Friday, March 08, 2013

LA FE y LA RECONCILIACIÓN


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Cuando Mons. Romero predica sobre la reconciliación, lo hace primeramente desde su ejemplo. El escándalo “Vatileaks” nos muestra que la intriga y la división pueden llegar a la iglesia. Los cardenales que se reúnen en Roma para elegir al nuevo papa tienen que poner la voluntad de Dios por encima de sus egos.  Así lo hizo Romero: “El Señor dirá y de mi parte quiero ofrecerle todos estos sacrificios y sin sabores a fin de que prevalezca el Evangelio y todos nos convirtamos a la verdad y a l servicio de Dios y de nuestro pueblo”, escribe en Su Diario (12 de marzo de 1980) ante las divisiones internas de la Iglesia.  Al igual que el Papa Benedicto, estaba dispuesto aún a renunciar su cargo si esto trajese la reconciliación y “a ceder hasta donde sea posible … pero no en lo sustancial cuando se trata de ser fiel al Evangelio, a la doctrina de la Iglesia, y a este pueblo tan sufrido que cuesta que lo comprendan”.  (Id., 13 de marzo.)

Anteriormente:
Resumen de la Homilía (2011)
Para los Pobres (2012, inglés)


En el 4º Domingo de Cuaresma, Mons. Romero predica [español | inglés | audio] sobre la reconciliación desde las lecturas de la Pascua de Guilgal (Josué 5, 91a. 10-12), la prédica de San Pablo sobre la reconciliación (2 Corintios 5, 17-21) y la parábola del Hijo Pródigo (Lucas 15, 1-3, 11-32).  En los recientes ejercicios espirituales de la curia romana predicados por el Card. Gianfranco Ravasi, un eminente conocedor del Viejo Testamento, el cardenal presentó una ponencia titulada “Delito, castigo, perdón”,  en que sostiene que “El pecado es una aberración que nos aleja de Dios”.  (Ravasi, “Ars Orandi, Ars Credendi”, Pte. XI.)  Mons. Romero desarrolla la misma idea, desde el Viejo Testamento: “Todo el Viejo Testamento se podría reducir a ese proyecto: la creación, el pecado, la reconciliación”, dice, interpretando las profecías de Oseas, el libro de Josué y las confesiones de San Agustín para deducir que, “El pecador es el hombre salido de sí y que no encuentra en sí mismo lo que lleva de Dios, y por eso lo busca desordenadamente, prostituyendo las cosas, olvidándose que todo viene de Dios”.  La reconciliación con Dios nos lleva a restablecer una relación más sana con toda la Creación.  Todo esto nos está diciendo el Dios de la reconciliación, todo el Antiguo Testamento: ¡un proyecto de reconciliación integral!, tal como lo quisiéramos para nuestro país”.

En Cristo, proclama monseñor, esa reconciliación se extiende a todos los pueblos: “O como dice también hoy la frase de la segunda lectura: 'Dios, por medio de Cristo, nos reconcilia consigo'”.   Por eso advierte monseñor: “Cristo no es cualquier cosa, queridos hermanos: Cristo es la presencia de la reconciliación de Dios”.  En su mensaje a la Iglesia, Mons. Romero externaliza lo que había escrito en la intimidad de Su Diario: “La segunda lectura es la expresión más bella de la Iglesia de los tiempos de San Pablo hablándole a los corintios, como lo que yo pudiera decir aquí hablando a los santos de San Salvador que son ustedes los bautizados, los que forman el pueblo de Dios”, dice.  Como Pablo a los Corintios yo les digo a ustedes sus mismas palabras: 'nos encargó el servicio de reconciliar. Nos ha confiado el mensaje de la reconciliación'”.  Es un llamado a la unidad, que sería oportuno hacer resonar sobre el colegio cardenalicio que está a punto de elegir un nuevo papa, y sobre toda la Iglesia: “Queridos sacerdotes, religiosos, religiosas, fieles, catequistas, comunidades cristianas, que no se aparte nunca de nosotros este ideal: hacer una Iglesia que sea instrumento de reconciliación de los hombres con Dios”.  Varias veces repite: “Nos ha confiado el mensaje de la reconciliación”.

Finalmente, Mons. Romero da su exegesis sobre la parábola del Hijo Pródigo.  Yo no sé si hay una página más bella en el Evangelio”, comienza.  Todo el Evangelio es bellísimo, pero cuando uno lee lo que hoy hemos escuchado: los dos hijos, el hijo menor que toma su herencia y se va a derrocharla y, sobre todo, el cariño de aquel padre que está esperando; y la reconciliación final de la parábola,” resume.  ¡Qué vida más hermosa si de veras, a pesar de nuestros pecados, tuviéramos en cuenta el proyecto de Dios para reconciliarnos con Él!  En la parábola se reflejan, dice monseñor, nuestras  propias vidas en una historia “que se reduce siempre al proyecto que decíamos del Viejo Testamento, un cariño de Dios que nos tiene en su casa y una ruptura caprichosa y loca de nosotros por irnos a gozar la vida sin Dios, el pecado”.  En los ejercicios espirituales vaticanos el Card. Ravasi predica que “Es más cruel y terrible ofender a un padre tierno que a un soberano implacable”.  (“Ars Orandi”, supra.)  Mons. Romero lo explica, describiendo el momento del reconocimiento de que hemos caído en una aberración: “¡Qué insensatos nos sentimos! Nos parecemos al hijo pródigo en ese momento, queriendo comer el maíz que le tiran a los cerdos”, porque hemos quedado afuera de la gracia del padre.  ¿Quién no ha sentido realizarse en su vida después del pecado este asco, este sentirse cerdo, sentirse vacíos, sentirse sin Dios, sin nada, sin amigos?  Pero en ese momento, el hijo, “tocado por la miseria, por el abandono de los hombres, se acuerda que no hay más amor que el de Dios, vuelve, y a ese Dios que debía de encontrar resentido o de espaldas lo encuentra volteando hacía él con los brazos extendidos dispuestos a hacer una fiesta por el retorno”.

Es casi imposible imaginar un ambiente más necesitado de la reconciliación predicada por Mons. Romero que El Salvador en marzo de 1980.  Cuánta falta nos hace aquí en El Salvador meditar un poquito esta parábola del hijo pródigo”, comenta monseñor.  Como parece irreconciliable la denuncia de la izquierda contra la derecha y el odio de la derecha contra la izquierda; y el que está en el medio dice: 'La violencia venga de donde viniera, duro con los dos'”.  Mons. Romero denuncia la creciente tendencia de polarización y la sustitución del dialogo con la violencia, indicando que en ese ambiente totalmente vacío del amor, ni siquiera entre los correligionarios existe el amor: “Y así vivimos en grupos, polarizados, y quizá ni los del mismo grupo, se aman porque no puede haber amor donde se parcializa tanto, hasta odiar al otro”.  Aunque monseñor no lo explicita (porque no era necesario hacerlo), esta observación abarca a la propia Iglesia.  Hace una prolongada interpelación con discursos particulares a todos los sectores sociales, que inicia diciendo, “¡Necesitamos romper estos diques, necesitamos sentir que hay un padre que nos ama a todos y a todos nos está esperando. Necesitamos aprender a rezar el Padre Nuestro y decirle: 'Perdónanos, así como nosotros perdonamos'”.

Interpela a la Iglesia: “La Iglesia es una misionera de la reconciliación y tiene que decirle a unos y a otros a pesar de sus opciones que los diferencian: ámense, reconcíliense con Dios”.  Interpela a los ricos: “reconcíliense con Dios y con los hombres, cediendo con gusto lo que vendrá para paz del pueblo y paz de sus propias conciencias”.  Interpela a los pobres también a evitar “una violencia que nos traiga mayores cosas de que llorar”.  Interpela al gobierno: “hagan valer su poder o valientemente confiesen si no pueden mandar”.  Interpela a las organizaciones políticas de oposición: “que se ofrezcan a esa plataforma de diálogo que necesitan las diversas fuerzas del pueblo en su tendencia a madurar, a unirse y salvar unidos a nuestro pueblo”.  Interpela finalmente a los grupos de insurrección armada: “A ellos, pues, y a quienes abogan por soluciones violentas, quiero llamarlos a la comprensión. Saber que nada violento puede ser duradero. Que hay perspectivas aún humanas de soluciones racionales y, sobre todo, por encima de todo, está la palabra de Dios que nos ha gritado hoy: ¡Reconciliación!

Finaliza, diciendo, “Dios lo quiere, reconciliémonos y así haremos de El Salvador una patria de hermanos, todos hijos de un Padre que nos está esperando a todos con los brazos abiertos”.

«Septem Sermones Fidei», los ultimos siete sermones de Mons. Romero
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