Friday, May 18, 2012

MONS. ROMERO y SAN MAXIMILIANO KOLBE



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Desde sus nichos en la Abadía de Westminster entre otros mártires cristianos del siglo XX, San Maximiliano Kolbe (1894-1941) y Mons. Romero dan fe de la naturaleza alevosa de la persecución de los cristianos en nuestros tiempos, y del discernimiento que la Iglesia debe practicar para resistir el engaño de los tiranos modernos.

San Maximiliano cayó víctima de las exterminaciones de los nazis, detenido en las redadas en contra de religiosos y otros grupos desfavorecidos por los fascistas, y asesinado en un campo de concentración cuando el fraile franciscano polaco se ofreció para sacrificarse en lugar de otro condenado a la muerte que se preguntó qué sería de su familia si él fuera ultimado. Aunque su martirio antedata del de Mons. Romero por cuatro décadas, el holocausto de San Maximiliano nos ilumina las tinieblas de la ofuscación que dice que tales persecuciones son meramente revanchas políticas o actos de guerra. ¡Con que razón el Beato Juan Pablo II declaró a San Maximiliano el “patrono de nuestro difícil siglo [XX]”, al canonizarlo—y cómo puede aplicarse el mismo rubro a Mons. Romero!

La identidad singular entre los dos martirios se reconoce desde diversos elementos, tal como la mayor preocupación que tuvieron estas dos víctimas por el bien de sus hermanos y no por el propio. San Maximiliano fue conmovido cuando su compañero condenado a la muerte lamentaba, “Pobre esposa mía; pobres hijos míos”. Fue entonces que San Maximiliano ofreció inmolarse para salvar la vida de su compañero: “Soy un sacerdote católico polaco, estoy ya viejo. Querría ocupar el puesto de ese hombre que tiene esposa e hijos”. Similarmente, cuando Mons. Romero comenzó a recibir amenazas anónimas de muerte, su preocupación primordial fue que en un atentado en su contra, perecieran otros inocentes. El día de su martirio, cuando su participación en una misa privada fue publicada en un periódico, otro sacerdote ofreció celebrarla, pero Mons. Romero prefirió correr el peligro fatal que desplazarlo hacia otro. (WOODARD, Making Saints: How the Catholic Church Determines Who Becomes a Saint, Who Doesn’t, And Why 37 (Simon and Schuster, 1990.) Desde sus dos accionares, Mons. Romero y San Maximiliano confirman la insignia de un mártir: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos”. (Juan 15, 13.)

Tanto Mons. Romero como San Maximiliano dan testimonio de la fe cristiana. En su sacerdocio, San Maximiliano promovió la veneración a la Virgen y en especial a su Inmaculado Corazón. Por su parte, Mons. Romero se encargó del custodio de la Virgen de la Paz en los años de su sacerdocio en San Miguel y su devoción mariana resaltaba todavía cuando habló ya siendo arzobispo, “desde el seno inmaculado de María a todos los trabajadores de la Iglesia para que sean limpios y puros en su mensaje y tengan siempre los grandes ideales de María”. (Homilía del 8 de diciembre de 1977.) Resaltaba su devoción cuando predicaba que la Iglesia, “cuanto más mariana lo sea, lo será más cristiana, porque nadie fue tan cristiana como María”, ya que sólo “sintiendo tan íntimamente como María la misión y la santidad de Cristo se puede ser su representante” (hom. 22 de oct. de 1978) y llevar, “El ideal de alejarse más y más del pecado y evitar que entre el pecado en el mundo; el ideal de llenarse más y más de la vida de Dios, de la gracia santificante” (dic. 1977, supra).

Las hojas de vida de los dos hombres se mantienen en sintonía con sus virtudes. Los dos mantuvieron una intensa actividad misionera. San Maximiliano fue misionero en el Japón, y durante su corta carrera fundó dos periódicos, El Caballero de la Inmaculada y El Pequeño Diario; en el Japón, empezó a editar hasta ocho revistas católicas. Mons. Romero redactó el Semanario Chaparrastique (ene. 1945-sep. 1967), el Diario de Oriente (ene. 1968-oct. 1976); se publicó en La Prensa Gráfica (jun. 1969-ago. 1972); redactó el Semanario El Apóstol (sep. 1975-nov. 1976); y el Semanario Orientación (mayo 1971-dic. 1978). Su eficacia evangelizadora fue resaltada por el Papa Benedicto XVI cuando alabó el estímulo a los sentimientos religiosos de El Salvador después de que el Evangelio fuese “predicado también con fervor por pastores llenos de amor de Dios, como Mons. Óscar Arnulfo Romero”. (Discurso a los Obispos Salvadoreños, 28 de febrero de 2008.Los dos sufrieron las adversidades de la Segunda Guerra Mundial, pero monseñor en un grado mucho menor que San Maximiliano (el seminarista Romero se encontró atrapado en Italia después de su ordenación, donde sufrió hambre y alienación, y en rumbo a El Salvador sufrió una detención temporaria en un campo de labor en Cuba).

Pero sin duda, la similitud más importante entre Mons. Romero y San Maximiliano Kolbe es la capacidad de su martirio, de brillar tan fuerte como para despejar todas las dudas que plantean los verdugos al querer no solo eliminarlos sino también negar su martirio. Como lo reconoce Su Santidad, los tiranos modernos tratan de “manifestar de modo menos explícito su aversión a la fe cristiana ... [y] simula[r] diferentes razones, por ejemplo, de naturaleza política o social” para encubrir las persecuciones y tratar de negar la virtud de las víctimas y su estatus martirial. (Mensaje del Santo Padre a la Sesión Plenaria de la Congregación para las Causas de los Santos, 24 de abril de 2006.) La Iglesia no puede permitir que los mismos tiranos manipulen los hechos y pretendan dictar los procesos de canonización de estos modelos de santidad, o permitir un “veto” a los tiranos al aceptar sus pretextos o sus versiones de los hechos. (WOODARD 147, supra.)

San Maximiliano fue beatificado por sus virtudes, pero al ser canonizado, el Beato Juan Pablo II insistió en reconocer su martirio, y cuando los teólogos dudaron en aprobarlo bajo la definición tradicional del martirio, Juan Pablo lo llamo un “mártir de la caridad”. Bajo la definición tradicional, mártir es aquel que es asesinado por odio a la fe. Sin embargo, San Maximiliano fue asesinado porque él mismo se ofreció—argumentaban los teólogos puristas—no porque fuera señalado. Al insistir sobre el tema, Juan Pablo quiso decir que, “el odio sistemático de la persona humana (como en el nazismo y otros sistemas totalitarios) es una versión contemporánea del odio de la fe”, ya que “la fe predica la dignidad inalienable de la persona humana y aquellos que odian a la persona odian a la fe de manera implícita”. (Weigel.)

La misma lógica se extiende al caso de Mons. Romero—en ambos aspectos. En primer lugar, algunos católicos escépticos dicen que Mons. Romero no fue atacado por ser católico, sino por motivos meramente políticos: por la “radicalidad” de su prédica, por su supuesta parcialización a favor de un partido o de una ideología, y las motivaciones táctico-militares de querer neutralizar a un agitador. Pero—aparte de la falsedad de dichas acusaciones—Juan Pablo II, el mismo papa que resistió la tentación de desestimar a San Maximiliano, también insistió siempre en resaltar como aspecto definitivo del asesinato de Mons. Romero que, “se ha asesinado un obispo de la Iglesia de Dios en el ejercicio de su misión santificadora de la ofrenda de la Eucaristía … le han matado precisamente en el momento más sagrado, durante el acto más alto y más divino”. (Audiencia General del 26 de marzo de 1980.) Los que perpetran semejante acto, “ofenden el Evangelio y su mensaje de amor, de solidaridad y de hermandad en Cristo”. (Id.)

Igual que la muerte de San Maximiliano Kolbe, el asesinato de Mons. Romero ha sido un atentado en contra de la fe que la Iglesia tiene que validar y reconocer como tal.
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