishop Romero during his brief stop in El Salvador—the only outing outside of his official cortege, save for a visit to the U.S. Embassy—leaving behind a wake of snarled traffic and many unanswered questions. The one we will concern ourselves with here, is: Does Obama’s visit help or hurt the canonization cause, or even matter at all? For additional discussion, please see the post mortem in Tim’s El Salvador Blog.

The short answer is that Obama’s visit does not hurt, and that it does, in fact help, but only indirectly, Romero’s canonization cause. It does not hurt, despite the fact that the visit was a political act by a political leader, and we have been told for years that the “politicization” of Archbishop Romero has been impeding the progress of the canonization drive. Here, we must note the extreme care and discretion with which the President’s visit was handled. Obama did not (to the chagrin of the activists) go down to Romero’s Tomb to give a speech or otherwise make a big political statement. In fact (to the disappointment of the journalists present), Obama did not make a statement at all. He went to the Crypt, accompanied by the current archbishop, and lit a candle at Romero’s grave. The approach was delicate and respectful: the scene was not even broadcast live (to the frustration of television audiences). And, to the extent that Obama’s visit had political content at all, the message was reconciliation and overcoming the division and conflict of the past. For that reason, Obama’s visit does not hurt at all.

While Obama’s visit definitely did not hurt, it also did not help directly. That is, the fact that the President of the United States visits a would-be saint’s grave does not add weight to any of the considerations being deliberated in the Vatican to determine whether or not he is a saint. There is no credit for having friends in high places and, while the President of the United States may be “the most powerful man on earth,” he should not and does not wield authority over a religious process like a canonization cause. But this does not mean that Obama’s visit will not help at all. In fact, it should help in two important respects.

First, Obama’s visit is a high profile event: as Archbishop Escobar said, a “world event,” which can shape the world image of Archbishop Óscar Romero. The visit by a President of the United States strengthens and bolsters the idea that Archbishop Romero is being transformed into—or has already become—a universal figure, as opposed to a partisan figure that is attractive only to a narrow ideological sector. Secondly, and perhaps more importantly, Obama’s visit can help assure that the impression becomes the reality, and that Romero is accepted by a broad segment of the society, including the various political factions; and that the Left accedes to this process and stops using him as a proprietary symbol.

Obama’s visit provides a template of how this can be accomplished. Obama showed the Left that you can literally go down to Romero’s grave and bow your head and light a candle and that, even though you don’t shout slogans and have a sit-in, that act is symbolic enough that it will send an unmistakable signal of solidarity and empathy with Romero’s cause. On the other hand, it also showed the Right that there is a necessity to acknowledge the past, to pay respects to the victims, and to begin to celebrate the heroes who stood against repression and abuse. If the visit leads to some conversion—or, at least, some conversation—then it will do much needed good.

Thursday, March 24, 2011

SEPTEM SERMONES AD PAUPEREM 7
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El 24 de marzo de 1980, “Monseñor Romero había amanecido con su sotana blanca”. (Jesús DELGADO Acevedo, Oscar A. Romero—Biografía, Ediciones Paulinas, Madrid, España, 1986.—Esta es una serie sobre las siete últimas homilías de Mons. Romero: Lea el texto de esta homilía en español acá y en inglés acá; escuche el audio acá.) Al ver que vestía su sotana de paseo, las monjas le preguntaron a donde iría y él les contestó, “A donde yo voy ustedes no pueden ir”. (Ibid.)

Las actividades de aquel día lo llevarían a la playa para una convivencia de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz (mejor conocido como “Opus Dei”), a una “misa entre campesinos, en una humilde iglesia consagrada a la Virgen de Lourdes en el cantón Calle Real, ubicado en el área rural del municipio de Delgado, a mitad de camino entre San Salvador y Apopa”, y finalmente a hacer su último examen de conciencia ante su confesor el P. Segundo Azcue, S.J., en Santa Tecla. (José Miguel CEJAS, Los últimos días de Óscar Romero, ConElPapa.com; Roberto VALENCIA, El amigo de Monseñor Romero, La Prensa Gráfica, 20 de marzo de 2011; James BROCKMAN, Romero: A Life [Romero, una vida]. Nueva York: Orbis Books, 1999, pág. 243.) El último compromiso que Mons. Romero tenía aquel lunes fue publicado en un aviso en el periódico que decía que la familia de la Sra. Sara Meardi de Pinto, fallecida un año atrás, “le invitan a la Santa Misa que oficiará el Señor Arzobispo de San Salvador, en la Iglesia del Hospital de la Divina Providencia ... a las 18 horas de este día”. (Carlos DADA, Así matamos a Monseñor Romero, El Faro, 22 de Marzo de 2010.) La Misa era íntima y sencilla, uniendo a la familia de la difunta y a algunas de las monjas del Hospitalito. (BROCKMAN, Op. cit., pág. 244.)

La lectura era del Evangelio de San Juan 12, 23-26: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, produce mucho fruto”. (Ibid.) A esta, Mons. Romero agregó una lectura del Vaticano II que reza, “La figura de este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen en el corazón humano”. («GAUDIUM ET SPES», 39.) El fragmento recordaba lo que Mons. Romero había predicado durante las exequias del P. Octavio Ortiz Luna el año anterior: “la figura de este mundo pasa y sólo queda la alegría de haber usado este mundo para haber impulsado allí el reino de Dios”. (Homilía 21/1/1979.) El P. Octavio era uno de seis de sus sacerdotes asesinados que Mons. Romero había tenido que enterrar en los tres años de su arzobispado. (Los otros eran Rutilio Grande y Alfonso Navarro en 1977; Ernesto Barrera en 1978; y Rafael Palacios y Alirio Napoleón Macías en 1979.) “Pasarán por la figura del mundo todos los boatos, todos los triunfos, todos los capitalismos egoístas, todos los falsos éxitos de la vida”, había predicado: “lo que no pasa es el amor ... En la tarde de tu vida te juzgarán por el amor”. (Ibid.)

Ahora en la tarde de su propia vida, Mons. Romero habló del amor de la difunta por cuya alma se ofrecía la misa. “Recordamos pues”, dijo, “con agradecimiento, a esta mujer generosa que supo comprender las inquietudes y esfuerzos de su hijo y de todos aquellos que trabajan por un mundo mejor, y supo también poner su parte de granito de trigo en el sufrimiento”. Sus palabras recordaban una homilía al principio de su arzobispado sobre el martirio, que el Evangelio llama el “amor más grande” (Juan 15:13): “tener espíritu de martirio, es dar en el deber, en el silencio, en la oración, en el cumplimiento honesto del deber; en ese silencio de la vida cotidiana, ir dando la vida, como la da la madre que sin aspavientos, con la sencillez del martirio maternal da a luz, da de mamar, hace crecer, cuida con cariño a su hijo”. (Hom. 15/5/1977.)

Mons. Romero habló de la importancia de dar al trabajo social, tan necesario en aquella hora, una dimensión de trascendencia para hacerlo más duradero y valioso, “pues todo esto está redundando ahora, en esplendores de una corona que ha de ser la recompensa de todos los que trabajan así, regando verdades, justicia, amor, bondades en la tierra y no se queda aquí, sino que purificado por el espíritu de Dios”. Esto cuadraba con las últimas palabras que había pronunciado el día anterior en su misa dominical, en la que decía que su prédica no estaba preocupada solamente con una dimensión política, terrenal, sino con “la trascendencia que mira ante todo a Dios y sólo de Dios deriva su esperanza y su fuerza”. (Hom. 23/3/1980.)

La vida de Mons. Romero tuvo ciertos paralelismos con la vida de Cristo: ambos viven existencias relativamente anónimas, aprendices de carpintería, que culminan en ministerios públicos de tres años que son eminentemente destacados. Los dos entran en sus ministerios proféticos presagiados por un profeta asesor (Juan el Bautista, Rutilio Grande). Los dos son mal entendidos y perseguidos por sus predicaciones, que son interpretadas por los poderes temporales como una intervención subversiva en la política. Cristo reflexiona sobre su sacrificio en Getsemaní y Mons. Romero ora en su último retiro en Santa Tecla. Los dos superan sus dudas. Como Cristo, Mons. Romero estaba marcado para la muerte. (“Todo el tiempo en que Jesús está hablando, yo no puedo imaginarme que no va a ser matado … Si estás siguiendo la vida de Jesús de día a día, te debes estar diciendo, ‘Alguien va a matar a este hombre’,” John Dominic Crossan, FRONTLINE, “From Jesus to Christ” [De Jesús a Cristo], PBS, 1998, Primera Parte, Capitulo 4) Los periodistas y observadores extranjeros presentían y comentaban el destino de Mons. Romero: “Todos los que reportábamos sabíamos que sería asesinado”, asegura uno de ellos. (Christopher DICKEY, When Death Came For the Archbishop [Cuando la muerte llegó para el arzobispo], NEWSWEEK, 24 de marzo de 2010.)

Como Cristo, Mons. Romero enfrentó el momento de su Sacrificio con serenidad: Mons. Romero espió a los asesinos posicionándose a la entrada de la Capilla y al francotirador apuntándole con su rifle. Así lo confirman manchas en sus vestimentos indicativas “de una efusión repentina y profusa” debido a que “en los segundos anteriores a su muerte, Mons. Romero, habiendo visto a su asesino, sudó como una reacción natural al ‘shock’ y la anticipación de lo que estaba a punto de suceder”. (Stonyhurst Curator returns to San Salvador, ROMERONEWS, edición no. 3, enero del 2009.) “Que este cuerpo inmolado y esta Sangre Sacrificada por los hombres nos alimente también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor”, dijo, preparando la Eucaristía, “como Cristo—no para sí, sino para dar cosechas de justicia y de paz a nuestro pueblo”. El amigo de Mons. Romero, Mons. Ricardo Urioste también sostiene que Mons. Romero vio a sus asesinos en los segundos antes del disparo (Comentario de Mons. Urioste en la Celebración Ecuménica del Vigésimo Aniversario del Martirio de Mons. Romero en Catedral Metropolitana, 24 de marzo del 2000), algo que es lógico dado que Divina Providencia es una Capilla pequeña. Sin desmayarse ante a la muerte, Mons. Romero concluyo su oración con serenidad: “Unámonos pues, íntimamente en fe y esperanza a este momento de oración por Doña Sarita—y por nosotros”. En ese momento, estalló el disparo.

Mons. Romero había cumplido la “promesa” de sus notas en su ordenación sacerdotal de 1942:

Por tu Sagrado Corazón yo prometo darme todo por tu gloria y por las almas. Quiero morir así, en medio del trabajo; fatigado del camino, rendido, cansado... me acordaré de tus fatigas y hasta ellas serán precio de redención, desde hoy te las ofrezco. Señor Jesús, por tu Corazón y por las almas: promitto [prometo].
(Jesús DELGADO Acevedo, Romero, Un joven aspirante a la santidad, ORIENTACIÓN, Vol. LV Nº 5463, 25 de marzo del 2007.)

Tuesday, March 22, 2011

OBAMA

U.S. President Barack H. Obama visits the Tomb of Archbishop Óscar A. Romero in the Crypt of the San Salvador Metropolitan Cathedral on Tuesday, March 22, 2011, two days before the 31st anniversary of Archbishop Romero's assassination. • El Presidente de Estados Unidos Barack H. Obama visita la Tumba de Monseñor Óscar A. Romero en la Cripta de la Catedral Metropolitana de San Salvador el martes 22 de marzo del 2011, dos días antes del 31° aniversario del asesinato de Mons. Romero. • Il Presidente degli Stati Uniti Barack H. Obama visita la tomba dell'arcivescovo Óscar A. Romero nella cripta della cattedrale metropolitana di San Salvador il martedì 22 marzo 2011, due giorni prima del trentunesimo anniversario dell'assassinio di Mons. Romero.

[THIS WEEKEND: Complete analysis of the Obama visit.]

Sunday, March 20, 2011

SEPTEM SERMONES AD PAUPEREM 6
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«Stop the Repression!»
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Óscar Romero started his most famous sermon with a nod to his detractors: “I know that many are scandalized at what I say,” he acknowledged. (This is a series on Romero’s seven final sermons: Read the English text of the Homily here, the original Spanish text here and the original Spanish audio here.) He knew that many charged him with being too eager to meddle in politics, but he insisted that his sermons were carefully considered and prayed over. “I ask the Lord during the week,” he said, “while I gather the people’s cries and the sorrow stemming from so much crime, the ignominy of so much violence, to give me the right words to console, to denounce, to call to repentance.” And, “Though I continue to be a voice that cries in the desert, I know that the Church is making the effort to fulfill its mission.”

Many remember [Romero’s March 23] homily for his courageous call to the military to ‘stop the repression!’ [But, w]hat precedes that call ... is a beautiful homily that is vintage Romero.” (Scott Wright, Easter is Now the Cry of Victory! Archbishop Romero’s Last Homily, October 15, 2008, SicSal-USA.org.) The Sunday readings on March 23, 1980 included St. John’s account of Jesus telling the accusers of an adulteress, “Let he amongst you who is without sin cast the first stone.” (John 8:7.) Before the iconic pronouncement, the Gospel paints an enigmatic figure of Jesus, doodling on the ground while the Pharisees try to entrap Him with the theological conundrum of how to treat the sinful woman under the Judaic law. That image of Jesus is a fitting symbol of Romero’s stance. Initially, Romero comes across as studious: some had said—unfairly, in my view—that Romero was content to fiddle while El Salvador burned (See, “Romero,” Paulist Pictures, 1989). But Romero’s wheels were turning as he confronted the Salvadoran crisis, and one can see his thought process develop week to week: The previous Sunday, Romero had insisted that civil war talk was exaggerated and ought to not be given too much importance. (3/16/1980 Sermon.) But, on this Sunday, he said, “It must be admitted that our country is living in a pre-revolutionary era and not an era of transition.”

Like Jesus, Romero was plagued by enemies who wanted to catch him in a trap: they wanted to ensnare Romero in the charge that he was an agitator and Marxist sympathizer. Also like Jesus in the Gospel account, Romero responded to his accusers with a humane and sophisticated retort which unmasked the false legalisms of their arguments and challenged the accusers to confront their own consciences first. Romero’s argument slowly built up to the memorable “Stop the repression” discourse, but began, like Jesus’ doodles on the ground, with Romero setting up the groundwork for the argument, building it, thinking it through.

Jesus’ response to the Pharisees, Romero explained, shows that Jesus would place the dignity of the person above overly-rigid interpretations of the law. “The human person is not subordinate to the law,” he said. “‘Man is not made for the Sabbath but the Sabbath for man’” (Mark 2:27). In stating this principle, he made it clear that both the Right and the Left had violated it. “Some wish to make the person an instrument of exploitation,” he said. “Others, like Marxist ideologies, view the person as simply a cog in the wheel, and the National Security vision places the person in a position of servitude to the State, as if the State were the master and the human person, a slave, while in reality the opposite is true, that is, the state exists for the human person not the human person for the state.” He also pointed out the false legalism of those who would attempt to oblige him to either accept tepid reforms from an illegitimate government or be insinuated into a false embrace of violent alternatives. “Let us not invoke the law in order to save the Constitution of our land,” he chided, “especially when this law is trampled upon from very side.”

Romero then laid out in explicit detail the many violations of constitutional rights in El Salvador, which made the meager reforms offered by the Junta appear so useless. Before going into detail, Romero noted that Pope John Paul II had highlighted deaths in Rome in his recent public statements: “I am sure that if the Pope were in my place he would point out not only the ten people who had been cruelly assassinated in Italy, but would take the time, like we are doing here, to point out the numerous assassinations that occur day after day.” Then, Romero began the terrible litany. He “reported that at least 78 murders had been perpetrated by state security forces during the previous week alone.” (Margaret PFEIL, PhD, Gloria Dei, Vivens Pauper: A Theology of Transfiguration, Catholic Peace Fellowship, Vol. 4.2, Spring 2005.) He went over the various incidents that produced those figures, one by one. “A day earlier, he noted, Amnesty International had declared that in El Salvador, human rights were being violated to an extreme not seen in other countries.” (Id.) Noting 600 political assassinations and the displacement of 3,500 peasants fleeing persecution, “Amnesty had established that in El Salvador human rights are violated to a worse degree than the repression in Chile after the coup d'état,” he said.

In this context, Archbishop Romero made his famous, final, forceful appeal, which tied up the Gospel references about human dignity vs. the law and the challenge to conscience:

I would like to appeal in a special way to the army’s enlisted men, and in particular to the ranks of the Guardia Nacional and the police—those in the barracks. Brothers: you are of part of our own people. You kill your own campesino brothers and sisters. Before an order to kill that a man may give, God’s law must prevail: «Thou shalt not kill!»

No soldier is obliged to obey an order against the law of God. No one has to fulfill an immoral law. It is time to take back your consciences and to obey your consciences rather than the orders of sin. The Church, defender of the rights of God, of the law of God, of human dignity, of the person, cannot remain silent before such abominations. We want the government to understand seriously that reforms are worth nothing if they are stained with so much blood.

In the name of God, and in the name of this suffering people, whose laments rise to heaven each day more tumultuous, I beg you, I beseech you, I order you in the name of God: Stop the repression!
(Hear Raul Julia's recitation from “Romero.”) Romero’s distillation of the Gospel in view of the insane spiral of violence coincided with Pope John XXIII teaching fifteen years before—when he declared that, “laws and decrees passed in contravention of the moral order, and hence of the divine will, can have no binding force in conscience, since it is right to obey God rather than men.” («PACEM IN TERRIS,» 1963.) Nevertheless, observers agree that in this sermon, “Romero preached his own death sentence,” because the military took his appeal as a call to sedition. (PFEIL, Supra.)

Romero’s conclusion had been impactful and poignant. In a famous poem, Bishop Pedro Casaldaliga proclaimed, “Saint Romero of America, our pastor and martyr: No one will silence your final homily!” Father Roy Bourgeois once blasted a recording of the sermon into the School of the Americas military training grounds. “Stop the Repression” has been reproduced in graffiti, posters, songs, t-shirts and websites, making this the most important homily in the history of the Latin American Church. (See, Top Ten Romero Quotes, June 22, 2006, Yahoo San Romero Discussion Group).

After the mass Romero stood on the steps of the basilica greeting people, listening to them. Some offered him little children to take in his arms. Others touched him and blessed themselves.” (James BROCKMAN, Romero: A Life (Orbis, New York, 1989), p. 242). At some friends’ house, later, that night, Romero “was silent and took off his glasses, which was unusual. At table he was unusually quiet; he gave ... a silent look as though he wanted to [say] something, and tears came to his eyes. The family wondered what was wrong. Then he began to talk about his best friends, recounting their virtues.” (Id.) It was his last night on this earth.

NEXT: “The grain of Wheat” (Spanish)

Wednesday, March 16, 2011

OBAMA VISITERÀ LA TOMBA DI ROMERO



Come abbiamo speculato in questo blog, il Presidente degli Stati Uniti Barack Obama visiterà la tomba di Mons. Romero durante il suo soggiorno nel Salvador il 22-23 marzo 2011, la Casa Bianca ha annunciato oggi. Per più su la visita di Obama, visita prego il Blog di Tim sul El Salvador (in inglese).

Note in Italiano in questo blog:

Perché beatificare lui
Romero e i Papi: Giovanni Paolo I
Romero e i Papi: Benedetto XV
Il padre Rutilio Grande
Nuovo concetto di Romero

Sunday, March 13, 2011

SEPTEM SERMONES AD PAUPEREM 5
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La tierra prometida
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En su homilía del 16 de marzo de 1980, Monseñor Romero señala una Tierra Prometida que se debate entre espejismo y realidad extremadamente remota que no obstante se vislumbra. (Esta es una serie sobre las siete últimas homilías de Mons. Romero: Lea el texto de esta homilía en español acá y en inglés acá.) En su momento, el líder afro-americano Rvdo. Martin Luther King, Jr. estuvo en la misma situación, y dijo que Dios, “me ha permitido subir a la montaña ... y he visto la tierra prometida. Quizá no la alcance con ustedes. Pero quiero que sepan esta noche que ¡nosotros, como Pueblo, vamos a llegar a la tierra prometida!”. (King, discurso del 3 de abril de 1968.)

Como el pastor King, Mons. Romero no se dejó vencer por el temor. Setenta y dos candelas de dinamita encontradas en el altar la semana anterior no lo disuadieron de su misión profética: “en vez de sentir miedo, sintamos más confianza”, esmeró a la feligresía. El propio espectro de la guerra civil, que ya se presentía, tampoco le causaba darse por rendido: “yo quisiera decirle a todos mis queridos hermanos que no estemos tan impresionados por una próxima guerra civil”, insistía. “Hay salidas todavía racionales que sinceramente tenemos que buscar.” Cara a cara con una sociedad irremediablemente resquebrajada, hacía llamadas a los diversos sectores individualmente: “Llamo a la oligarquía a colaborar con el proceso del pueblo ... Al gobierno ... A la coordinadora revolucionaria de masas ... Finalmente, un llamamiento a los grupos guerrilleros”. A cada uno de los contrincantes, Mons. Romero dirigía una interpelación adecuada a sus circunstancias particulares, pero cada una de estas súplicas tenía el mismo mensaje al fondo: “¡Conviértanse, reconcíliense, ámense, hagan un pueblo de bautizados, una familia de hijos de Dios!”

La situación era grave. “Nos hemos polarizado”, analizaba Mons. Romero: “cada uno de nosotros está polarizado, se ha puesto en un polo de ideas intransigentes, incapaces de reconciliación, odiamos a muerte”. El remedio era igual para cada uno: “Que no llegue a ser tan profundo el modo como tú quieres a tu país distinto del otro que lo quiere de otra manera, que te sientas que tú eres el único dueño de las soluciones y como si fueras el único dueño del país”. En una de las frases más increíbles de su arzobispado, Mons. Romero exclamó aquel domingo—el penúltimo domingo de sus predicaciones—“ Dios lo quiere”. Esta es la misma frase (“Deus Vult”) que el Papa Urbano II había utilizado en el año 1095 para lanzar la Primera Cruzada, solo que el antiguo líder de la cristiandad la usó para hacer guerra, mientras que Mons. Romero la usó para insistir en la Paz, predicando de que “nada violento puede ser duradero, que hay perspectivas aún humanas de soluciones racionales y, sobre todo, por encima de todo, está la palabra de Dios que nos ha gritado hoy: ¡RECONCILIACION!” La palabra era inequívoca para Mons. Romero y declaró: “Soy un Ministro de esa Iglesia de la reconciliación”. Quería actualizar las palabras de “San Pablo hablándole a los corintios, como lo que yo pudiera decir aquí hablando a los santos de San Salvador que son ustedes los bautizados, los que forman el pueblo de Dios. Como Pablo a los Corintios yo les digo a ustedes sus mismas palabras: nos encargó el servicio de reconciliar”.

Para, Mons. Romero, la reconciliación, la paz social, era la tierra prometida—la meta actual. “Cada país tiene su tierra prometida en el territorio que la geografía le señala”, fue su punto de partida. Pero sobre este significado textual estaba una “realidad teológica: de que la tierra es un signo de justicia, de la reconciliación”. Monseñor desarrolla la idea a través de diversas fuentes bíblicas, comenzando con la lectura del día sobre la Pascua de Gilgal, celebrada por Josué en la tierra prometida: “no olvidemos que la tierra está muy ligada a las bendiciones y promesas de Dios”, recordó Monseñor. “Adán saliendo del paraíso, hombre sin tierra, es fruto del pecado”. Posteriormente, “‘Toda esta tierra te la daré’, le había dicho Dios a los patriarcas; y después del cautiverio, conducidos por Moisés y Josué, aquí está la tierra”. Tejiendo otras ideas, Monseñor cita el Libro de Oseas cuando Israel olvida “que de Dios ha recibido la tierra y los frutos”, y con las «Confesiones» de San Agustín cuando advierte contra la explotación y el hedonismo . Finalmente, refiere “una preciosa Carta Pastoral de todos los obispos del Brasil,” titulada precisamente “La Iglesia y la Tierra”, para matizar el tema central de su homilía: que la aproximación “hacia la tierra prometida, es el símbolo de un peregrinar, de un retornar, de un buscar la reconciliación”.

El tema de la tierra era extremadamente oportuno el 16 de marzo de 1980, cuando la dictadura militar pretendía ofrecer una reforma agraria para dar una distribución más equitativa de la tierra y así prevenir el conflicto sanguinario que se avecinaba y que Mons. Romero quería desesperadamente evitar. “Las reformas agrarias son una necesidad teológica”, admite sin reparos Mons. Romero. “No puede estar la tierra de un país en unas pocas manos, tiene que darse a todos; y que todos participen de las bendiciones de Dios en esa tierra”. Citando a los Obispos de Brasil y haciendo suya su pronunciación, Mons. Romero declara: “Apoyamos los esfuerzos del hombre del campo por una auténtica Reforma Agraria, que le posibilite el acceso a la tierra en condiciones favorables para su cultivo”. La Iglesia no se estaba enfrentando con el gobierno sobre esa reforma. Era otro el tema.

De nuevo, Mons. Romero nos regresa al Antiguo Testamento, y a otro capítulo relacionado con la tierra. “Una vez más”, acusa Mons. Romero al catalogar una semana de desatada represión, “el Señor pregunta a Caín: ¿Dónde está Abel, tu hermano?” Aparte del fallido atentado dinamitero en su propia basílica, otra iglesia capitalina había sido ametrallada, y las víctimas fatales de la semana ascendían a niveles jamás imaginados. “Y aunque Caín le responde al Señor que no es el guardián de su hermano, el Señor le replica: La sangre de tu hermano me está gritando desde la tierra”. En solo cuatro días habían sido ultimados 43 campesinos, 11 obreros, 22 estudiantes, 2 profesionales, 5 otras personas de los sectores populares y 3 miembros de las fuerzas de seguridad. “Por eso te maldice esta tierra, que ha abierto sus fauces para recibir de tus manos la sangre de tu hermano. Aunque cultives la tierra, no te pagará con su fecundidad”. La tierra prometida se encontraba hipotecada por el pecado.

Y esta era la razón porque, a pesar de favorecer la reforma agraria, y su implicada equitativa distribución de la tierra, la Iglesia no podía estar conforme con esta reforma: “No olvidemos esa palabra de Dios a Caín: la tierra ensangrentada nunca podrá ser fecunda. Las reformas ensangrentadas nunca podrán ser fructuosas”. El ejemplo fratricida de Caín y Abel hace contraste dramático con el Evangelio del día, la parábola del Hijo Prodigo, que Mons. Romero caracteriza como “la parábola de la reconciliación cristiana”. Se detiene primero para comentar que constituye una “página bellísima” de las Escrituras. “Yo no sé si hay una página más bella en el Evangelio”, se maravilla. “Todo el Evangelio es bellísimo, pero cuando uno lee lo que hoy hemos escuchado: los dos hijos, el hijo menor que toma su herencia y se va a derrocharla y, sobre todo, el cariño de aquel padre que está esperando; y la reconciliación final de la parábola... uno dice: ¡qué vida más hermosa si de veras, a pesar de nuestros pecados, tuviéramos en cuenta el proyecto de Dios para reconciliarnos con Él”.

Solo al hacerlo seríamos, “una patria de hermanos, todos hijos de un Padre que nos está esperando a todos con los brazos abiertos. Así sea”.

Su homilía había durado casi dos horas. Ahora le quedaba una semana y un día para vivir.

SIGUE: ¡Cese la represión! (inglés)

Post Datum: En su «Mensaje Para la Cuaresma 2011», el Papa Benedicto XVI también advierte contra “un vínculo egoísta con la ‘tierra’, que nos empobrece y nos impide estar disponibles y abiertos a Dios y al prójimo”. Acercándonos a los pobres, dice el Papa, nos acercamos a Dios: “haciendo más pobre nuestra mesa aprendemos a superar el egoísmo para vivir en la lógica del don y del amor; soportando la privación de alguna cosa —y no sólo de lo superfluo— aprendemos a apartar la mirada de nuestro 'yo', para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos de nuestros hermanos”.

Friday, March 11, 2011

RICORDANDO IL P. RUTILIO GRANDE



«La liberazione che padre Grande predicava è ispirata alla fede, una fede che ci parla di una vita eterna, una fede che ora egli, con il viso rivolto al cielo, accompagnato da due contadini, offre nella sua totalità, nella sua perfezione, la liberazione che culmina nella felicità in Dio; la liberazione che prende avvio dal pentimento del peccato, la liberazione che si appoggia a Cristo, unica forza salvatrice; questa è la liberazione che ha predicato Rutilio Grande».

-- Mons. Oscar Romero, Omelia nella messa delle esequie del padre Rutilio Grande (testo in italiano, spagnolo, e inglese) ucciso il 12 marzo 1977.

Altre note in Italiano in questo blog:

Perché beatificare lui
Romero e i Papi: Giovanni Paolo I
Romero e i Papi: Benedetto XV
Obama visita tomba di Romero
Nuovo concetto di Romero

Tuesday, March 08, 2011

SEPTEM SERMONES AD PAUPEREM 4
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The Church: called to repentance; called to prophecy
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In a widely used “Romero liturgy” published by the Claretians, Óscar Romero’s entire preaching is succinctly—and, accurately—summed up as: “The Church: Called to repentance; called to prophecy.” This title also aptly describes Archbishop Romero’s March 9, 1980 sermon. (This is a series on Romero’s seven final sermons: Read the English text of the Homily here, and the original Spanish text here.) This sermon contained a pure distillation of Romero’s call to repentance and prophecy, with the high drama of Romero’s most powerful sermons. Joined at the altar by the coffins of two assassinated human rights workers, Romero accepted a Peace Prize from Swedish Action for Ecumenism at an overflowing Basilica of the Sacred Heart while his Metropolitan Cathedral continued to be occupied by popular organizations. His sermon was disseminated throughout the country by hand-held cassette tape recorders and CB broadcasts, because the Church’s radio station had been taken out by a bomb intended to silence the archbishop, but international relay stations were broadcasting it live to the rest of the Continent.

Archbishop Romero sets the stage first by recapping the Gospel of St. Luke, from which the readings for Lent 1980 were taken: The “Gospel of Mercy” recounts Christ’s journey to Jerusalem, which represents the place of God’s promises. It is a journey that would pass through “the path of suffering, the path of Calvary, the path of humiliation and the Cross,” but would culminate in “the path of triumph and victory and resurrection.” It was on this path, Romero preaches, that Jesus is asked in that Sunday’s readings whether some Jews who had died were going to Heaven. And Jesus replied, “unless you repent, you too will all perish.” (Luke 13:5.) If—as the Claretians have pointed out—“repentance” sums up Romero’s message, it was because Romero believed “repentance” summed up Christ’s call to action. “Repentance,” Romero preached, “is actually the synthesis of the whole Gospel ... Repentance is the foundation of the Kingdom of God.” The call to repentance, he points out, is a pervasive New Testament theme: “John the Baptist began his ministry with the call to repentance and Jesus did the same and also commanded His disciples to preach to the end of time that the Kingdom of God has arrived, repent and believe in the Gospel.”

Jesus’ Luke 13:5 warning, Romero preaches, is more urgent than ever before: “My sisters and brothers, if this [admonition] of Jesus were ever valid, then it is certainly now, at this time in El Salvador, when everywhere life is endangered: Repent!” This, Romero preached, is the “unmistakable” message of Lent. “How many polarizations, how many ideologies, how many selfish interests, how many mistaken paths of human beings,” he lamented, “and today I want the words of Jesus Christ to resound over all these realities: Repent! for if you do not repent, you will all perish.” The key to the reconciliation that this polarized society needed was for sinners to repent and do penance, Romero railed from the altar: “If we do not do penance then our baptism is useless. If we do not do penance then it does not matter that we are members of the People of God. If we do not turn our hearts toward God and repent of our faults we cannot think that we will enter the kingdom of Heaven.”

Romero’s emphasis can be measured by the frequency of particular words in his preaching. (Timothy SHORTELL, Radicalization of Religious Discourse in El Salvador: The Case of Oscar A. Romero, SOCIOLOGY OF RELIGION, Vol. 62, No. 1, March 22, 2001.) In this sermon, Romero uses the words “repent” or “repentance” a resounding twenty-seven (27) times, and he uses the word “penance” another seven (7) times. By contrast, he only says “liberation” four (4) times. Clearly, Romero’s preaching has revved up to a new level of intensity in this Lenten sermon in which he has begun to perceive that “the Calvary and the Cross” are just around the corner. Later that same day, he was scheduled to say the funeral Mass for Mario Zamora, an opposition leader who had been assassinated. After the service, a bundle of dynamite was found near the pulpit from which Romero had spoken. Even though the explosives did not go off, if they had, they were calculated to have been sufficient to take out the entire city block that the Basilica was built on.

Archbishop Romero’s call to prophesy implicated his ability to relate the day’s news with the Scriptural readings. (COLORADO, Obscure archbishop, living in his people, still causes mighty to tremble, NATIONAL CATHOLIC REPORTER, April 15, 2005.) In the Scripture, Jesus had said, “repent or you, too, will perish,” after he had been asked whether some Galileans killed during a religious rite and a group of Zealots killed at the tower of Siloam, would go to Heaven. About the “pious Galileans,” Romero preached, “Without a doubt their death was the result of repressive action, death that came as the result of religious persecution.” He recalled that Pontius Pilate had a reputation as “a man who carried out acts of violent repression, a man who sent soldiers into the midst of the multitude in the Temple to kill them.” He wryly remarked, “This man would certainly find a place here in El Salvador.” As for the Siloam dead he said, “It is most probable that these individuals were members of a political movement, the Zealots, and they died during a struggle.” In fact, the two types of victims—religious figures and political insurgents—matched exactly the profile of the victims that the persecution in El Salvador was producing and, therefore, Romero made the Gospel appear as a very precise mirror of everyday reality. What made Romero’s preaching “prophetic” was not, as is sometimes supposed, just that he delved into questions that affected the political life of his country, as the prophets of old intervened in the life of Israel. Romero went a step further, by drawing precise analyses between the circumstances of El Salvador and the narratives of the Bible, which made the Scripture and national life appear as alternate sides of the same coin for his pastoral analysis.  (Id.)

Romero also commented in this sermon on two reforms that had been proposed by the military-civilian junta governing El Salvador to avert war, agrarian reform and bank reform. In tandem with the hair raising litany of hundreds of recent political killings, Romero pleads that the repression has to stop, if any reform is going to be effective. A couple of times, Romero apologizes for having to wade into political issues: “the pastor has to speak of politics not because he is a politician but because from the perspective of God’s dynamism politics is under God’s dominion.” He also reminds the Left that this subordination requires them to maintain a healthy respect for “God’s dominion” of the field, reminding them that God required Moses to remove his sandals before approaching the Burning Bush, and therefore insisting that the Church’s call to repentance must be heeded by all sectors of society, including (and, perhaps, even, especially) by its would-be liberators.

The Church, Archbishop Romero preached, puts forward the Plan of God, which offers New Covenant reconciliation: “Through the history of the Church the history of Israel becomes the history of the people of El Salvador. The history of El Salvador is also the vehicle of the plan of God to the degree that the people of El Salvador take ownership” of it. El Salvador, he said, was living through “a dark night of repression and violence” which was evident in the very Basilica. “The Word of God,” he went on, “enables us to experience the dawn of a new day if we become reconciled and repent.”

NEXT: The Promised Land (Spanish)

Post Script: In his Ash Wednesday, March 9, 2011 General Audience discourse, Pope Benedict XVI repeated some of the themes—and used some of the exact phrases—that Archbishop Romero used in his March 9, 1980 sermon on repentance. Like Romero, the Pope emphasized the Gospel’s emphasis on Jesus’ journey: “It means accompanying Jesus as he travels to Jerusalem, the place where the mystery of his passion, death and resurrection is to be fulfilled,” said the Pontiff. Lent, he added, is a time for “penance [and] to intensify our commitment to conversion.”

Tuesday, March 01, 2011

SEPTEM SERMONES AD PAUPEREM 3
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El Salvador del Mundo
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Cuando Mons. Romero predicó su homilía del 2 de marzo de 1980 sobre la Transfiguración del Señor, él entendía que para los salvadoreños, la reflexión más significativa sobre la Transfiguración sería una estampa visual. (Esta es una serie sobre las siete últimas homilías de Mons. Romero: Lea el texto de esta homilía en español acá y en inglés acá.) Los salvadoreños conocen la historia de la Transfiguración según el rito religioso que constituye la celebración de la fiesta patronal del Salvador, en la cual una imagen del “Divino Salvador del Mundo” desfila en procesión por las calles principales de San Salvador en un acto conocido como “La Bajada”. (FOTO.)

Qué encantador resulta estar reflexionando con aquel Jesús que baja”, había dicho en su homilía dos semanas atrás. “En sus expresiones, los evangelios tienen profundos modos de ver a Jesús. Mirémoslo bajando de la montaña, bajando de las alturas a confundirse en la llanura con el común de los hombres...” Pero, en su homilía sobre la Transfiguración, Mons. Romero comienza marcando el contraste, aludiéndose, no a las hermosas procesiones de la Iglesia, sino al “triste desfile” de su Pueblo:

Rostros de campesinos sin tierras, ultrajados y matados por las fuerzas y el poder. Rostros de obreros despedidos sin causa, sin paga suficiente para sostener sus hogares. Rostros de ancianos, rostros de marginados, rostros de habitantes de los tugurios, rostros de niños que ya desde su infancia comienzan a sentir la mordida cruel de la injusticia social. Y para ellos… para ellos, parece que no hay porvenir. Para ellos no habrá escuelas, ni colegios, ni universidad…
Los grupos insurgentes buscaban imponer una revolución proletaria a base de la violencia que tampoco tenía semejanza a la visión divina que Mons. Romero quería dibujar, y les advierte que, “no puede haber verdadera liberación mientras no se libera el hombre del pecado”. Por eso: “Debían de tenerlo en cuenta todos los grupos liberadores que surgen en nuestra Patria: que la primera liberación que tiene que propiciar una agrupación política que de veras quiere la liberación del pueblo, tiene que ser: liberarse él mismo de su propio pecado. Y mientras sea esclavo del pecado, del egoísmo, de la violencia, de la crueldad, del odio, no es apto para la liberación del pueblo”. La Iglesia “seguirá reclamando a todos los liberadores de la historia que ... pongan su confianza en el gran liberador Jesucristo ... Y mucho cuidado con robarle al pueblo estos sentimientos cristianos que lo hacen tan noble y tan vigoroso”.

Mons. Romero llevaba varios años estudiando—y predicando—la Transfiguración del Señor. En 1942, el año de su ordenación sacerdotal, Pio XII había enviado el primer mensaje de un papa a El Salvador, predicando que Jesús Transfigurado, “salvó al mundo, en el punto central de su historia, cuando alzado entre los cielos y la tierra se ofrendó a su Eterno Padre”. (Radiomensaje de S.S. Pio XII al I Congreso Eucarístico Nacional de El Salvador, 26/11/1942.) El papa aseguraba: “Él salvará a vuestra Patria ... uniendo en uno todos los corazones, los de todas las clases sociales, los de los ricos y los de los pobres, el día en que todos quieran sentarse como hermanos a la misma mesa”. (Ibid.) Mons. Romero hizo su estreno nacional como predicador durante la fiesta de la Transfiguración de 1976, hablando sobre la cristología de la Transfiguración. (James BROCKMAN, Romero: A Life [Romero, una vida]. Nueva York: Orbis Books, 1999, pág. 60.)

Durante los tres años de su arzobispado, había utilizado la Fiesta de la Transfiguración para “recordar con su pueblo el lugar de la historia salvadoreña dentro del tiempo de Dios, la historia de la salvación”. (Margaret PFEIL, PhD, Gloria Dei, Vivens Pauper: A Theology of Transfiguration [La gloria de Dios es que viva el pobre: Una Teología de la Transfiguración], Catholic Peace Fellowship, Vol. 4.2, primavera del 2005.) “Publicó sus cuatro cartas pastorales en esa fecha, cuidadosamente situando las señales de los tiempos, tanto eclesiales como sociales, en contraste con el trasfondo del horizonte de esperanza escatológica”, analiza una estudiosa de la teología católica. “Predicando sobre los relatos sinópticos de la Transfiguración cada seis de agosto y cada segundo domingo de Cuaresma, Romero paulatinamente desarrolló una teología de la Transfiguración”. PFEIL, Ibid. En marzo de 1980, Romero presentó una síntesis de toda esa espiritualidad.

La Teología de la transfiguración está diciendo que el camino de la redención pasa por la cruz y por el calvario, pero que más allá de la historia está la meta de los cristianos”, anunció Mons. Romero. Jesús Transfigurado era la figura redentora y transformadora que Mons. Romero quería ofrecer como la mejor estampa sobre aquel trasfondo de convulsión. “Cristo colocado en la cumbre del Tabor es la imagen bellísima de la liberación”, declaró Monseñor. El Jesús que resplandece sobre la montaña es “una antorcha de la eternidad”, dice, resaltando la referencia visual. Como tal, la imagen de la Transfiguración es un faro que nos llama a aspirar por otro mundo, “más allá de la historia”, más allá de la realidad material—el Plan de Dios. “Plan amoroso, poderoso, para transfigurar a los pueblos salvándolos de todas sus miserias, injusticias y pecados, para transformarlos en pueblos de la belleza y desde la justicia y santidad del mismo Cristo”.

En el relato de la Transfiguración, Jesús, acompañado por sus discípulos, Pedro, Santiago y Juan, sube al monte de Tabor, y brilla intensamente cuando aparecen a su lado los profetas Moisés y Elías; luego, la voz de Dios proclama, «Este es mi Hijo de mis complacencias: escuchadle a Él» (Lucas 9, 35). Esta era la imagen con la cual Mons. Romero podía hacer un gran contraste a la oscura realidad de su país. “Así quiere Dios a los hombres”, afirmó en su homilía, “arrancados del pecado, y de la muerte, y del infierno, viviendo su vida eterna, inmortal, gloriosa”. En esta condición, los hombres son elevados por Dios, “hasta la dignidad de hacerlos sus hijos”. Por esa exaltación del hombre a manos de Dios, a la Iglesia “le duele encontrar cadáveres de hombres, torturas a hombres, sufrimiento de hombres ... Todo hombre es hijo de Dios y cada hombre matado es un Cristo sacrificado que la Iglesia también venera”, declaró con su característica claridad.

Unas semanas antes de su homilía, los que preferirían silenciar la voz del arzobispo habían dinamitado la radioemisora que transmitía sus sermones por todo el país. El atentado produjo resultados que seguramente nunca esperaban: varias cadenas de radio vinieron al rescate, de tal manera que la homilía de la Transfiguración tuvo una radioescucha más amplia que todas las anteriores. Y el obispo reservado del país más pequeño de la América Latina se volvió el más brillante de todo el Continente:

He tenido referencias que [la homilía] fue muy escuchada y con bastante nitidez, no sólo en el país, sino como onda corta que es de Centroamérica, en todo el Istmo y también en el Continente. Supe también que habían colaborado radios de Venezuela y de Colombia; los cuál me impresionó mucho, cuando, por primera vez, la voz de una homilía del Arzobispo de San Salvador, trasciende las fronteras y es escuchada en todo el Continente. (Su Diario, 9 de marzo de 1980.)
Como que alguien hubiera dicho, «este es mi hijo de mis complacencias, escuchadle ...»

SIGUE: ¡Convertíos! (inglés)

Antecedentes:

Teología de la transfiguración

Post Datum -- Durante su oración del «Angelus» del 6 de marzo de 2011, el Papa Benedicto XVI dijo que Jesús “nos hace sentir la alegría de ser hijos del Padre que está en los cielos”, pero el hombre “prefiere las arenas de las ideologías, del poder, del éxito y del dinero”, y aunque todo esto “puede satisfacer por un momento el orgullo ... al final, nos deja vacíos e insatisfechos”.