Thursday, March 21, 2013

«EL ODIO DE LA FE»


Google Translate
English | italiano


Los últimos siete sermones de Mons. Romero comienzan desde su exegesis sobre la pobreza de las bienaventuranzas, siguen el camino de Jesús a Jerusalén tras los primeros cinco domingos de Cuaresma—desde las tentaciones de Jesús en el desierto, la Transfiguración, la higuera estéril, el hijo pródigo, y la adúltera arrepentida—y terminan con la humilde homilía del 24 de marzo por el aniversario de una madre difunta, cuya vida nos ayuda a ver la bondad de la vida cristiana que todos estamos llamados a vivir (español | inglés | audio).  Pero detrás de estos sietes sermones de amor y de fe que Mons. Romero predica, también se viene escuchando una contranota que se opone a todo lo que él plantea, sembrando el odio y los signos de la muerte en contra de su palabra dignificante y salvadora.

Anteriormente:

Contra la luz de los siete sermones de la fe de Mons. Romero, la voz de diatriba arroja sus sombras sobre el escenario.  Dos días después de la homilía sobre las bienaventuranzas, una bomba destruye la antena de radio que trasmite las misas de Mons. Romero, en un claro atentado de callar su voz.  El día antes de su homilía sobre la tentación del demonio, Mons. Romero recibe una amenaza anónima indicándole que su nombre está en la lista de personas que deberán morir.  La próxima semana, Mons. Romero hace su último retiro espiritual y se dispone a aceptar su suerte, como Dios disponga.  El día de su homilía sobre la higuera estéril, 72 candelas de dinamita son colocadas debajo del púlpito donde predicó—pero no estallan (si hubieran explotado, hubieran destruido la cuadra entera).  Dos días después, una bomba explota en la cooperativa sacerdotal.  En fin, cuando Mons. Romero predicaba estas siete homilías, tenía la plena consciencia que el ángel de la muerte tiraba su sombra sobre él.  Pero había encontrado la serenidad de San Francisco de Asís: “El día de nuestra muerte no hay que temerlo. Hay que esperarlo, como lo esperaba Francisco de Asís; la muerte, «mi hermana muerte», la gran liberadora—si se ha vivido como Francisco de Asís, si se ha vivido con sentido de escatología, esperando el día de la liberación, esperando el retorno de la Babilonia, esperando la liberación de Egipto, esperando la redención eterna de aquel Cristo resucitado que no puede morir” (Homilía del 13 de noviembre de 1977).

La lectura para aquella misa de aniversario de la muerte de Doña Sara Meardi de Pinto era Juan 12:23-26: «Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado.  En verdad os digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, se queda solo. Pero si muere, produce mucho fruto. El que se apega a su vida la pierde; en cambio, el que aborrece su vida en este mundo, la conserva para la vida eterna».  Este 24 de marzo de 1980, el Evangelio se podría aplicar con mayor relevancia a Mons. Romero.  Acaban de escuchar en el evangelio de Cristo que es necesario no amarse tanto a sí mismo”, dice el arzobispo que está a punto de ser sacrificado, “que se cuide uno para no meterse en los riesgos de la vida que la historia nos exige, y, el que quiera apartar de sí el peligro, perderá su vida”.  Una nota en el periódico había anunciado su participación en aquella misa, y otro sacerdote había ofrecido tomar el lugar de Mons. Romero para evitar el peligro, pero Mons. Romero había insistido en no abandonar su puesto en la hora negra.  En cambio, al que se entrega por amor a Cristo al servicio de los demás, éste vivirá como el granito de trigo que muere, pero [solo] aparentemente muere. Si no muriera se quedaría solo. Si la cosecha es, porque muere, se deja inmolar esa tierra, deshacerse y sólo deshaciéndose, produce la cosecha”, profundizó.

Para echar más luz sobre este mensaje, Mons. Romero lee integralmente del capítulo 39 de la constitución de la Iglesia «Gaudium et Spes», que explica la relación entre la expectativa escatológica de la Iglesia y su visión social: «Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la tierra y de la humanidad ... pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen en el corazón humano ... No obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien aliviar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana … todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y trasfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal».  Esto resume todo lo que Mons. Romero ha tratado de predicar: que el designio de justicia en esta tierra debe ser una antesala para el reino de los cielos, y que la esperanza de ese mundo futuro debe ser un impulso para tratar de construir una sociedad que ya anticipa esa perfección.

Esta es la esperanza que nos alienta a los cristianos”, dice monseñor.  Sabemos que todo esfuerzo por mejorar una sociedad, sobre todo cuando está tan metida esa injusticia y el pecado, es un esfuerzo que Dios bendice, que Dios quiere, que Dios nos exige”.  Advierte que es necesario pero no suficiente aspirar por una sociedad sana y justa, ya que al trabajar por esos ideales, “hay que tratar de purificarlos en el cristianismo, eso sí, vestirlos de esta esperanza del más allá; porque se hacen más fuertes, porque tenemos la seguridad que todo esto que plantamos en la tierra, si lo alimentamos en una esperanza cristiana, nunca fracasaremos, lo encontraremos purificado en ese reino, donde precisamente, el mérito está en lo que hayamos trabajado en esta tierra”.  Este es el principio de la trascendencia, en que Mons. Romero insistió verdaderamente hasta el final: no predicaba una utopía política, un progreso meramente económico y social, sino que una promoción integral de la persona inspirada desde la salvación anunciada por Cristo y encaminada hacia la promesa de la Resurrección.

Tampoco estaba invitando a todos los cristianos a incorporarse a una insurrección: el ejemplo que pone es el de la difunta, una madre que solamente había apoyado a su familia, a sus hijos.  Esta santa mujer que estamos recordando hoy, pues, no pudo hacer cosas tal vez directamente, pero animando a aquellos que pueden trabajar, comprendiendo su lucha, y sobre todo, orando y aún después de su muerte diciendo con su mensaje de eternidad que vale la pena trabajar porque todos esos anhelos de justicia, de paz y de bien que tenemos ya en esta tierra,” dice monseñor.  Regresa al tema de las lecturas del Evangelio y del Concilio: “sabemos que nadie puede para siempre y que aquellos que han puesto en su trabajo un sentimiento de fe muy grande, de amor a Dios, de esperanza entre los hombres, pues todo esto está redundando ahora, en esplendores de una corona que ha de ser la recompensa de todos los que trabajan así, regando verdades, justicia, amor, bondades en la tierra y no se queda aquí, sino que purificado por el espíritu de Dios, se nos recoge y se nos da en recompensa”.

Concluye, resumiendo su mensaje y su vida: “Esta Santa Misa, pues, esta Eucaristía, es precisamente un acto de fe: Con fe cristiana sabemos que en este momento la Hostia de trigo se convierte en el cuerpo del Señor que se ofreció por la redención del mundo y que en ese cáliz el vino se transforma en la sangre que fue precio de la salvación. Que este cuerpo inmolado y esta Sangre Sacrificada por los hombres nos alimente también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo, no para sí, sino para dar cosechas de justicia y de paz a nuestro pueblo. Unámonos pues, íntimamente en fe y esperanza a este momento de oración por Doña Sarita y por nosotros”.  En ese instante estalló el disparo que quiso dar la última palabra a la voz de diatriba, del odio, y de la muerte.  En vez de eso, dio lugar a un martirio brillante y luminoso que sigue dando luz al mundo.
«Septem Sermones Fidei», los ultimos siete sermones de Mons. Romero

Friday, March 15, 2013

FRANCIS WOULD BEATIFY ARCHB. ROMERO


Google Translate
Español | italiano


An article in El Salvador’s La Prensa Gráfica newspaper quotes Pope Francis as saying in 2007—two years after he finished second in the conclave that elected Joseph Ratzinger, “If I had been pope, the very first thing I would have done is order the beatification of Monsignor Romero.” According to the article, then Card. Jorge Mario Bergoglio made the comments to Msgr. Jesús Delgado of the Romero Foundation, who spoke to the Jesuit cardinal again in 2010, confirming what he had said three years earlier: “I remember it, the problem is that I will never get to be pope.”

A subsequent story in La Prensa Gráfica reports that the Salvadoran First Lady, Vanda Pignato, recently received further assurances from Pope Francis on the Romero beatification process. Pignato greeted the Pontiff after his installation Mass on March 19. Pignato was wearing a Romero pin when she went up to the Pope in the receiving line and, “He told me that he hoped the canonization of Archbishop Romero would be as soon as possible. I showed him my Archbishop Romero picture, my pin, and I told him that I hoped it would be during his papacy, during his pontificate. He smiled at me and I took both his hands and asked him that it would be so.”

The 2007 account is being repeated by the Archbishop of San Salvador, Msgr. José Luis Escobar, and his Auxiliary Bishop, Msgr. Gregorio Rosa Chávez, the article states. (Msgr. Rosa reportedly told a Church magazine, MissiOnLine.org, that, “I know Bergoglio personally and I know he is absolutely convinced that Romero is a saint and a martyr. Everything points to his beatification being in the cards, although we follow God’s time frame which is not the same as ours.”) The news story containing the statements have been uploaded in the Facebook account of the Archdiocese. According to the article:

On three occasions, Monsignor Jesus Delgado was able to approach and even talk with Cardinal Jorge Mario Bergoglio, the newly elected Pope. The first time was in 2007, during the meeting of bishops held in Aparecida, Brazil.

At that meeting, Delgado took it upon himself to interview various cardinals on their views of Monsignor Oscar Arnulfo Romero, the Archbishop of San Salvador who was killed during the armed conflict in the country, on March 24, 1980, while officiating Mass - and if they thought he could be beatified. Delgado talked with eight cardinals and he recalls with singular satisfaction one particular response. “If I had been pope, the very first thing I would have done is order the beatification of Monsignor Romero,” was the answer of Cardinal Bergoglio, the new successor of Peter.

He recalls feeling a deep sense of empathy at the time and even thinking, “Lord, why don’t you make this man Pope?” Not surprisingly, the response of the now Pope has certainly generated greater expectations in Msgr. Delgado regarding the advancement of Romero’s canonization cause, as well as in other bishops such as Msgr. Gregorio Rosa Chavez, who has already mentioned the story, and the Archbishop of San Salvador, José Luis Escobar, who asked the Catholic faithful to pray a lot for the process.

According to Delgado, the second time he talked with Bergoglio was 2010, in his Buenos Aires office. He recalls that there were two chairs in the place, one worthy of a cardinal and the other plain wood. A new surprise: the Cardinal chose to sit in the wooden chair. A gesture of humility and making the other feel at home, according to Delgado.

At that meeting, the Salvadoran priest reminded the Argentine cardinal of what he had said of Romero, and he replied: “I remember it, the problem is that I will never get to be pope; I am too old for that.”

FRANCISCO BEATIFICARÍA A MONS. ROMERO


Google Translate
English | italiano


Una nota en La Prensa Gráfica de El Salvador cita al Papa Francisco diciendo en el 2007—dos años después de haber quedado en segundo lugar en el conclave que eligió a Joseph Ratzinger—que “Si yo hubiera sido papa, la primerísima cosa que habría hecho es ordenar la beatificación de Monseñor Romero”.  Según la nota, el comentario se lo hizo el entonces Card. Jorge Mario Bergoglio a Mons. Jesús Delgado, de la Fundación Romero, quien volvió a platicar con el cardenal jesuita en el 2010, quien afirmó lo dicho tres años antes: “No lo olvido, el problema es que yo nunca llegaré a ser papa”.

Una nota posterior en La Prensa Gráfica informa que la Primera Dama salvadoreña, Vanda Pignato, recibió recientemente un nuevo aliento del Papa Francisco sobre el proceso de beatificación de Mons. Romero. Pignato saludó al Papa después de su misa de instalación el 19 de marzo. Pignato llevaba un pin de Romero al acercarse al Papa en la línea de recepción y, “Él me dijo que esperaba que la canonización de Monseñor Romero fuera lo más pronto posible. Le mostré mi foto, mi pin de Monseñor Romero, y le dije que ojalá fuera durante su papado, durante su pontificado. Él me dio una sonrisa y le agarré las dos manos y le pedí que así fuera”.

El relato del 2007 está siendo repetido por el Arzobispo de San Salvador, Mons. José Luis Escobar, y por su obispo auxiliar, Mons. Gregorio Rosa Chávez, según la nota.  (Mons. Rosa le dijo a MissiOnLine.org, una revista de la Iglesia, que “Conozco personalmente a Bergoglio y sé que está absolutamente convencido de que Romero es un santo y un mártir. Todo parece indicar que los astros se están alineando para esta beatificación. Aunque sigamos los tiempos de Dios, que no son como los nuestros”.)  La nota de prensa que contiene las declaraciones ha sido subido en la cuenta de FaceBook del arzobispado.  Según la nota:

En tres ocasiones, monseñor Jesús Delgado pudo conocer de cerca, e incluso conversar, con el cardenal Jorge Mario Bergoglio, recién electo sumo pontífice. La primera vez ocurrió en 2007, en ocasión del encuentro de obispos realizado en Aparecida, Brasil.

En esa reunión, Delgado se dio a la tarea de interrogar a algunos cardenales acerca de qué pensaban de Monseñor Óscar Arnulfo Romero —arzobispo de San Salvador que fue asesinado durante el conflicto armado del país, el 24 de marzo de 1980, cuando oficiaba una misa— y si creían que pudiera ser beatificado. Monseñor platicó con ocho purpurados y habla, con satisfacción y esperanza, de solo una respuesta. “Si yo hubiera sido papa, la primerísima cosa que habría hecho es ordenar la beatificación de Monseñor Romero”, fue la respuesta del cardenal Bergoglio, el nuevo sucesor de Pedro.

Recuerda que en ese momento sintió una empatía profunda y hasta pensó: “Señor, ¿por qué no haces papa a este señor?”. Por eso, la respuesta del ahora pontífice, sin duda, ha generado más expectativas en monseñor Delgado sobre el avance de la causa de canonización de Romero, pero también en otros obispos como monseñor Gregorio Rosa Chávez, que ya ha hecho mención a esta anécdota, y el arzobispo de San Salvador, José Luis Escobar, quien pidió orar mucho a la feligresía católica por este proceso.

De acuerdo con Delgado, la segunda ocasión en que platicó con Bergoglio fue 2010, en la oficina de este en Buenos Aires, Argentina. Recuerda que en el lugar había dos sillas, una digna de un cardenal y otra de madera. Una nueva sorpresa: el cardenal escogió sentarse en la silla de madera. Un gesto de humildad y de hacer sentir bien al otro, según monseñor.

En ese encuentro, el sacerdote salvadoreño recordó al cardenal argentino lo que había dicho de Romero, quien respondió: “No lo olvido, el problema es que yo nunca llegaré a ser papa, ya estoy demasiado viejo para eso”.

El Salvador estará conmemorando el 33 aniversario del asesinato de Mons. Romero este sábado 16 de marzo, ya que la propia fecha, el 24 de marzo, coincide con la fiesta litúrgica de la Iglesia por el Domingo de Ramos.

Ver también:

Nota al Papa Francisco: Agilizar la Beatificación de Óscar Romero

THE JUSTICE OF FAITH


Google Translate

Along with Friar Antonio Montesinos’ astounding December 1511 condemnation of the mistreatment of the natives of Hispaniola, Archbishop Romero’s final Sunday sermon ranks among the most powerful homilies in the history of the Church in Latin America.  His sermon for 1980’s Fifth Sunday of Lent has been calledone of the greatest appeals for peace and disarmament in church history” and its culminating call on the Salvadoran military to “Stop the repression” against peasant organizations and the political opposition has been emblazoned in graffiti, posters, songs, t-shirts and bumper stickers. 
Previously:
Stop the repression” (English | Spanish | Audio) is an exegesis on the abuse and imposition of the law which Romero derives from the Sunday readings about: Israel’s desert compact (Isaiah43:16-21); St. Paul’s teaching about “not having a righteousness of my own that comes from the law, but one that comes through faith in Christ” (Philippians 3:8-14); and Jesus defense of the adulterous woman by daring “he who is without sin [to] cast the first stone”(John 8:1-11).  Romero starts by recapping the first four Sundays of Lent.  He recalls that “Jesus is presented to us as one fasting and overcoming temptation in the desert,” in the readings of the 1st Sunday.  He urges us forward and presents Himself to us transfigured, calling us to this goal that all humankind is called to,” he says, conjuring the 2nd Sunday.  On the third, fourth and fifth Sunday of Lent, God invites men and women to collaborate in their salvation, to be converted and reconciled with God,” Romero continues.  Using beautiful images such as the barren fig tree, the Prodigal Son, and the adulterous woman who repents and is forgiven, God calls us and tells us that … [e]very sin can be forgiven and we can be reconciled with any enemy when there is a sincere conversion and turning back to the Lord.”  He proclaims: “This is the message of Lent!

Within this beckoning message, Romero uses the first reading to draw out an important baseline definition.  Today’s first reading, the famous hymn of Isaiah, presents God speaking with the people,” Romero states.  This dialogue of God is with a collective personality, as if God were speaking with single person,” Romero observes, noting that God himself is imparting recognition to His chosen people.  Romero asks us to “notice that in the history of the Bible, in the Old Testament, there are references to this group called the People of God and there are other references to the people in general.”  In an environment wherein the interest of the Church and political interests were intensely disputed, with critics charging Romero  with overstepping his bounds, Romero wanted to demarcate his jurisdiction.  When I as pastor speak to the People of God, I do not pretend to be a teacher for everyone in El Salvador,” Romero says, “but rather I am the servant of that remnant that calls itself Church, the Archdiocese, those who want to serve Christ and who recognize in their bishop the teacher who speaks to them in Christ’s name.”  He adds, “From them I hope to receive respect and obedience.”  He rejects charges that his ministry “forsakes the preaching of the gospel to meddle in politics,” but insists that he is obligated to state the political and social implications derived from the Church’s doctrine.

Romero holds up St. Paul as the emblem of transcendence, and a sacred reminder that the Church’s teaching is ultimately spiritual.  Saint Paul’s words are truly incredible,” Romero marvels.  Paul, the sinner,” he recounts, “had no knowledge of Jesus but believed that Jesus and the Christians were traitors to the true religion: Judaism.”  Paul felt morally entitled to persecute Christians, to bring them back in chains and put them to death, but his notions of what was lawful and moral was stood on its head after Paul discovers Christ.  Many people want justice, my justice, the justice of men and women. They do not move beyond this,” Romero warns. “Paul says that it is not this kind of justice that saves him, but rather ‘the justice that he possesses and which comes through faith in Christ, my Lord’.”  This was Pope Francis’ message in his first Mass with the cardinals, when he said, “we can walk as much we want, we can build many things, but if we do not confess Jesus Christ, nothing will avail. We will become a pitiful NGO, but not the Church.”  Romero explains it by saying that, “It's fine to be organized in popular groups; it's all right to form political parties; it's all right to take part in the government. It's fine as long as you are a Christian who carries the reflection of the kingdom of God and tries to establish it where you are working, and as long as you are not being used to further worldly ambitions.”  Pope Francis: “When one does not profess Jesus Christ, one professes the worldliness of the devil.”  It’s the same message.

Romero concludes with Jesus’ defense of the adulteress.  I can find no more beautiful figure of Jesus restoring a person’s human dignity than that of the sinless Jesus who comes face to face with the woman surprised in the act of adultery,” Romero begins.  From this Gospel, Romero draws a warning to the Left: “It is very easy to denounce structural injustice, institutionalized violence and social sin,” and while such condemnation is valid, it overlooks the role of personal sin, he warns.  Our actual society is like a type of anonymous society in which no one wants to lay blame on anyone and everyone is responsible,” he says.  We are all sinners and we have all played a part in the crimes and violence that occurs in our country.”  Finally, he draws a devastating critique for the Right.  Jesus’ message shows that, “The human person is not subordinate to the law,” Romero says.  The law is made for the human person and not vice versa.”  He rails against the hypocrisy of invoking legalisms and state power precisely to impose selfish interests and perverse ends and rejects all ideologies that subordinate human dignity.  Jesus is not concerned with false legalisms that pervert justice; he administers divine justice with tenderness and firmness, rejecting sin but redeeming sinners.

Against the pure and divine teaching of Jesus, Romero holds up a litany of killings and repression from the foregoing week, and concludes that principles of legalism are being subverted to betray Christian teachings.  Before an order to kill that a man may give, God’s law must prevail: ‘Thou shalt not kill!’ No soldier is obliged to obey an order against the law of God,” he rails.  The Church defends rights granted by God, the law of God and human dignity and thus “cannot remain silent before such abominations,” he says.  In the name of God, and in the name of this suffering people, whose laments rise to heaven each day more tumultuous, I beg you, I beseech you, I order you in the name of God: Stop the repression!

In his first papal sermon Pope Francis has challenged us to find, “the courage … to build the Church on the Blood of the Lord… and to profess the one glory, Christ Crucified.”  In his last sermon, Romero declares that “Easter is now the cry of victory … Neither death nor all the banners of death and hatred that have been raised against [Christ] and against his Church can prevail. He is the victorious one!  Romero was killed the next day.

«Septem Sermones Fidei:» the last seven sermons of Archbishop Romero

Thursday, March 14, 2013

NOTA AL PAPA FRANCISCO

Google Translate
English | italiano

Punto para la agenda:      Agilizar la Beatificación de Óscar Romero—este año

Su Santidad conocerá que la Santa Sede recibió el expediente completo sobre el Siervo de Dios Óscar A. Romero hace quince años del presente año.   El año en que el archivo fue transmitido, una comisión del Vaticano designada por su predecesor, el Beato Juan Pablo II, señaló que el arzobispo Romero es “reconocido más allá de las fronteras confesionales” como uno de los “mártires y confesores ejemplares de fe, la esperanza y la caridad”, que podría ayudar a promover la “unidad de los cristianos”.   Cinco años después, un destacado vaticanista escribió que “ningún santo en espera figura de manera más prominente que Óscar Romero”.   El Papa Benedicto XVI confirmó las expectativas que Mons. Romero debería ser beatificado cuando comentó: “No tengo ninguna duda que Romero como persona merita la beatificación”.   Después de varios exámenes exhaustivos de su teología y prácticas, el momento de actuar sobre su causa es este momento.   Este año.

Agilizar la beatificación de Mons. Romero sería un apto homenaje a tres de sus predecesores cuya labor llevaría a su plenitud.   En primer lugar, honraría al Venerable Pablo VI—quien lo ascendió a obispo, al Pontificio Consejo para América Latina, y a la Arquidiócesis de San Salvador— beatificar a Mons. Romero durante este “Año de la fe”. Difícilmente puede haber un modelo para el “Año de la Fe” más convincente que un mártir de la fe.   Como Pablo VI nos recordó al proclamar 1967 como un “Año de la Fe”, en memoria de San Pedro y San Pablo, los mártires son los modelos por excelencia de la fe.   Citó el homenaje del Papa San Clemente: “A estos hombres que se pasaban la vida en la práctica de la santidad, hay que añadir una gran multitud de los elegidos, que, habiendo sufrido por envidia muchas indignidades y torturas, nos dejan a nosotros el ejemplo más excelente”.   (Exhortación Apostólica “Petrum et Paulum Apostolos” .)   En consecuencia, el Papa Pablo tuvo a bien hacer el recuerdo de su martirio el foco central del “Año de la Fe” de 1967, preguntando retóricamente: “¿Cómo no conjurar ante la tumba de un ‘Apóstol y Martyr’, nuestro compromiso a practicar con coraje apostólico y celo misionero, la fe que él ha  enseñado y transmitido a la Iglesia y al mundo, con sus palabras, con sus escritos, con su ejemplo, con su sangre?   (Ibid).

En segundo lugar, haría honor al Beato Juan Pablo II que Mons. Romero sea beatificado sin más demora, con el fin de enviar un mensaje de esperanza a los pobres porque, como exhortaba Juan Pablo: “¡Los pobres no pueden esperar!   (Discurso a los delegados de la Comisión Económica para América Latina.)   El gran pontífice reconoció: “La situación de éstos está pidiendo medidas extraordinarias, socorros impostergables: subsidios imperiosos”.   (Ibid). El Pontífice se refirió a la asistencia material a los pobres de fuentes ajenas a la Iglesia cuando dijo: “Los que nada tienen no pueden aguardar un alivio que les llegue por una especie de rebalse de la prosperidad generalizada de la sociedad”.   (Ibid).   Pero el mismo principio agilizador se aplica a la respuesta de la Iglesia y puesto que la misión de la Iglesia es ante todo espiritual, la Iglesia está llamada a responder a la situación con las herramientas que tiene, los talentos y dones que posee.   La solidaridad como actitud de fondo implica”, dijo Juan Pablo II, “sentir la pobreza ajena como propia, hacer carne de uno mismo la miseria de los marginados y, a la vista de ello, actuar con rigurosa coherencia”.   (Ibid.) Juan Pablo escribió también un homenaje a Romero en su propia mano que fue leído en el Coliseo de Roma durante el Jubileo del año 2000, honrando los “pastores celosos como el inolvidable Óscar Romero, asesinado en el altar durante la celebración del sacrificio eucarístico”.

Por último, honraría a Benedicto XVI que Mons. Romero fuese beatificado lo antes posible con el fin de evitar la distorsión de su memoria por personas afuera de la Iglesia.   Benedicto XVI, que trabajó tanto para reafirmar la identidad y la precisión doctrinal católica, reconoció que, “el problema” en el proceso de canonización de Mons. Romero, ha sido una facción política ha intentado “tomarlo injustamente para sí como bandera, como figura emblemática”.   (Observaciones durante el vuelo papal a Brasil.)   El desafío para la Iglesia es la de contrarrestar estos esfuerzos por apropiarse el nombre y la imagen de Romero, “¿Cómo poner adecuadamente de manifiesto su figura, protegiéndola de esos intentos de instrumentalización? Este es el problema”.   (Ibid).   Esta situación es comparable a una disputa de propiedad intelectual en que una parte intenta usurpar a la marca comercial del otro, para cual la respuesta eficaz no es dejar pasar el tiempo sin hacer nada, sino afirmar a tiempo los intereses legítimos propietarios y tratar de restaurarlos.   En este caso, la inacción además crea confusión porque permite a estos grupos alegar, ya sea por ignorancia o mala fe, que la Iglesia ha abandonado a Romero y que repudia o deja de lado su compromiso con la justicia social.   Menos se ganará con más estudios que se perderá por demora, especialmente dada la longitud de tiempo que su causa ha sido estudiada, y el tipo de escrutinio que ha recibido.

Por lo tanto, el imperativo de la Iglesia de promover la fe, la importancia de confirmar nuestro compromiso con los pobres (que ha sido propio del Card. Bergoglio), y la necesidad de recuperar al arzobispo Romero como la propiedad intelectual, moral y espiritual de los cristianos, pesa mucho en favor de acelerar su proceso de beatificación.   ¡Este año!

MEMO TO POPE FRANCIS


Google Translate
Español | italiano

Action Item:     Kick-start Oscar Romero’s Beatification, This Year
Your Holiness is almost certainly aware that the Holy See received the complete dossier on the Servant of God Oscar A. Romero fifteen years ago this year.  The year the file was transmitted, a Vatican commission appointed by your predecessor, the Blessed John Paul II, noted that Archbishop Romero was “recognized beyond confessional boundaries” as being among the “martyrs and exemplary confessors of faith, hope and charity,” who could help promote Christian unity.  Five years later, a noted Vaticanista wrote that “no saint-in-waiting figures more prominently than Oscar Romero.”  Pope Benedict XVI confirmed expectations that Archbishop Romero should be beatified when he commented, “That Romero as a person merits beatification, I have no doubt.”  After exhaustive examinations of his theology and practices, the time for action on his cause is now.  This year.

To move on Romero’s beatification would be a fitting tribute to three of your predecessors and complete their work.  First, it would honor the Venerable Paul VI to beatify Archbishop Romero—whom Pope Paul promoted to bishop, to the Pontifical Council on Latin America, and to the Archdiocese of San Salvador—during this «Year of Faith.» There can hardly be a more convincing model for the «Year of Faith» than a martyr of the faith.  As Pope Paul reminded us when he proclaimed the 1967 «Year of Faith» in memory of St. Peter and St. Paul, martyrs are the models per excellence of the faith.  He quoted Pope St. Clement’s tribute: “To these men who spent their lives in the practice of holiness, there is to be added a great multitude of the elect, who, having through envy endured many indignities and tortures, furnished us with a most excellent example.”  (Apostolic Exhortation «Petrum et Paulum Apostolos».)  Accordingly, Pope Paul saw fit to make the memory of their martyrdom the central focus of the 1967 «Year of Faith,» asking rhetorically, “How can we not pledge—before the grave of an 'Apostle and Martyr'—our commitment to practice with apostolic courage and missionary zeal, the faith that he  taught and transmitted to the Church and to the world, with his word, with his writing, with his example, with his blood?  (Ibid.)
Second, it would honor Blessed John Paul II for Archbishop Romero to be beatified without any further delay in order to send a message of hope to the Poor, because as John Paul exhorted: “The poor cannot await!  (Speech to the Delegates of the Economic Commission for Latin America.)  As the great Pontiff recognized, “Their situation demands extraordinary measures, aid that cannot be postponed: urgent relief.”  (Ibid.) The Pontiff was referring to material assistance to the poor from sources outside the Church when he said, “Those who have nothing cannot wait for relief to reach them as a sort of overflow of the general prosperity of society.”  (Ibid.)  But the same expediting principle applies to the Church’s response and because the Church’s mission is primarily a spiritual one, the Church is called to respond to the situation by bringing to bear the tools it has, the talents and gifts it possesses.  Solidarity as a basic attitude implies,” said John Paul, “feeling the poverty of others as our own, feeling the misery of the marginalized in our own flesh and, acting in rigorous consistency with that.”  (Ibid.)  John Paul hand-wrote a tribute to Romero read at the Colosseum in Rome during the 2000 Jubilee, to honor “zealous pastors like the unforgettable Oscar Romero, killed at the altar while celebrating the Eucharistic sacrifice.”

Finally, it would honor Benedict XVI for Archbishop Romero to be beatified as soon as possible in order to prevent the distortion of his memory by others outside the Church.  Benedict, who worked so hard to reassert Catholic identify and doctrinal precision, recognized that, “the problem” in Archbishop Romero’s canonization process has been that a political faction has “wrongly wished to use him as their badge, as an emblematic figure.”  (Remarks during Papal Flight to Brazil.)  The challenge for the Church is to counteract these efforts to appropriate Romero’s name and image: “How can we shed light on his person in the right way and protect it from these attempts to exploit it? This is the problem.”  (Ibid.)  This situation is comparable to an intellectual property dispute where one party attempts to usurp another’s trade mark and for which the effective response is not to let time pass and do nothing, but to seasonally assert and seek to restore one’s rightful proprietary interests.  Additionally, inaction in this case further creates confusion because it allows groups to argue, either in ignorance or bad faith, that the Church has abandoned Romero and repudiates or neglects its commitment to social justice.  Less will be gained with further study than will be lost by further delay, especially in light of the length of time his cause has already been under examination, and the type of scrutiny it has received.
Accordingly, the Church’s imperative to promote the faith; the importance of confirming our commitment to the poor (which has been a Bergoglio imperative), and the need to recover Archbishop Romero as the intellectual, moral and spiritual property of Christians, all weigh greatly in favor of accelerating his beatification process.  This year!

Wednesday, March 13, 2013

«HABEMUS PAPAM!»


Google Translate
Después del grato anuncio que el Card. jesuita Jorge Mario Bergoglio de Buenos Aires, Argentina será ahora el Papa Francisco, tenemos un nuevo motivo de esperanza para la causa de Mons. Oscar Romero y de alegría generalizada para la Iglesia por haber elegido un papa latinoamericano.


Lo tomamos como un signo bueno que el conclave comenzó el 12 de marzo, en el aniversario del asesinato del P. Rutilio Grande; y que el nuevo pontífice probablemente celebrará su Misa Inaugural el 24 de marzo, el XXXIII aniversario del Martirio de Mons. Romero.  La verdad es que ya era acostumbrado marcar estas fechas de los papas con la fecha de Mons. Romero: en el 2005, se había designado el 5 de abril para marcar el “Día Grande” del 25° aniversario Romero, pero en esa fecha falleció Juan Pablo “El Grande”, entrelazando así los acontecimientos papales con los de nuestro mártir.  Hay otros enlaces, por supuesto.  Igual a Mons. Romero, el card. Bergoglio optó por no vivir en un palacio arzobispal, buscando hospedaje más modesto, y destaca por su opción por los pobres.  Vivimos en la zona más desigual del mundo, que ha crecido más y reducido la miseria lo menos”, dijo durante una reunión de obispos latinoamericanos en 2007: “La distribución injusta de los bienes continúa creando una situación de pecado social que clama al cielo y limita las posibilidades de una vida más plena para tantos de nuestros hermanos”.


El Romano Pontífice es indispensable para la vida de la Iglesia.  Decía Mons. Romero que “el mundo entero, y desde luego la Iglesia entera, clava sus miradas en Roma, sabiendo que allí está el signo de este pueblo de Dios” (Homilía del 22 de octubre de 1978).  Ahora que conocemos a este nuevo sucesor de Pedro, podemos regocijar como Mons. Romero.  Es hermoso pensar”, decía monseñor, “que rico es el pontificado romano, cuando siendo un solo encargo de mantener el fundamento y unidad de su Iglesia, va tomando fisonomía, características tan propias, según la personalidad del hombre escogido para esa institución” (Hom. 13 ag. 1978).  Los papas, en lo humano, reúnen diversas características a veces inesperadas pero casi siempre muy aptas para sus propios tiempos: “El humilde Cardenal Sarto no se imaginaba que él iba a ser el gran sucesor de León XIII” y un “humilde hijo de campesinos,” llamado Angelo Roncalli, nunca soñó ser Papa, “y fue Juan XIII” (Hom. 13 ag. 1978, supra).    Ahora podemos agregar el nombre del Card. Bergoglio a esa laudable lista.


Nosotros, los fieles del 2013, nos unimos al agradecimiento de Mons. Romero: “Por eso hermanos, terminamos diciéndole al Señor: Muchas gracias por haber creado el Pontífice Romano y por conservarlo a través de veinte siglos” (Hom. 13 ag. 1978, supra).  Y nos unimos a su oración por el nuevo papa: “Pidamos mucho al Señor, hermanos, para que este pontificado que se avecina, sea verdaderamente digno de la fe que tenemos en esta Iglesia” (Hom. 13 ag. 1978, supra).  También sentimos la misma expectativa y esperanza que expresó Mon. Romero: “Muchos están esperando cómo será el nuevo Papa; será un estadista, será un diplomático, será un organizador”, decía Mons. Romero(Hom. 13 ag. 1978, supra).  Pero lo que deben de buscar en el Papa, es el Pastor” (Ibid.)  Eso es lo que esperamos del Papa Francisco I.


Podemos repasar con Mons. Romero, los últimos de sus predecesores.  Muchos de ustedes como yo, podemos mencionar Papas desde Pío XI, Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI, qué figuras más distintas en lo humano”, recordaba monseñor (Hom. 13 ag. 1978, supra).  Su adhesión al Papa se remonta a su primera misa de Romero como sacerdote en El Salvador, ofrecida en enero de 1944 por la “protección constante de tu servidor el Romano Pontífice”. (James BROCKMAN, Romero: A Life [Romero: Una vida]. Nueva York: editorial Orbis, 1989, pág. 39).  En nuestra serie de posts del 2011 pasado, recordábamos la estrecha comunión que Mons. Romero mantuvo con los papas del Siglo XX, cosa que hicimos en nuestras reflexiones hace dos años.

Mons. Romero y Los Papas

León XIII (1878-1903) fundó la doctrina social de los papas, que inspiró el ministerio de Mons. Romero.

San Pío X (1903-1914) (post en inglés) estableció la arquidiócesis de San Salvador e inspiró a Mons. Romero con su estilo de vida frugal y su piedad por los probres.

 Benedicto XV (1914-1922) (post en italiano) puso a Nuestra Señora de la Paz como patrona de El Salvador, de quien Mons. Romero era muy devoto, y lo inspiró a trabajar por la paz.

Pío XI (1929-1939) fue “el papa que más admiro”, según el mismo Mons. Romero, que lo inspiró a negociar las intrigas políticas de los grandes poderes a favor de los intereses de la Iglesia.

Pío XII (1939-1958) (inglés) fue el primer pontífice en dirigir un mensaje al pueblo salvadoreño, invitando a unir “en uno todos los corazones, los de todas las clases sociales, los de los ricos y los de los pobres” a compartir de la misma mesa.

El Beato Juan XXIII (1958-1963) fue el papa campesino que convocó el Concilio Vaticano II, e inspiró a todo mundo con su humildad y apertura de corazón.

 El Venerable Pablo VI (1963-1978) (inglés) llamó a Mons. Romero a ser obispo y a proclamar las enseñanzas del Concilio, y lo confirmó en su ministerio cuando otros lo cuestionaban.

Juan Pablo I (1978) (italiano), “el Papa que recuerda con cariño los días en que tuvo que pasar temporadas sin zapatos” nos da “un pontificado que renuncia a la tiara y a la silla gestatoria”.

El Beato Juan Pablo II (1978-2005) (inglés), quien alentó y aconsejó a Mons. Romero a seguir su ministerio con “audacia y prudencia”, y después lo puso en camino a la canonización.

Benedicto XVI (2005-2013), quien ha dicho sobre Mons. Romero que, “No me cabe duda de que su persona merece la beatificación”.




Monday, March 11, 2013

THE PAPAL EFFECT


Google Translate
Español | italiano

Will the election of a new Pope help or hurt Archbishop Romero’s canonization?  Arguably, the death of Blessed John Paul II in April 2005, when Archbishop Romero’s cause seemed to be on the verge of a breakthrough, followed by what some perceived as Pope Benedict’s decision to put the brakes on the Vatican’s “sainthood factory,” may have stopped the momentum of Romero’s cause.  Eight years later, a conclave that begins on the anniversary of the death of Fr. Rutilio Grande, to produce a new Pontiff whose first Mass may be on the 33rd anniversary of Archbishop Romero’s martyrdom, could potentially set up another game-changer.  The papal transition will impact the Romero canonization cause in three ways.
First, in the immediate term, the resignation of Pope Benedict triggered an administrative suspension of all the work of the Vatican bureaucracies, including the Congregation for the Causes of Saints, and the Congregation for the Doctrine of the Faith—the two Roman institutions currently working on Archbishop Romero’s cause.  During the sede vacante—the period during which there is no pope—all major work by the Vatican’s agencies that would require papal approval grind to a halt.  In fact, the heads of the CCS and CDF are technically separated from their posts during the interregnum.  In the case of the head of the CCS, Card. Angelo Amato will turn 75 in June.  This is the mandatory retirement age for Catholic bishops, and it is unclear whether His Eminence would return to his job to finish out his term, or whether the new Pontiff will simply wait to appoint a new Prefect.  Some perceive that officials will not simply be sent back to their posts, as a matter of course, because of the need to examine and, if need be, reform, the functioning of the Vatican Curiae.

Second, in the intermediate term and in general, the election of a new pope can operate to reboot Vatican operations, resulting in different energies flowing into particular projects, including a specific canonization cause.  As noted above, we saw how the papal transition from John Paul to Benedict—and the associated shift in priorities from John Paul’s emphasis on creating saints to Benedict’s emphasis on revitalizing Europe’s Christian traditions—seemed to sap the energy from Romero’s cause.  The coming transition, with its attendant shifts in policy focus, and even personnel, will invariably impact Romero’s cause.  For example, we wait to find out whether Archbishop Vincenzo Paglia, the postulator of Romero’s cause, will retain his time-consuming role as President of the Pontifical Council on the Family (the equivalent of a cabinet job in a secular government) and whether he will be made a cardinal, which he appeared on track to be under Pope Benedict.  His fate will impact the cause.
Third, and most importantly, the papal election process will make a difference in terms of who is elected pope.  For example, Prof. Mike Allison of the Univ. of Scranton, points out that the selection of a Latin American might speed up the Romero canonization.  Super Martyrio has analyzed the backgrounds and profiles of 32 cardinals widely considered to be papabili, at least by the press, and has concluded that, of these, twelve could be favorably inclined to accelerate Romero’s beatification, while seven others might be inclined to keep the status quo (the remainder were toss-ups). The most favorably inclined for Romero in our analysis were Ghana’s Peter Turkson—whom Irish bookmakers favor 11-4 to win (but is much less favorably regarded by Vatican insiders); Honduras’ Oscar Rodriguez; and Italy’s Gianfranco Ravasi.  At least nine other prelates currently thought to be contenders ended up in our plus column, which means that there is a fair chance that the new pope will be even more favorably inclined towards Romero’s canonization than Pope Benedict had been.

Therefore, there is reason to think Archbishop Romero’s cause will fare better under the new pope.  First, the disruption of the sede vacante, though routine and largely benign, could produce new leadership at the CCS (the other relevant agency, the CDF, already is headed by the Romero-friendly Prefect Gerard Muller).  Second, the transition will refocus priorities and, given that Romero’s cause had gone into sleep mode in the last few years, any shake-up can only be positive.  Finally, the chances of getting a pope who will want to expedite Romero’s beatification process also seem promising.  To be clear, we do not expect the new Pope to walk into the CCS the day after he is elected and proclaim Óscar Romero a saint.  Any positive impact would be very subtle.  But, as Fr. Daniel Ols, the relator of Romero’s cause told NCR’s John Allen in 2003, “If the Holy Father wants things to accelerate, they speed up.

Friday, March 08, 2013

LA FE y LA RECONCILIACIÓN


Google Translate
English | italiano

Cuando Mons. Romero predica sobre la reconciliación, lo hace primeramente desde su ejemplo. El escándalo “Vatileaks” nos muestra que la intriga y la división pueden llegar a la iglesia. Los cardenales que se reúnen en Roma para elegir al nuevo papa tienen que poner la voluntad de Dios por encima de sus egos.  Así lo hizo Romero: “El Señor dirá y de mi parte quiero ofrecerle todos estos sacrificios y sin sabores a fin de que prevalezca el Evangelio y todos nos convirtamos a la verdad y a l servicio de Dios y de nuestro pueblo”, escribe en Su Diario (12 de marzo de 1980) ante las divisiones internas de la Iglesia.  Al igual que el Papa Benedicto, estaba dispuesto aún a renunciar su cargo si esto trajese la reconciliación y “a ceder hasta donde sea posible … pero no en lo sustancial cuando se trata de ser fiel al Evangelio, a la doctrina de la Iglesia, y a este pueblo tan sufrido que cuesta que lo comprendan”.  (Id., 13 de marzo.)

Anteriormente:
Resumen de la Homilía (2011)
Para los Pobres (2012, inglés)


En el 4º Domingo de Cuaresma, Mons. Romero predica [español | inglés | audio] sobre la reconciliación desde las lecturas de la Pascua de Guilgal (Josué 5, 91a. 10-12), la prédica de San Pablo sobre la reconciliación (2 Corintios 5, 17-21) y la parábola del Hijo Pródigo (Lucas 15, 1-3, 11-32).  En los recientes ejercicios espirituales de la curia romana predicados por el Card. Gianfranco Ravasi, un eminente conocedor del Viejo Testamento, el cardenal presentó una ponencia titulada “Delito, castigo, perdón”,  en que sostiene que “El pecado es una aberración que nos aleja de Dios”.  (Ravasi, “Ars Orandi, Ars Credendi”, Pte. XI.)  Mons. Romero desarrolla la misma idea, desde el Viejo Testamento: “Todo el Viejo Testamento se podría reducir a ese proyecto: la creación, el pecado, la reconciliación”, dice, interpretando las profecías de Oseas, el libro de Josué y las confesiones de San Agustín para deducir que, “El pecador es el hombre salido de sí y que no encuentra en sí mismo lo que lleva de Dios, y por eso lo busca desordenadamente, prostituyendo las cosas, olvidándose que todo viene de Dios”.  La reconciliación con Dios nos lleva a restablecer una relación más sana con toda la Creación.  Todo esto nos está diciendo el Dios de la reconciliación, todo el Antiguo Testamento: ¡un proyecto de reconciliación integral!, tal como lo quisiéramos para nuestro país”.

En Cristo, proclama monseñor, esa reconciliación se extiende a todos los pueblos: “O como dice también hoy la frase de la segunda lectura: 'Dios, por medio de Cristo, nos reconcilia consigo'”.   Por eso advierte monseñor: “Cristo no es cualquier cosa, queridos hermanos: Cristo es la presencia de la reconciliación de Dios”.  En su mensaje a la Iglesia, Mons. Romero externaliza lo que había escrito en la intimidad de Su Diario: “La segunda lectura es la expresión más bella de la Iglesia de los tiempos de San Pablo hablándole a los corintios, como lo que yo pudiera decir aquí hablando a los santos de San Salvador que son ustedes los bautizados, los que forman el pueblo de Dios”, dice.  Como Pablo a los Corintios yo les digo a ustedes sus mismas palabras: 'nos encargó el servicio de reconciliar. Nos ha confiado el mensaje de la reconciliación'”.  Es un llamado a la unidad, que sería oportuno hacer resonar sobre el colegio cardenalicio que está a punto de elegir un nuevo papa, y sobre toda la Iglesia: “Queridos sacerdotes, religiosos, religiosas, fieles, catequistas, comunidades cristianas, que no se aparte nunca de nosotros este ideal: hacer una Iglesia que sea instrumento de reconciliación de los hombres con Dios”.  Varias veces repite: “Nos ha confiado el mensaje de la reconciliación”.

Finalmente, Mons. Romero da su exegesis sobre la parábola del Hijo Pródigo.  Yo no sé si hay una página más bella en el Evangelio”, comienza.  Todo el Evangelio es bellísimo, pero cuando uno lee lo que hoy hemos escuchado: los dos hijos, el hijo menor que toma su herencia y se va a derrocharla y, sobre todo, el cariño de aquel padre que está esperando; y la reconciliación final de la parábola,” resume.  ¡Qué vida más hermosa si de veras, a pesar de nuestros pecados, tuviéramos en cuenta el proyecto de Dios para reconciliarnos con Él!  En la parábola se reflejan, dice monseñor, nuestras  propias vidas en una historia “que se reduce siempre al proyecto que decíamos del Viejo Testamento, un cariño de Dios que nos tiene en su casa y una ruptura caprichosa y loca de nosotros por irnos a gozar la vida sin Dios, el pecado”.  En los ejercicios espirituales vaticanos el Card. Ravasi predica que “Es más cruel y terrible ofender a un padre tierno que a un soberano implacable”.  (“Ars Orandi”, supra.)  Mons. Romero lo explica, describiendo el momento del reconocimiento de que hemos caído en una aberración: “¡Qué insensatos nos sentimos! Nos parecemos al hijo pródigo en ese momento, queriendo comer el maíz que le tiran a los cerdos”, porque hemos quedado afuera de la gracia del padre.  ¿Quién no ha sentido realizarse en su vida después del pecado este asco, este sentirse cerdo, sentirse vacíos, sentirse sin Dios, sin nada, sin amigos?  Pero en ese momento, el hijo, “tocado por la miseria, por el abandono de los hombres, se acuerda que no hay más amor que el de Dios, vuelve, y a ese Dios que debía de encontrar resentido o de espaldas lo encuentra volteando hacía él con los brazos extendidos dispuestos a hacer una fiesta por el retorno”.

Es casi imposible imaginar un ambiente más necesitado de la reconciliación predicada por Mons. Romero que El Salvador en marzo de 1980.  Cuánta falta nos hace aquí en El Salvador meditar un poquito esta parábola del hijo pródigo”, comenta monseñor.  Como parece irreconciliable la denuncia de la izquierda contra la derecha y el odio de la derecha contra la izquierda; y el que está en el medio dice: 'La violencia venga de donde viniera, duro con los dos'”.  Mons. Romero denuncia la creciente tendencia de polarización y la sustitución del dialogo con la violencia, indicando que en ese ambiente totalmente vacío del amor, ni siquiera entre los correligionarios existe el amor: “Y así vivimos en grupos, polarizados, y quizá ni los del mismo grupo, se aman porque no puede haber amor donde se parcializa tanto, hasta odiar al otro”.  Aunque monseñor no lo explicita (porque no era necesario hacerlo), esta observación abarca a la propia Iglesia.  Hace una prolongada interpelación con discursos particulares a todos los sectores sociales, que inicia diciendo, “¡Necesitamos romper estos diques, necesitamos sentir que hay un padre que nos ama a todos y a todos nos está esperando. Necesitamos aprender a rezar el Padre Nuestro y decirle: 'Perdónanos, así como nosotros perdonamos'”.

Interpela a la Iglesia: “La Iglesia es una misionera de la reconciliación y tiene que decirle a unos y a otros a pesar de sus opciones que los diferencian: ámense, reconcíliense con Dios”.  Interpela a los ricos: “reconcíliense con Dios y con los hombres, cediendo con gusto lo que vendrá para paz del pueblo y paz de sus propias conciencias”.  Interpela a los pobres también a evitar “una violencia que nos traiga mayores cosas de que llorar”.  Interpela al gobierno: “hagan valer su poder o valientemente confiesen si no pueden mandar”.  Interpela a las organizaciones políticas de oposición: “que se ofrezcan a esa plataforma de diálogo que necesitan las diversas fuerzas del pueblo en su tendencia a madurar, a unirse y salvar unidos a nuestro pueblo”.  Interpela finalmente a los grupos de insurrección armada: “A ellos, pues, y a quienes abogan por soluciones violentas, quiero llamarlos a la comprensión. Saber que nada violento puede ser duradero. Que hay perspectivas aún humanas de soluciones racionales y, sobre todo, por encima de todo, está la palabra de Dios que nos ha gritado hoy: ¡Reconciliación!

Finaliza, diciendo, “Dios lo quiere, reconciliémonos y así haremos de El Salvador una patria de hermanos, todos hijos de un Padre que nos está esperando a todos con los brazos abiertos”.

«Septem Sermones Fidei», los ultimos siete sermones de Mons. Romero