Friday, October 24, 2014

De la pobreza


 
El joven padre Romero (tercero de la izquierda).
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Los pobres son la encarnación de Cristo”, escribió Mons. Óscar A. Romero cuando era un seminarista en 1941. Este mes, la Arquidiócesis de San Salvador nos pide reflexionar sobre esta epifanía juvenil de Romero, en preparación para el centenario de su nacimiento en el 2017.  A través de los andrajos, de los ojos oscuros, de la hediondez de las llagas, de las risas de los trastornados, el alma caritativa descubre y adora a Cristo”, escribió el joven Romero. El Papa Francisco dijo lo mismo en su Mensaje de Cuaresma de este año: “En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo”.
Juntos, Francisco y Romero nos elaboran una tipología espiritual de la pobreza, que nos ayuda a entender por qué los cristianos debemos preocuparnos por los pobres. Francisco considera la pobreza como una subcategoría de lo que él llama la miseria. “La miseria no coincide con la  pobreza”, escribe el Pontífice. La miseria tiene tres formas importantes: (1) la miseria espiritual, (2) la miseria moral, y (3) la miseria material. “La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza”, escribe Francisco, y es más o menos el resultado de las otras especies de miseria, ya que la miseria espiritual lleva a la miseria moral que conduce a la miseria material.
Por esta razón, Romero llama a la pobrezauna denuncia divina”, porque, al igual que el proverbial canario muerto en la mina de carbón, nos sirve para señalarnos una condición subyacente de corrupción; lo que Francisco llama “la miseria espiritual.” Dice Romero: “La existencia, pues, de la pobreza como carencia de lo necesario, es una denuncia ... [una] denuncia [del] por qué hay pobres, por qué hay gente que tiene hambre, por qué hay gente que sufre ...  ¿por qué existen?
La miseria espiritual, escribe Francisco, es lo “que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor” y “el Evangelio es el verdadero antídoto contra la miseria espiritual”. Porque la miseria espiritual es la causa última de la miseria material (de la pobreza), el Evangelio es también el verdadero antídoto contra la miseria material o la pobreza. En esto radica la conexión entre la pobreza material en el mundo, y la preocupación de la Iglesia, que es de otro mundo.
Romero: “Jesucristo no se presenta con armas ni con movimientos revolucionarios políticos, aunque da una doctrina para que todas las revoluciones de la tierra se encajen en la gran liberación del pecado y de la vida eterna”. Y Francisco: “en cada ambiente el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna”. Para mejorar la situación de los pobres, tenemos que acabar con el pecado.
Dado que la pobreza es miseria material, la frenamos asumiendo la pobreza espiritual que no constituye una miseria, sino la virtud cristiana por excelencia. Esta pobreza es “un compromiso” y una verdadera “espiritualidad”, nos dice Romero —un compromiso de apoyo a los pobres, y una espiritualidad porque elegimos las cosas de Dios sobre lo que es mundano y la riqueza material.
El cristiano que no quiere vivir este compromiso de solidaridad con el pobre”, sentencia Romero, “no es digno de llamarse cristiano”.
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