Monday, November 14, 2016

El Beato Romero y un nuevo gobierno



AÑO JUBILAR por el CENTENARIO del BEATO ROMERO, 2016 — 2017

El Beato Romero y el Presidente Molina.

Ahora que los obispos de los Estados Unidos se reúnen en su Asamblea Plenaria y continúan calibrando su postura ante la elección de un nuevo presidente estadounidense, podrían considerar la declaración del Beato Óscar Romero ante la creación de una "junta" de gobierno para El Salvador en octubre de 1979.
Extremamente impopular con la izquierda, la Junta llegó al poder prometiendo moderar los excesos de las dictaduras que gobernaban el país. La posición de Romero finalmente demostró su credibilidad moral y su autonomía profética.
En primer lugar, Romero aguantó la amarga reprensión de la izquierda cuando le dio a la "junta" su garantía condicional de cooperación y buenos deseos.
Sin embargo, Romero tentó la ira de la derecha—llevándolo a su asesinato—cuando les metió los pies al fuego, de acuerdo con sus advertencias en esta declaración, y denunció la traición de las promesas de la junta hechas cuando asumieron el poder.
Al hacer la declaración, nos dice Romero, está poniendo "primero Dios".
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LLAMAMIENTO PASTORAL ANTE LA NUEVA SITUACIÓN DEL PAÍS
Beato Óscar A. Romero
16 de octubre de 1979


Desde ayer El Salvador ha entrado en una nueva y delicada coyuntura de su historia: una insurrección militar depuso al Gobierno del General Carlos Humberto Romero.

Nuestra Iglesia, que desde su propia identidad y por exigencia evangélica, se ha comprometido a acompañar al pueblo en todas sus vicisitudes, siente la responsabilidad de decir su primera palabra ante esta nueva situación.  No se trata de una palabra política, sino de una reflexión a la luz de nuestra fe cristiana.  Por eso, ante todo, se eleva a Dios como una oración y de allí toma luces y energía para orientar al pueblo e interpretar, ante el nuevo Gobierno, los justos anhelos de liberación de los salvadoreños (cf. G.S. 42).

«¡Primero Dios!»

Esta expresión tan salvadoreña brota del profundo sentido religioso que la Iglesia cuida en el alma de nuestro pueblo.  Esa es su primera palabra y su primera actitud.

Elevamos nuestra oración al Señor de la historia porque «si el Señor no construye la casa, en vano se fatigan los trabajadores.  Si él no cuida de la ciudad, en vano vigilan sus centinelas» (Salmo 127).

Nuestra oración es también acción de gracias a Dios porque—de acuerdo a las informaciones de que disponemos hasta el momento—en este acontecimiento se ha evitado el derramamiento de sangre.

Nuestra oración es asimismo un ofrecimiento al Señor de todo el sufrimiento y el dolor de nuestro pueblo, que con su sangre ha bañado nuestro suelo.  Sea ya suficiente este costoso precio para que Dios nos depare un porvenir de justicia y de paz auténticas.

Finalmente, nuestra súplica al Señor se vuelve oración de desagravio y llamamiento a la conversión, porque nunca el odio ni la venganza podrán ser caminos hacia una verdadera liberación.  El camino que conduce al auténtico bienestar pasa siempre por la justicia y el amor.

Al pueblo

Después de dirigirse a Dios, nuestra palabra—que es palabra de pastor—se dirige al pueblo como un llamado a la cordura y una promesa de servicio.

Comprendemos que la paciencia de este pueblo nuestro, tan sufrido, está agotándose y tememos que la expectativa creada por la insurrección militar pueda resolverse en peligrosa impaciencia o degenerar en nuevas violencias.  Tanto más que de este pueblo han salido innumerables mártires y héroes que son el testimonio dramático de estos últimos años de pesadilla.

Sin embargo, en la hora decisiva que estamos viviendo, queremos exhortar a nuestro pueblo a la prudencia, porque es de prudentes observar y esperar antes de juzgar y actuar.  Una actitud impaciente y violenta sería tan culpable e injusta como la opresión y represión en que nuestra pobre patria ha estado sumergida.

Nuestro llamado se dirige también a quienes por defender injustamente sus intereses y privilegios económicos, sociales y políticos han sido culpables de tanto malestar y violencia.  Permítannos recordarles que la justicia y la voz de los pobres debe ser escuchada por ellos como la misma causa del Señor que llama a la conversión y que ha de ser juez de todos los hombres.

A quienes militan dentro de los partidos o de las organizaciones políticas populares queremos invitarles a demostrar verdadera madurez política, flexibilidad y capacidad de diálogo.  Sólo así podrá el pueblo estar seguro de que les inspira de verdad el verdadero bien de la patria.  El fanatismo o idolatría de su propio partido u organización sería, hoy más que nunca, un grave pecado contra el bien común.  La crisis que está tratando de superar el país no la puede resolver un grupo solo.  Tiene que ser obra de todos.  Todo el pueblo debe, por tanto,  construir la «plataforma común» de su propia justicia como base de su fraternidad.

Nuestro mensaje es no sólo un llamado a la cordura, sino también una promesa: la Iglesia se compromete una vez más a seguir prestando su servicio desinteresado en favor del pueblo.  La nueva coyuntura del país no cambia en nada esta voluntad de servicio.  Fue ese sincero deseo de servir y defender al pueblo el que llevó la Iglesia a entrar en conflicto con el anterior Gobierno.  Por tanto, dicho conflicto sólo podrá resolverse cuando tengamos un Gobierno que sea también servidor del pueblo.

Al nuevo gobierno

Nuestra palabra se dirige, finalmente, al nuevo Gobierno surgido de la insurrección militar que depuso al régimen anterior.  Hemos estudiado atentamente los mensajes que expresan el pensamiento oficial del nuevo Gobierno.  En ellos reconocemos buena voluntad, claridad de ideas y conciencia clara de su responsabilidad.

Sin embargo, queremos dejar bien claro que sólo podrá este Gobierno merecer la confianza y colaboración del pueblo cuando demuestre que las bellas promesas contenidas en la Proclama dada a conocer esta madrugada, no son letra muerta, sino verdadera esperanza de que ha comenzado para nuestra patria una nueva era.

Por nuestra parte—en nuestra calidad de pastor de la Iglesia—estamos dispuestos al diálogo y a la colaboración con el nuevo Gobierno.  Sólo ponemos una condición: que ambos—gobierno e Iglesia—seamos conscientes de que nuestra razón de ser es el servicio al pueblo, cada uno desde su propia competencia (cf. G.S. 76).

Esta es nuestra primera palabra en el difícil camino que hoy se inicia y que esperamos, con la ayuda de Dios, seguir iluminando desde el Evangelio de Cristo.  Que el Divino Salvador guíe los pasos de todos los hombres de buena voluntad que trabajan por la construcción de la justicia y la paz en nuestra patria.

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