Thursday, April 19, 2012

ROMERO y LEFEBVRE



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La diferencia entre Mons. Romero y Mons. Marcel-François Marie Lefebvre (1905-1991), líder del grupo cismático que ahora está negociando su re-inserción a la Iglesia, fue expresada por el mismo Mons. Romero cuando dijo: “Hermanos, es triste el cisma. Hemos de pedir mucho por estas situaciones cismáticas y jamás vayamos a pensar nosotros en una autonomía que es suicidio”. Resumió el tema sin alguna ambigüedad, declarando que él: “Preferiría mil veces morir, antes de ser obispo cismático”. (Homilía del 26 de Agosto de 1979.)

Dos arzobispos y dos destinos muy distintos, dos respuestas diametralmente opuestas a la misma situación. Tanto Romero como Lefebvre nacieron a principios del siglo XX, “Eran tiempos en que la misa se decía en latín y de espaldas al pueblo”, recuerda Mons. Gregorio Rosa Chávez, quien fue el asesor de comunicaciones para Mons. Romero. El entonces padre Romero transmitía la misa por la radio, explicando la liturgia y predicando la homilía: “Ésa era su fórmula para hacer ‘radiofónica’ una misa en latín”, explica Mons. Rosa. Tanto Romero como Lefebvre eran productos de esa era pre Conciliar, y ambos tenían fama de ser prelados conservadores, con ideas rígidas sobre las prácticas de la fe. Como sacerdote, Mons. Romero se enfrentó con las autoridades civiles cuando reusó un homenaje al prócer salvadoreño Gerardo Barrios, por ser masón. (James BROCKMAN, Romero: A Life [Romero, una vida]. Nueva York: Orbis Books, 1999, pág. 40.) Durante los años 70, se enfrentó con sacerdotes que sospechaba de ser marxistas. (Op. Cit., págs. 48-52.) Y Mons. Lefebvre por su parte hubiera estado muy de acuerdo, ya que él declaró en 1976: “¡no se puede dialogar con los masones o con los comunistas, no se dialoga con el diablo!

Ambos tuvieron enfrentamientos con los cleros progresistas de aquella época. En 1968, Lefebvre abandonó su cargo como superior general de los Padres del Espíritu Santo debido a los reproches que le hacían los miembros más progresistas y la fuerte campaña que montaron en su contra. De la misma manera, Mons. Romero se encontró enemistado con el clero progresista en San Salvador en 1970, cuando era obispo auxiliar, y tuvo que ser cambiado a otra diócesis, en Santiago de María en 1974.  (BROCKMAN.) Pero después de encontrarse en esa misma situación de un cambio incómodo en su Iglesia, Mons. Lefebvre optó por la rebeldía y Mons. Romero optó por la obediencia—“obediencia hasta la muerte”, a la línea del Concilio, y a la predicación social de los papas. “Hermanos”, dijo Mons. Romero al principio del mes de su martirio, “la gloria más grande de un pastor es vivir en comunión con el Papa. Para mí, es el secreto de la verdad y de la eficacia de mi predicación estar en comunión con el Papa”. (Hom. 2 de marzo de 1980.) Cuando Lefebvre dialogó con Pablo VI y Juan Pablo II, endureció su postura, mientras que Mons. Romero fue a Roma a sostener “una confrontación de criterios como cuando Pablo iba a Jerusalén a hablar con Pedro de lo que predicaba y con la disposición natural de corregir lo que no está bien”. (Hom. 10 de febrero de 1980.)

Para Lefebvre, los cambios en la Iglesia después del Concilio Vaticano II como que sobrepasaban su fe en la Iglesia, en sus instituciones y sus pastores, para poder aceptarlos. Un gran contraste con la aptitud de Mons. Romero, quien llegó a decir, “Los cambios en la Iglesia, queridos hermanos” —y aquí como que se le ocurrió la obstinación de Lefebvre—“sobre todo los que hemos sido formados en otras épocas, en otros sistemas, tenemos que tener y pedirle al Señor esa gracia de tenernos que adoptar sin traicionar nuestra fe, ser comprensivos con la hora de hoy”. (Hom. 23 de marzo de 1980.) Para Lefebvre, la Tradición era un principio predominante en su insistencia, por ejemplo, en mantener la misa en latín, pero el Beato Juan Pablo II le reprochó ese concepto, diciendo que era “una imperfecta y contradictoria noción de Tradición”. (Carta Apostólica «ECCLESIA DEI», 4). Según el Concilio, observa el beato pontífice, la Tradición crece con las experiencias y las vivencias de la historia según va siendo interpretada por los pastores auténticos de la Iglesia, “cuando comprenden internamente los misterios que viven, cuando las proclaman los obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad”. (Ibid.) Mons. Romero compara la resistencia al Concilio a las acusaciones a Cristo basadas en las leyes de los alimentos impuros que ignoraban lo verdaderamente sagrado y santo: “Quien sabe, hermanos, si muchas de las críticas a los cambios de la Iglesia proceden de este espíritu”, se pregunta. (Hom. 2 de sep. de 1979.) “Han hecho consistir una religión de tradiciones humanas. Tradiciones humanas son ciertos cultos, ciertas maneras de vestir, ciertas formas de rezar. Rezar de espaldas o de frente, en latín o español, son tradiciones”. Pero en lugar de seguir ciegamente estas tradiciones, “Busquemos lo que más agrada a Dios”, insiste Mons. Romero: “a todos nos toca un esfuerzo por hacer una religión que no esté vacía de los pensamientos de Dios por estar atendiendo las tradiciones de los hombres”. (Ibid.)

Aparte de las reformas litúrgicas, Lefebvre se oponía a la liberación de normas con respecto al ecumenismo, la libertad religiosa y la colegialidad dentro de la Iglesia—todo basado en el antiguo concepto de una fe dogmatica. En este sentido, la aptitud de Mons. Romero también hace mucho contraste a la falta de flexibilidad y adaptación de Lefebvre. En el libro Piezas Para un Retrato consta un relato que ilustra bien el proceso de evolución que Mons. Romero vivió en el campo del ecumenismo. Cuentan que llegaron a visitarlo ya siendo arzobispo de San Salvador, los miembros de una Iglesia protestante. “Le sorprendió que llegaran a verlo unos evangélicos. Tal vez era primera ocasión. Fuimos un buen grupo, el pastor y el cuerpo de diáconos con sus esposas, en representación de una pequeña Iglesia bautista, la Iglesia Emmanuel”. Después de una pequeña falta de confianza, hubo un acercamiento con ellos, tanto así que Mons. Romero habló sobre el encuentro en su próxima homilía. Sin embargo, al referirse a ellos, los llamó unos “hermanos separados”. Explica uno de los miembros de la asamblea: “Era el lenguaje habitual de la Iglesia católica en aquellos tiempos”. En la siguiente reunión, uno de los pastores le reclamó el lenguaje a Mons. Romero:
Monseñor se quedó pensativo unos instantes.

-Hagamos un trato -nos propuso-. Ustedes no me llamen más Monseñor sino hermano y yo no les vuelvo a decir ‘hermanos separados’.

-¡Trato hecho!

Y desde aquel día él nos llamó a nosotros ‘los hermanos de la Emmanuel’ y nosotros a él, ‘el hermano Romero’.
Aceptar los cambios y nuevas prácticas de la Iglesia fue un reto para estos dos hombres de la Iglesia del siglo XX. Se puede argumentar que por su obediencia, Mons. Romero murió el 24 de marzo de 1980, martirizado, y que por su rebeldía, Mons. Lefebvre murió el 25 de marzo de 1991, excomunicado.
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