Monday, August 07, 2017

Una homilía Romeriana para el Divino Salvador



AÑO JUBILAR por el CENTENARIO del BEATO ROMERO, 2016 — 2017:
 


Mons. Urrutia predicando en la Basílica del Sagrado Corazón; Mons. Romero predicaba en el mismo templo.
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#BeatoRomero #Beatificación


El sábado 5 de agosto de 2017 se celebró la tradicional “Bajada”, o procesión litúrgica alusiva a la fiesta de la Transfiguración en San Salvador, El Salvador.  El nombre informal de la ceremonia, la “Bajada”, deriva de la trayectoria tradicional de la profesión, que desciende una inclinación en la geografía de la capital salvadoreña.  Este ano, la celebración fue dedicada a los centenarios de Fátima y del Beato Romero.  Mons. Rafael Urrutia , Vice-Postulador de la Causa de Canonización de Mons. Romero, predicó la homilía, que tituló “Sentir Con La Iglesia: Caminando con Nuestros Mártires en Pos de Cristo”.
En seguida el texto integral.

Era lunes 24 de marzo de 1980, el calendario litúrgico nos encaminaba en la semana de dolores hacia el inicio de la Semana Santa, a las 6:20 de aquella gloriosa tarde en la Capilla del Hospital Divina Providencia, Monseñor Óscar Romero derramó su sangre por confesar su fe en Jesucristo. "De ese modo la vida de Mons. Romero se transformó en una misa que se funde, a la hora del ofertorio, con el Sacrificio de Cristo; y Dios omnipotente y Bondad infinita, que sabe sacar cosas buenas hasta de las acciones más nefastas de los hombres, de ese horrible crimen que segó la vida de nuestro amado Pastor le proporcionó una inestimable fortuna: morir como testigo de la fe al pie del altar.” (cfr. Mons. Fernando Sáenz Lacalle: Homilía del XX Aniversario de la muerte martirial de Mons. Romero año 2000).  

San Juan Pablo II en su telegrama de condolencia por la muerte del Beato expresó, entonces: “Respetemos todos en este acontecimiento doloroso el testimonio particular, que Monseñor Romero se empeñó en dar durante toda su vida de Pastor, buscando a Cristo especialmente en aquellos a quienes él está más cercano. Así coronó con la sangre, su ministerio particularmente solícito con los más pobres y marginados. Fue un testimonio supremo que ha quedado como símbolo del tormento del pueblo, pero también como esperanza de un porvenir mejor.” (cfr. Mensaje de Condolencia del Papa Juan Pablo II). 

Es cuanto afirma en la Carta Apostólica de Beatificación el Papa Francisco cuando dice: “Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, obispo y mártir, pastor según el corazón de Cristo, evangelizador y padre de los pobres, testigo heroico del reino de Dios, reino de justicia, de fraternidad, de paz.” (cfr. Cardenal Angelo Amato: Homilía por la Beatificación del Mártir Monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, del 23 de mayo de 2015). 

A la mayoría de los cristianos, cuando evocamos la época del martirio y de los mártires, pronto vienen a nuestra mente imágenes de los mártires de la Iglesia primitiva sirviendo de diversión a la turba enardecida mientras eran devorados por grandes y feroces fieras en el Coliseo Romano, al mejor estilo de Hollywood. Imágenes éstas que parecen haber congelado el pensamiento cristiano sobre los mártires y el martirio, como indicando que nunca más podría volverse a vivir “la experiencia martirial” en la vida de la Iglesia.  

Al respecto San Juan Pablo II, el 30 de marzo de 1980, pocos días después de haberse perpetrado el asesinato de Monseñor Óscar Romero, expresaba estas palabras: “La Iglesia de nuestro tiempo sigue escribiendo su martirologio con capítulos siempre nuevos, actuales. No se pueden olvidar, no se pueden apartar los ojos de esta realidad que es dimensión fundamental de la Iglesia de nuestro tiempo. La Iglesia de hoy continúa escribiendo su martirologio y no podemos olvidar a quienes en el curso de nuestra época han sufrido la muerte por la fe y por el amor a Cristo; los que de diversas maneras han sido encarcelados, torturados, condenados a muerte y aún escarnecidos, despreciados, humillados y marginados socialmente. No se puede olvidar el martirologio de la Iglesia y de los cristianos de nuestra época. Este martirologio está escrito con caracteres distintos de los primitivos. Hay otros métodos de martirio y otro modo de dar testimonio. Pero todo emana de la misma Cruz de Cristo y completa la misma Cruz de nuestra Redención.” (Pronunciado en el Ángelus del Domingo de Ramos: Insegnamenti 3/1 (1980) 774). 

Monseñor José Luis Escobar Alas, en su II Carta Pastoral: “Ustedes también darán testimonio porque han estado conmigo desde el principio”, como si de revelar sus más íntimos sentimientos se tratara, escribe en la introducción: “Cuarenta años han transcurrido desde que el ignominioso asesinato del Padre Rutilio Grande García, S.J. fuera cometido. A su muerte injusta e injustificable, la persecución y represión contra la Iglesia arreció de forma inimaginable en un país que se enorgullece de tener por Patrono al Divino Salvador del mundo y se jacta de ser cristiano. Sin precedentes en la historia salvadoreña -aunque no en la historia de la Iglesia, acostumbrada y enviada por su Divino Maestro a dar la vida por los que ama (cfr. Jn 15, 13) sin que nadie se la quite, entregándola voluntariamente (cfr. Jn 10, 18)- la vida de cuatro religiosas; dieciséis sacerdotes; un seminarista; dos obispos e innumerables caquetistas, agentes de pastoral y ovejas del rebaño, fue brutalmente arrebatada, no sin antes haber sido destrozado su prestigio, por medio de la difamación e inculpación de crímenes jamás cometidos. En mi condición de Pastor de esta Iglesia debo reconocer con humildad, que hemos cometido muchos yerros. La sombra se agiganta al reconocer que dejamos de lado el tema de la muerte martirial de los hombres y mujeres arriba mencionados, a pesar del llamado Pontificio…, en la Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente n. 37 de 10 de noviembre de 1994.” (n.1).  

Y hacia el final del introito de esta sinfonía escrita sobre el pentagrama del martirio de nuestra Iglesia salvadoreña, va concluyendo: “Ha llegado el momento propicio -y propiciado con toda seguridad por el Santo Paráclito- para dirigirme, inmerecidamente, a ustedes y comentar, en aras de la justicia, la verdad y la caridad, el ideal por el cual murieron tantos cristianos y cristianas. Momento, del cual estuvo seguro de que ocurriría, nuestro amadísimo Beato Monseñor Óscar Arnulfo Romero el 23 de septiembre de 1979, cuando en su Homilía del Vigésimo Quinto Domingo del Tiempo Ordinario, al discurrir sobre la persecución que la Iglesia sufría por esos días, afirmó: “Pasará esta hora de prueba y quedará refulgente el ideal por el cual murieron tantos cristianos. Es una noche negra la que estamos viviendo, pero el cristiano vislumbra que, tras la noche, ya fulgura la aurora y ya se lleva en el corazón la esperanza que no falla.” (cfr. Monseñor Óscar A. Romero, “Homilía del Vigésimo Quinto Domingo del Tiempo Ordinario. 23 de septiembre de 1979) (n.4). 

Es justo, entonces, en la fiesta del Divino Salvador del mundo, en este año Jubilar 2017 celebrado con ocasión del Centenario del natalicio del Beato Óscar Romero, dirigir nuestra mirada a “esos que llegan al cielo procedentes de la gran tribulación; y son los que han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero; y por eso son los que hoy están delante del trono de Dios, dándole culto día y noche en su Santuario; y sobre ellos, el que está sentado en el trono extenderá su tienda.” (cfr. Ap. 7, 13-17). Sí, es justo “Sentir con la Iglesia” y, desde estas fiestas en adelante, poner nuestra mirada y el corazón en nuestros mártires, con la firme determinación de vivir “caminando con ellos en pos del Cristo”. 

¿Por qué tomar la determinación de “Sentir con la Iglesia” y vivir “caminando con nuestros mártires en pos de Cristo?”. La respuesta nos la proporciona el Papa Francisco: “Los mártires son aquellos que llevan adelante a la Iglesia, los que la han sostenido siempre y la sostienen hoy. Y hoy hay más mártires que en los primeros siglos. Los medios de comunicación no lo dicen porque no hacen noticia, pero hay tantos cristianos que hoy son bienaventurados porque son perseguidos, insultados, encarcelados…, ellos son la gloria de la Iglesia, nuestro apoyo y también nuestra humillación…, y todo por confesar su fe en Jesucristo. Esta es nuestra gloria y nuestra fuerza hoy; por eso una Iglesia sin mártires, es una Iglesia sin Jesús. La sangre de mártires es semilla de cristianos. Ellos con su martirio, con su testimonio, con su sufrimiento, incluso dando su vida, ofreciendo su vida, siembran cristianos para el futuro en la Iglesia. Por eso los invito a rezar por nuestros mártires”. (cfr. Papa Francisco. Homilía matutina del 30/01/2017 en la Capilla de la Casa Santa Marta). 

En todo tiempo y lugar los mártires han sido hombres y mujeres, cristianos como nosotros, que nos han dado un maravilloso ejemplo de caridad cristiana, porque el martirio es un acto perfecto de caridad, a la vez que es un don que precisa de una particular gracia de Dios. Mártir significa: testigo. Ellos son testigos de la fe porque mueren para dar testimonio de ella; testigos del amor porque dan la vida por otro, es el máximo testimonio de caridad. Ellos son un ejemplo clarísimo de cómo hay que llevar la caridad hasta el final. Todos nuestros mártires, de ayer y de hoy, derramaron su sangre por confesar su fe en Jesucristo y “no amaron tanto su vida que temieran la muerte” (Ap 12, 11). Con su vida y con su muerte nos han demostrado que se puede vivir el espíritu de las bienaventuranzas de Jesús.  

“Los mártires, hombres y mujeres frágiles y pecadores dan testimonio de su fe vigorosa y de su amor incondicional a Jesucristo. Fueron personas de todos los ámbitos sociales, que vivieron haciendo el bien y murieron renunciando a salvar su vida y perdonando a quienes los maltrataban. La sangre de estos mártires derramada como la de Cristo para confesar el nombre de Dios, manifiesta las maravillas del poder de Dios. En los mártires se demuestra que el Señor ha sacado fuerzas de lo débil, haciendo de la fragilidad su propio testimonio. Algo nos faltaría en la Iglesia si no tuviéramos mártires. El martirio es el control de calidad del cristianismo y un antídoto contra el relativismo de la cultural actual para la que nada es absoluto. Los mártires de todos los tiempos y también los de nuestros días, muestran la vitalidad de la Iglesia y constituyen la encarnación de la esperanza. Si Tertuliano decía que: “el martirio es la mejor medicina contra el peligro de la idolatría de este mundo”, nosotros podemos decir que la condición martirial de la vida cristiana es la mejor medicina contra la tibieza y la secularización de los cristianos.” (cfr. Mons. Manuel Sánchez Monge, Obispo de Santander, Homilía en la fiesta de los Santos Emeterio y Celedonio, 30/08/2016). 

Por eso este tiempo en el que nos proponemos caminar con ellos en pos del Cristo, es un tiempo de gracia y de reflexión, que nos lleva a considerar de dónde venimos y hacia dónde hemos de ir. La Iglesia desea que todos los fieles conozcamos y nos familiaricemos con nuestros santos mártires, que no haya nadie a quien no llegue el ejemplo y el mensaje admirable de fe, de amor y de esperanza de estos santos de nuestro tiempo. 

Ellos nos acercan a Jesús y a su Evangelio, que para los cristianos es la fuente donde debemos beber constantemente. Su ejemplo, sus palabras y su recuerdo, pueden ayudarnos hoy a una profunda conversión del corazón, porque solo un corazón convertido es capaz de entregarse verdaderamente a los demás; a todos, y particularmente a los más necesitados, a los enfermos, a los más pobres, a los marginados; porque solo un corazón convertido es capaz anunciar a Jesús con nuevo ardor.  

Su memoria, además, nos hace presente la profundidad de nuestras raíces cristianas: Jesús y la cruz; nos ayuda a valorar más el ministerio de los pastores que dieron la vida por sus ovejas y a pedir por las vocaciones sacerdotales; y también nos ayuda a dar testimonio de Cristo en nuestro mundo con alegría y fortaleza. 

El recuerdo de nuestros mártires, en el presente y en el futuro, nos debe servir para darnos cuenta de lo que significa ser cristiano, para luego dar a conocer nuestra fe, con nuestro ejemplo y nuestra palabra. Ahora somos nosotros los que tenemos en nuestras manos aquella gran tradición eclesial del martirio, que está viva y que es hoy una realidad comprometida.  

Caminar junto con nuestros mártires en pos de Cristo, nos da la oportunidad de un nuevo encuentro personal con Jesús vivo, que siempre pide una nueva conversión: un cambio de actitud, de criterios, de mentalidad; un cambio de vida. Ante nosotros tenemos la oportunidad de vivir este tiempo de gracia para revitalizar nuestra fe personal y la de nuestras comunidades; y, por nuestro testimonio, la de muchas otras personas que se han excluido de nuestra fe o que están viviendo en la periferia. Y todo esto no se puede conseguir sin escudriñar con asidua devoción las Escrituras y sin acudir frecuentemente al sacramento de la reconciliación y de la eucaristía. 

Que el Divino Salvador del mundo nos bendiga siempre y, por la intercesión del Beato Óscar Romero y todos los que han lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero, nos conceda la gracia de vivir nuestra historia caminando con nuestros mártires, en pos de Cristo, según su corazón. Así sea.




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