Monday, December 12, 2016

Una visita a la Oficina de Canonizaciones



AÑO JUBILAR por el CENTENARIO del BEATO ROMERO, 2016 — 2017

#BeatoRomero #Beatificación
En la mitología popular sobre la Navidad, Santa Claus y sus elfos arman los juguetes que repartirán en Nochebuena en un taller ubicado en el Polo Norte—lejos del posible escrutinio de millones de niños que anhelan saber cuáles serán sus regalos.  En la Iglesia Católica, las causas de los santos se obran en despachos desconocidos tales como la Oficina de Canonizaciones de la Arquidiócesis de San Salvador, ubicada en el edificio del Arzobispado.  Allí se encuentran los archivos de la causa de canonización de Mons. Óscar Romero, y la causa de beatificación del p. Rutilio Grande.
La oficina ha servido distintas funciones a través de los años.  En la década de los 90, funcionarios como la desaparecida María Julia Hernández copiaban documentos de los archivos del arzobispado para reunir los diarios, homilías y escritos del arzobispo mártir para que fueran analizados en el proceso y remitidos al Vaticano al final de la fase diocesana.  Después, sus gestores como Guillermo Gómez y más recientemente Rodrigo Belismelis recibían a diario testimonios de gente que decía que Monseñor Romero les había hecho un milagro.  Hoy en día, Rebeca Salas, supervisora del despacho, dirige la creación de reliquias de tercer grado del ahora beato, coordina la publicidad y administra la página de Facebook y cuenta de Twitter de la oficina.  La presencia constante en todas las épocas, ha sido Mons. Rafael Urrutia, vice postulador de las causas de Mons. Romero y el p. Grande.
Para un ávido seguidor de los altibajos de estas causas, la oficina es más que el centro operativo establecido según los reglamentos del derecho canónico, y resulta más bien algo equivalente a la maquinaria secreta del Mago de Oz.  Cuando yo visité la Oficina de Canonizaciones la semana pasada en una breve visita a El Salvador, el P. Edwin Henríquez, el segundo vice-postulador, me aseguró que “aquí están nuestros tesoros”—señalándome los expedientes originales de ambas causas, almacenados en los estantes de la oficina.  Pero lejos de ser un archivo polvoriento de documentos inertes, el lugar estaba rebosando de actividades.
En uno de los escritorios de la oficina interior, varios jóvenes trabajaban febrilmente para cumplir un pedido de 5,000 estampillas con la reliquia del Beato Romero que necesitaban en Catedral Metropolitana para el siguiente día.  Uno de los voluntarios, de apenas diez años de edad, levantaba los trocitos de tela que constituyen la reliquia con unas pinzas y las estaba adhiriendo a las estampas.  Otro muchacho les colocaba una tapita redonda de plástico adhesivo, mientras que otros voluntarios pegaban una pegatina con el escudo del arzobispado en la parte trasera.  Todos formaban una cadena de montaje que no se interrumpió por mi visita, las entrevistas con los voluntarios y trabajadores, ni el hecho de que nos detuvimos a posar para fotos entre todos.
Cuando el Beato Romero y el Siervo de Dios Rutilio Grande sean avanzados hacia los altares, será sin duda un milagro de Dios.  Pero también arduo trabajo de la Oficina de Canonizaciones.
P. Henríquez, Mons. Urrutia, Paulita Pike y yo.

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