Monday, October 16, 2017

Un vandalismo que agranda a Mons. Romero


AÑO JUBILAR por el CENTENARIO del BEATO ROMERO, 2016 — 2017:

Foto cortesía Tania Escobar.

#BeatoRomero #Beatificación
Curioso cómo lo que sería desprestigio para una figura histórica cualquiera, para un gran mártir puede resultar hasta creciendo su perfil de santidad.  Esto pareciera ser el caso después de que un nuevo y favorecido mural del Beato Óscar Romero en un costado de la Catedral de San Salvador donde yacen los restos mortales del mártir salvadoreño resultara vandalizado.
En cierto sentido, el ataque a la representación artística sirve para confirmar la lectura del Papa Francisco al martirio de Mons. Romero como uno que “no fue puntual en el momento de su muerte”, sino que es “también posterior” ese martirio, ya que aun después de muerto, a través de varios ataques Mons. Romero es “un hombre que sigue siendo mártir”.
Otro aspecto bajo el cual el ataque agranda a Romero es que los ataques continuos a Romero ponen en evidencia su potencia: Romero sigue vivo, y por eso lo quieren seguir matando.  Este último ataque se suma a un largo desfile de atentados simbólicos de volver a matar a Romero aunque ya esté muerto.  El primero hubiera sido el disparo de balas sobre su féretro durante su entierro.  Otro, muy particular, sería el disparo a su retrato en la UCA durante la masacre de los jesuitas en 1989, un verdadero re-asesinato simbólico, de Romero.  Su estatua en la Plaza de las Américas ha sido constantemente atacada, como también lo han sido otros monumentos, como uno en Santa Tecla en el 2016, y otro en San Jorge en el 2015.
Finalmente, un hecho muy revelador en este ataque más reciente es la naturaleza del vandalismo.  Fotos del daño a la imagen ponen en evidencia que le quisieron tachar los ojos y su boca.  Históricamente los ataques simbólicos ponen en su blanco las partes vulnerables de la fisionomía como los ojos, la boca y los genitales.  En sociedades antiguas, incluyendo Egipto y Roma, sacarle los ojos a una estatua pretendía impedirles seguir comunicándose con este mundo.  Los nativos de la Isla de la Pascua le destruían los ojos a las estatuas de los antepasados de sus enemigos, pretendiendo robarles la energía vital que podría protegerlos en la actualidad.  En la destrucción de símbolos religiosos en la Catedral de Canterbury en 1644, los bandidos le tacharon los ojos a los santos, pensando evitar que pudieran ver y por ende interceder a favor de sus devotos.
Esto encaja con lo que hacía Mons. Romero en vida.  Para que vean cuál es mi oficio y cómo lo estoy cumpliendo”, dijo el 20 de agosto de 1978.  Estudio la palabra de Dios que se va a leer el domingo, miro a mi alrededor, a mi pueblo, lo ilumino con esta palabra y saco una síntesis para podérsela transmitir ... Y por eso, naturalmente, que los ídolos de la tierra sienten un estorbo en esta palabra y les interesaría mucho que la destituyeran, que la callaran, que la mataran”.  Esto es obviamente el problema: Romero sigue siendo mártir (que significa testigo), y muchos quisieran impedir su permanencia profética, y así eligen extender su martirio.
El verdadero problema de los vándalos es que Romero ya es inmortal.  Suceda lo que Dios quiera, pero su palabra”—decía Romero en el ’78 —“no está amarrada”.  El 24 de febrero de 1980—un mes antes de su asesinato—pronunció la sentencia definitiva en este sentido: “que quede constancia de que la voz de la justicia nadie la puede matar ya”.
La desfiguración de la imagen de Mons. Romero es parte de su destino martirial y quizá ni se debería reparar la imagen, sino que venerarla y entronizarla como una reliquia de ese martirio continuo del reino de Dios.  Romero vive, y es por eso que tienen que seguir matándolo.
La imagen en su apogeo.  Foto EDH.
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