Monday, January 18, 2016

El ecumenismo audaz del Beato Romero


BEATIFICACIÓN DE MONSEÑOR ROMERO, 23 DE MAYO DEL 2015


El Beato Romero y el Rev. Wipfler el 23 de marzo de 1980.

La unidad de los cristianos “se hace caminando”, dijo el Papa Francisco durante la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos del año pasado. “La unidad se hace en el camino, nunca se queda parada”.  El reverendo William Wipfler tuvo la oportunidad de caminar junto con el Beato Monseñor Óscar A. Romero cuando Wipfler, un sacerdote anglicano, era Director de la Oficina de Derechos Humanos del Consejo Nacional de Iglesias entre 1977 y 1988. El 23 de marzo de 1980, el camino de solidaridad y acompañamiento de Romero del Rev. Wipfler lo llevó a un momento de intensa fraternidad—y Comunión—cristiana en la víspera del asesinato de Romero.

Una colaboración histórica

El Rev. Wipfler se acercó a Romero por correspondencia poco después de que Romero fuera nombrado Arzobispo de San Salvador en febrero de 1977. Después del anuncio de su nombramiento, el Rev. Wipfler supo de una de sus fuentes en El Salvador angustiada de que el conservador Romero podría retrasar el trabajo por los derechos humanos de la iglesia, que había contado con el apoyo del prelado saliente. Pero pronto, la fuente del Rev. Wipfler le envió una reevaluación dramática sobre Romero, escribiendo que la reacción de Romero al asesinato del P. Rutilio Grande tendía la promesa de que Romero retomaría la defensa de los pobres del mismo P. Grande.

Fue entonces que Wipfler le escribió una carta a Romero expresando sus condolencias por la muerte del P. Grande, que era amigo de Romero, y ofreciéndole el apoyo del Consejo Nacional de Iglesias para su labor. Dentro de un mes, Wipfler recibió una nota de agradecimiento escrita de la mano de Romero, en la que expresaba su gratitud por la carta de Wipfler, y lo invitaba a visitar a Romero la próxima vez que Wipfler estuviera en El Salvador. Por suerte, Wipfler para entonces ya había comprado los boletos de avión para su próxima visita, un viaje de trabajo a El Salvador que era parte de sus funciones normales con el Consejo Nacional de Iglesias, que no había sido planeado con la intención de visitar a Romero. Pero ahora el Rev. Wipfler agregó Romero a la agenda de trabajo para ese viaje.

Primeros pasos

Romero recibió a Wipfler en las oficinas de la arquidiócesis en el seminario San José de la Montaña en San Salvador. Fue una reunión de trabajo cordial, durante cual Romero introdujo Wipfler a algunos de sus asesores. Wipfler se quedó impresionado de que Romero “estaba reuniendo un grupo de gente bastante interesante”. Por su parte, Romero dijo que la Iglesia no podía quedarse al margen de asuntos de derechos humanos y expresó su satisfacción de que el Consejo Nacional de Iglesias tenía una persona asignada para asuntos de derechos humanos. Se refirió favorablemente al testimonio que Wipfler había dado ante el Congreso de Estados Unidos sobre derechos humanos en América Latina el año anterior, revelando su conocimiento sobre el proceso político sobre el tema. La reunión fue formal—“más rígida que las reuniones posteriores”, que se celebraron en la vivienda de Romero en el Hospitalito Divina Providencia. El Rev. Wipfler dice que le causa nostalgia ver el Hospitalito ahora porque le hace pensar en su amigo.

Ya que el contacto inicial se había logrado, una relación se había establecido y un canal de comunicaciones no tardó en fijarse, a través del Dr. Jorge Lara Braud, un asistente secretario general del Consejo Nacional de Iglesias (NCC), que emprendería una estrecha amistad con el arzobispo. Wipfler también estableció contacto directo con los asesores de Romero sobre derechos humanos, como el joven abogado Roberto Cuellar, quien trabajó en el Socorro Jurídico de Romero, quien se convirtió en un “amigo cercano” de Wipfler a pesar de que sus llamadas telefónicas eran a veces asuntos muy breves, en los que se verían obligados a hablar en código (por temor a que las llamadas fueran escuchadas).

En los próximos años, Wipfler se comunicaba a menudo con Romero. Las comunicaciones eran ocasionalmente reuniones en persona. Como Director de la Oficina de Derechos Humanos de la NCC, Wipfler viajaba a menudo a la América Central.  Wipfler se puso como propósito hacer escala en San Salvador durante sus viajes latinoamericanos, para conferenciar con Romero. Cuando no podían reunirse en persona, se pasaban notas a través de mensajeros, personas que viajaban a El Salvador o que pasaban por allí en sus viajes a otros lugares. No se atrevían a usar el correo postal para el envío de cartas. “Los mensajes sobre derechos humanos eran muy sensibles”, dice Wipfler, señalando la inquietud de que las autoridades podrían interceptar tales cartas.

Un ecumenismo transformacional

A través de sus contactos con los cristianos no católicos, Romero parece haber evolucionado en su visión del ecumenismo. El cambio es evidente cuando se comparan sus declaraciones sobre el ecumenismo en los pocos años que estuvo de arzobispo. Inicialmente, Romero se dirigía a los cristianos no católicos como “hermanos separados”. El Rev. Tomás López, un pastor luterano que visitaba a Romero durante estos años, nota que Romero usaba esta estricta fórmula doctrinal en los primeros años, pero luego relajó su discurso para decir simplemente “hermanos”. En 1977, dijo Romero, “queridos hermanos protestantes, esta es la falla de ustedes. Los estimo mucho”, continuó. “Se han acercado y me han expresado sentimientos de solidaridad; pero siento que ustedes no cuentan con esta misión que los católicos desde nuestros pastores sabemos que llevamos”. (Homilía del 23 de octubre 1977.) Se quejó de que, si bien todos los cristianos proclaman el mismo evangelio, “quisiéramos, que en vez de tantas sectas en nuestro ambiente predicando el verdadero cristianismo, hiciéramos un esfuerzo por unirnos en la única misión que Cristo dejó, un solo rebaño y un solo pastor”—una receta que debe haber recibido una recepción muy fría en los campos no católicos.

Después, Romero reconoció que los católicos y los protestantes no se iban a convencer los unos a los otros a abandonar los dogmas de sus propias tradiciones religiosas, o adoptar la del otro. “Esta fidelidad a la propia doctrina no impide que podamos llegar a una cooperación con aquellas cosas que nos unen”, dijo. “Por ejemplo, hoy en nuestro tiempo es tan útil para los cristianos en común el trabajar por la dignidad humana, por la promoción de la paz en la justicia, la aplicación social del Evangelio, la inspiración cristiana de las artes y de las letras”. (Hom. del 22 de enero de 1978). Los derechos humanos eran, precisamente, el área en que Romero y el Rev. Wipfler, y otros, habían forjado una alianza sólida. Romero estaba empezando a ver que este tipo de colaboraciones podrían prestar un importante apoyo a su misión eminentemente católica como arzobispo. “Hay muchas semejanzas que conociéndonos cada vez más, nos irán llevando a desaparecer [las diferencias] para que pronto se realice de veras, sin traba alguna, lo que Cristo tanto soñó: Padre, que sean una sola cosa, con un solo rebaño, bajo un solo Pastor—que es Cristo Nuestro Señor”, dijo (teniendo el cuidado de especificar que Jesús es el pastor a quien todos deben someterse).

Al final, Romero abrió un camino ecuménico de impacto. En primer lugar, los contactos interreligiosos de Romero dieron credibilidad adicional a sus denuncias y le permitieron desacreditar a sus críticos salvadoreños que argumentaban que Romero estaba del lado de los rebeldes. Así quedó marcado especialmente en la medida en que la mayoría de los compañeros ecuménicos de Romero eran de los EE.UU. y Europa Occidental. En segundo lugar, las alianzas ecuménicas de Romero le proporcionaron acceso a recursos mucho más grandes que los que ya tenía a su disposición. Una nota de prensa difundida por el Consejo Nacional de Iglesias en Nueva York tendría mayor impacto que una impresa en la oficina de Romero en San Salvador. En tercer lugar, y por último, las asociaciones de Romero representaban solidaridad, cubriéndole con prestigio internacional que obligó a sus enemigos a considerar la reacción mundial de hacerle algún daño.

El último encuentro

Proteger a Romero fue una de las razones que llevaría al Rev. Wipfler a El Salvador el viernes, 21 de marzo de 1980 con una delegación de líderes interreligiosos que representaban 34 iglesias protestantes y ortodoxas, con representantes individuales de la Iglesia Católica y los Cuáqueros (los Amigos). En el avión hacia El Salvador, Rev. Wipfler platicó sobre los Juicios de Nuremberg con Thomas Quigley, uno de los miembros de la delegación, un asesor político de la Oficina de Justicia y Paz de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, que estaba sentado a la par de Wipfler. “Todo el tema de la culpabilidad de los militares es un problema muy serio”, explica. Romero envió un representante a saludar a la delegación a su llegada y darles una orientación inicial sobre la situación en el país.

El sábado 22 de marzo, el grupo se reunió con la Oficina de Socorro Jurídico y otros asesores de Romero la primera parte del día, y luego con el propio Romero. El arzobispo fue cálido y acogedor, y expresó su agradecimiento por la amplia composición del grupo. Luego procedió a pintarles en términos contundentes la espiral hacia la “barbarie” en que se encontraba su país. Les describió torturas de presos políticos, cortarles los dedos, verter ácido sobre sus rostros, desechando sus cuerpos desnudos en la calle después que habían sido torturados y asesinados, y otros indicadores preocupantes de una sociedad cuya moral estaba siendo destrozada. Romero le pidió al sacerdote católico en el grupo ir a concelebrar la Misa con él al día siguiente, e invitó a los demás a asistir.
Mons. Romero predicando en la Basílica.

El último sermón

En el aciago domingo del 23 de marzo, el grupo llegó a la basílica temprano para la Misa de las ocho. La iglesia ya estaba llena. Los bancos habían sido sacados, por lo que la mayor parte de la congregación estaba de pie. “Solo cabían parados, hombre”, asevera Wipfler. Había algunos asientos para personas mayores y para VIPs como la delegación ecuménica, que necesitaba estar cerca del altar, porque algunos de ellos se habían encargado de las lecturas de la Misa. Había “un par de miles de personas en la iglesia”, recuerda Wipfler. Más gente se reunía en la calle, donde los trabajadores estaban instalando parlantes para que la audiencia que no lograba entrar al templo pudiera escuchar el sermón de Romero, el atractivo principal en un domingo en El Salvador en esos tiempos.

Romero reconoció a sus invitados especiales al iniciar su homilía. “Queridos hermanos”, dijo, “Comparten con nosotros esta celebración de la palabra de Dios y de la Eucaristía nuestros hermanos que forman una Misión Ecuménica que visita a El Salvador estos días para darse cuenta de nuestra situación en asuntos de derechos humanos”. Luego introdujo a Wipfler y los demás miembros de la delegación uno por uno, suscitando el fuerte aplauso de la multitud. “Sentimos en ellos la solidaridad de Norte América en su pensamiento cristiano”, dijo Romero.

Entonces Romero comenzó su sermón, usando su ahora habitual fórmula homilética. Empezó hablando de las lecturas bíblicas para el día. Fue una “maravillosa presentación sobre el éxodo [bíblico] y el regreso”, como también del éxodo de El Salvador, recuerda Wipfler. Entonces Romero analizó los acontecimientos en la vida de la iglesia y en la vida nacional—la parte que Wipfler llama “el catálogo”. Era una letanía “de violaciónes de derechos humanos, y alguna conclusión que era una exigencia moral o de ética o una respuesta cristiana explícita en esa situación”. Era un “uso brillante de las lecturas bíblicas del día aplicadas a la situación contemporánea”, Wipfler observa. “Creo que todo predicador quisiera tener esa capacidad de poder decir, miren, aquí está esta escritura de 2.000 años de antigüedad y se está refiriendo a este propio momento”.

Romero tenía la congregación “pendiente de cada palabra”. Hablando de la situación nacional “le dio a las dos partes”, relata Wipfler, señalando que no dejó escapar a la guerrilla de sus críticas, denunciando un incidente en el que “los rebeldes habían golpeado brutalmente a un policía”. Pero el final del discurso fue contundente. Después de relatar el catálogo de la barbarie de esa semana, con ejecuciones extrajudiciales por el ejército, Romero dijo que si los soldados recibían ordenes de matar a civiles inocentes, debían desobedecerlas porque “Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios.” Para contrarrestar del todo cualquier directiva en ese sentido, Romero emitió su propia directiva: “En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!

La basílica estalló en un aplauso sostenido, que duró casi medio minuto, la ovación más larga que Romero había recibido durante su sermón, que fue interrumpido por aplausos veintiún veces según contó Wipfler. Sentado en el primer banco a unos pies de Romero, Wipfler se volvió hacia Tom Quigley sentado a la par suya y murmuró nerviosamente: “Esto no les va a parecer a los de derecha. Va a enfurecerlos”. Romero concluyó aclarando que la liberación que predicaba era “tal como la hemos estudiado hoy en la Sagrada Biblia … que mira ante todo a Dios y sólo de Dios deriva su esperanza y su fuerza”. Encabezó la oración del Credo de los Apóstoles para concluir la Liturgia de la Palabra, y procedió a la Liturgia de la Eucaristía, recitando las plegarias eucarísticas y consagrando los dones.

De la solidaridad a la Comunión

Romero había estado de pie alrededor de una hora y cuarenta y cinco minutos predicando su sermón, pero su trabajo no había terminado. Cuando llegó el momento para la Comunión, probablemente a eso de las 11, Romero tendría un esfuerzo más por frente. “Me sorprendió el hecho de que Mons. Romero fue el único que dio la comunión, a diferencia de otras situaciones en las que hay una gran congregación y la Comunión la distribuyen varios sacerdotes por la baranda del altar”, dice Wipfler. “Él dio la comunión a absolutamente a todo mundo en la iglesia; se demoró más de media hora”. Parece que Romero entiendía que la gente venía a verlo a él, algunos viajando largas distancias a la capital para estar allí. “Creo que muchos de ellos se habrían sentido defraudados si hubiera sido por cualquier otro”, dice Wipfler.

Al no ser un católico, Wipfler comprendió que no era elegible para recibir la Comunión bajo las normas de la Iglesia, por lo que utilizó este tiempo para arrodillarse en oración, con los ojos cerrados, mientras que Romero distribuía la Eucaristía. Entonces, oyó la voz de Romero. “¿Le gustaría recibir Comunión, Padre?”, le preguntó. Romero estaba caminando por toda la iglesia distribuyendo la comunión en varios puntos y había llegado a donde Wipfler. “Dije que sí. Y me dio la Comunión. Me conmovió mucho. Fue un gesto increíble”, refleja Wipfler. Más tarde esa semana, el P. Juan Macho Merino le dijo a Wipfler que había sido la última persona en recibir la comunión de manos de Romero porque Romero fue asesinado antes de terminar su sermón en la misa que celebró al día siguiente. Wipfler creyó que esa fue la verdad hasta nuestra entrevista, cuando escuchó por primera vez que era poco probable ya que Romero había celebrado una misa poco conocida posteriormente aquel domingo en una visita parroquial, durante cual también habría distribuido comunión por las mismas razones que lo hizo personalmente en la basílica.

Pensamientos finales

Le dije al Rev. Wipfler que a pesar de que puede no haber sido el último en recibir la Eucaristía de manos del Beato Romero, no deja de ser notable como un gesto ecuménico. La cuestión de administrar Comunión a los no católicos, conocida como la “intercomunión”, es algo delicado. El Papa Benedicto suscitó controversia cuando le dio la comunión al Hno. Roger Schultz, de la Comunidad de Taizé—siendo él un calvinista—durante los funerales de Juan Pablo II (al parecer fue un descuido). Más recientemente, el Papa Francisco creó un furor cuando dijo que si bien “No me atrevería nunca a dar permiso para hacer esto”, aconsejaría a un luterano que está analizando la conveniencia de la intercomunión “Hablad con el Señor y seguid adelante”.

En una encíclica sobre la Eucaristía, Juan Pablo declara que “Si en ningún caso es legítima la concelebración si falta la plena comunión, no ocurre lo mismo con respecto a la administración de la Eucaristía, en circunstancias especiales”, según la discreción del obispo local. Las circunstancias especiales incluyen situaciones donde existe un peligro de muerte u “otra grave necesidad”, y el cardenal Sarah, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, recientemente comentó que los anglicanos pueden ser incluidos cuando se den las circunstancias “porque ellos creen en la Eucaristía”.

En el caso de la administración de la comunión de Romero al Rev. Wipfler, las circunstancias especiales pueden haber incluido el grave peligro en que Romero y los que les rodeaban se encontraban. Unas semanas antes, una maleta con 72 candelas de dinamita que hubiera destruido toda la basílica fue encontrada en el púlpito donde Romero había predicado. El mismo Romero fue, de hecho, asesinado el siguiente día. Por tanto, el gesto de Romero puede hablarnos sobre la hora desesperada que Romero y Wipfler estaban viviendo. Sin lugar a dudas, el gesto de Romero también debe ser visto como una expresión de gratitud y solidaridad. Al igual que el Papa Benedicto XVI le concedió la comunión al Hno. Roger por consideración personal después que fraile calvinista fuera empujado sin querer en su silla de ruedas ante el Pontífice, algo más que el decoro puede haber obligado a Romero a ofrecer la Comunión a Wipfler, un cristiano que había llegado desde lejos para vivir los peligros la fe cristiana junto a Romero.

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