Friday, August 26, 2011

MONS. ROMERO Y LA
CORTE SUPREMA DE JUSTICIA

En 1978, Mons. Romero tuvo un fuerte enfrentamiento con la Corte Suprema de Justicia de El Salvador sobre la falta de seguimiento que la Corte daba a los atropellos de los militares, y por la mala fe con que la Corte interpretaba la ley para favorecer a los victimarios. (James BROCKMAN, Romero: A Life [Romero, Una Vida] (Orbis, Nueva York, 1989), págs. 121-125.) Monseñor expresó su indignación por que la Corte dejara en la impunidad los asesinatos de sacerdotes:
¿Hasta cuándo vamos a estar soportando estos crímenes sin ninguna reivindicación de justicia?. ¿Dónde está la justicia en nuestra patria?. ¿Dónde está la Corte Suprema de Justicia?. ¿Dónde está el honor de nuestra democracia si han de morir así las gentes como perros, y se quedarán sin investigar las muertes como la del P. Rafael [Palacios]?
(Homilía del 21 de junio de 1979.)

El choque entre la denuncia de Mons. Romero y la indiferencia de la Corte había explotado un año atrás, cuando Monseñor había lamentado el vacío notable en el rol de la Corte como una agencia de justicia ante los atropellos. “Yo pienso, hermanos”, comentaba Monseñor, “ante estas injusticias que se ven por aquí y por allá, hasta en la Primera Cámara y en muchos juzgados de pueblos, ¡ya no digamos jueces que se venden! ¿Qué hace la Corte Suprema de Justicia?” Esta llamada de atención molestó tanto a la Corte que su Secretario giró un oficio al arzobispado insinuando que Mons. Romero había difamado al Tribunal, y dejando abierta la posibilidad de alguna consecuencia legal para Monseñor por la supuesta infracción.

Mons. Romero contestó a esta maniobra en su Homilía de Pentecostés de 1978. En su respuesta, Monseñor hace un equilibrio delicado entre lo jurídico y lo teológico, evitando caer en una trampa legal que sería manipulada por sus detractores, y aprovechando del suspenso creado por el enfrentamiento. “Yo sé que es grande la expectativa, ¿qué va a decir el Arzobispo ante el emplazamiento de la Corte Suprema de Justicia?”, reconoce Mons. Romero. (Hom. 14 de mayo de 1978.) “Por de pronto quiero decirles que la Suprema Corte ha sido hoy el signo de Dios para atraer la atención del pueblo”, dijo, introduciendo el tema.

En palabras mesuradas y respetuosas, Mons. Romero no retrocedió de su crítica, la que tildó de llevar sentido de «animus corrigendi» (espíritu de corregir), y reiteró su denuncia. “¿Dónde está el papel trascendental de una democracia de este Poder que debía de estar por encima de todos los poderes y reclamar la justicia a todo aquel que lo atropella?”, preguntó de nuevo—citando textualmente sus palabras en la Homilía que había molestado a la Corte. “Yo creo que gran parte del malestar de nuestra Patria tiene allí su clave principal”, decía Monseñor. “En el Presidente y en todos los colaboradores de la Corte Suprema de Justicia, que con más entereza debería de exigir a las Cámaras, a los juzgados, a los jueces, a todos los administradores de esa palabra sacrosanta: LA JUSTICIA, que de verdad sean agentes de justicia.”

Elevando un poco el tono, Monseñor censuró el “desprecio absoluto de la Honorable Corte Suprema de Justicia, por las obligaciones que la Constitución Política le impone, la cual todos sus miembros se han obligado a cumplir”. Aquí, Mons. Romero rechazó implícitamente la argumentación de que los abusos se deberían olvidar para fomentar la paz, declarando que la paz solo puede surgir a base de la justicia: “esta Iglesia del Espíritu Santo viene proclamando desde los lejanos tiempos de Isaías, y hoy lo repito con la renovada juventud de este Pentecostés, en medio de la dramática realidad de nuestro país «La Paz sólo puede ser el producto de la justicia» (Is. 3 2, 1 7)”. Repitió la frase en Latín, que era el lema de Pio XII: «Opus justitiae pax», y aseveró que, “si verdaderamente existiera un interés social en el manejo de la cosa pública los hechos serían investigados exhaustivamente, con el fin de lograr un verdadero y auténtico bienestar social, así como para sentar precedentes”.

Mons. Romero volvió al tema de la justicia en su “última homilía” en la que rechaza “las visiones falsas de la tierra que el hombre ha tenido según sus intereses”, incluyendo “las que hacen de la Seguridad Nacional [que transforman al hombre a] un servidor del estado como si el estado fuera el señor y el hombre el esclavo, cuando es al revés, no es el hombre para el estado sino el estado para el hombre”. (Hom. 23 de marzo de 1980.) “La ley”, decía, “tiene que ser un servicio a la dignidad humana y no los falsos legalismos con los cuales se pisotea la honradez, muchas veces, de las personas”. Puntualmente, insistió: “No queramos, por salvar la Constitución del país cuando se ha pisoteado por todos lados, llamarla; y a ella se le quiere usar más bien para defender nuestros egoísmos personales. La ley para el hombre, no el hombre para la ley.” (Id.)

Al siguiente día fue asesinado y hoy, desde su martirio relegado a la impunidad, Mons. Romero sigue denunciando el “desprecio absoluto” de la Corte Suprema de Justicia al clamor de las víctimas por una reivindicación.
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