Tuesday, February 04, 2014

El estilo litúrgico de Mons. Romero




Mitras usadas por Mons. Romero, conservadas en San Salvador.


El último día de la vida de Mons. Óscar A. Romero, su chofer lo llevó a celebrar una misa de confirmaciones.  Cuando Romero caminaba hacia la ceremonia, el chofer “presenció aquella transformación en su semblante cuando se aproximó a su iglesia y se puso su vestuario episcopal”. BROCKMAN, pp. 242-243. El estilo litúrgico de Mons. Romero unió elementos contrastantes de la devoción católica tradicional, con rudimentos de la piedad popular. La fusión resultante refleja las innovaciones litúrgicas del Concilio Vaticano II y las directrices adoptadas por la Conferencia Episcopal Latino Americana, favoreciendo la inculturación, para que la espiritualidad que caracteriza a los pueblos latinoamericanos se incorporare en la vida litúrgica de la Iglesia del Continente.

Durante mi niñez en El Salvador, tuve la gracia singular de presenciar las liturgias de Mons. Romero de primera mano y lo que le diría a los que no estubieron allí es que me hacen pensar en la espiritualidad profunda y resonante de la Iglesia Negra en Estados Unidos, por la forma en que los elementos de la liturgia enchufan con un nervio palpitante de puro fervor y santidad. Al mismo tiempo, no había duda del carácter católico de la celebración, desde la actitud de total reverencia al altar, lo cual estubo más evidente en la acción de Mons. Romero como “el gran sacerdote de su grey” en el lenguaje de «Sacrosanctum Concilium», la Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Vaticano II. A veces, la dicotomía de piedad popular y reverencia tradicional era impactante. Durante las plegarias eucarísticas, por ejemplo, se podía escuchar: “Santo, Santo, Santo”, cantado en un estilo tan clamoroso, con rasgueo de guitarras y al compás de panderetas. (Ver debajo de esta nota para escuchar muestras de la música que caracterizaba la típica liturgia de Mons. Romero.) De repente, un gran silencio abrumaba la Catedral cuando los feligreses caían de rodillas para escuchar a Mons. Romero proclamar: “Santo eres en verdad Señor, fuente de toda santidad …” Ese sentido de drama—de teatro, casi—aportaba un esplendor a la liturgia que pocas veces he visto aproximado en otras celebraciones.

Lo primero que debemos tomar en cuenta sobre la liturgia en América Latina es que la jerarquía reconoce la peculiaridad de la religiosidad popular. Los obispos latinoamericanos reunidos en Medellín, Colombia, junto con el Papa Pablo VI en 1968 y con el Beato Juan Pablo II en Puebla, México, en 1979, reconocieron que la piedad popular juega un papel importante en la misión evangelizadora de la Iglesia en el continente. Las devociones a la Santísima Virgen (por ejemplo, la Virgen de Guadalupe), a los santos, y a los sufrimientos de Jesús, ponen en evidencia una profunda sabiduría. Reconocerla encaja con otro valor consagrado en el Concilio—la inculturación, la idea de que el dogma católico debe encontrar su expresión en el lenguaje cultural distintivo de cada pueblo. “Cristo vive”, Romero predicó a sus fieles. Y Cristo se encarna en toda realidad humana en existencia: “Cristo vive en El Salvador, Cristo vive en Guatemala, Cristo vive en Africa. El Cristo histórico, Dios hecho hombre, vive en todos los años de la historia y en todos los pueblos de la geografía”. Esta revelación también se manifiesta en la liturgia, ya que, “La liturgia no es recuerdo, aquí no estamos solamente recordando que hace veinte siglos Cristo entró a Jerusalén. La liturgia es presencia, es signo de realidades. La realidad es que hoy, este día 19 de marzo de 1978 ... Cristo está entrando aquí, a nuestras realidades salvadoreñas”.

Romero aceptaba que el Movimiento Litúrgico triunfó en el Concilio Vaticano II. Asistiendo a una ceremonia de beatificación presidida por Juan Pablo II en 1979, Romero salió impresionado por la simplificada liturgia papal: “No hay duda”, expresó en su diario, “que la renovación litúrgica ha cambiado notablemente el triunfalismo de otros tiempos en una verdadera asamblea de oración, de reflexión”. En público, Romero instó a otros a seguir el ejemplo de los Papas de simplificar la liturgia pública. “No nos estabilicemos en querer juzgar las cosas como las juzgamos una vez”, instó el día antes de su asesinato. “Los cambios en la Iglesia, queridos hermanos”, dijo, apelando a los de su generación, “sobre todo los que hemos sido formados en otras épocas, en otros sistemas, tenemos que tener y pedirle al Señor esa gracia de tenernos que adoptar sin traicionar nuestra fe, ser comprensivos con la hora de hoy”. La renovación litúrgica no tendría por qué traicionar la fe: “Tradiciones humanas son ciertos cultos, ciertas maneras de vestir, ciertas formas de rezar. Rezar de espaldas o de frente, en latín o español son tradiciones. Busquemos lo que más agrada a Dios, lo que más dice de una religión en medio del pueblo”.

Al buscar lo que más agrada a Dios, Romero fue muy respetuoso de la tradición. Su primer ministerio de importancia cuando era un joven sacerdote había sido de locutor de radio que comentaba a la transmission de una Misa Pontifical en Latín. Por tanto, Romero era bien versado en el «usus Antiquior». A veces exhibía cierta nostalgia por los antiguos ritos.  Recordabala era de oro de la liturgia” y la grandeza de las procesiones de Cuaresma que había visto cuando era seminarista en Roma. “Y encabezando esta procesión de catecúmenos, de penitentes y de fieles, el Papa y el Clero”, le narraba a un público absorto en vivo y por la radio: “vestidos de ceniza y de penitencia todos, recorrían los diversos lugares donde se inspiraba más esta renovación cristiana del pueblo de Dios”. En algunas ocasiones, Romero citaría las palabras de la liturgia antigua, como lo hizo durante las celebraciones folklóricas del “Día de la Cruz” en mayo en El Salvador: “Qué invitación más bella para ver en la Cruz de Cristo aquello que saluda la liturgia: ‘Ave Crux, spes única’.” (“Salve Cruz, única esperanza”, citando el himno de Vísperas en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz), o cuando trató de enseñar a los fieles una oración por el bienestar del Papa: “Una plegaria litúrgica muy hermosa, que a través de los siglos expresa la comunión del pueblo de Dios con aquél que ha sido puesto como cabeza visible de este mismo pueblo”.

Romero estaba especialmente interesado en asegurar la adoración reverente durante la liturgia. En su primera carta pastoral como obispo, se refirió a la liturgia como “la función sacerdotal de la Iglesia, su tarea santificadora”, y dijo que deseaba fomentar “una profunda concientización de la vida sacramental y litúrgica”. Esmeró la misma reverencia siendo arzobispo, instando a los fieles a reconocer la presencia de Cristo en el altar durante la misa: “lo sintamos ya presente en el altar y al adorarlo desde la hostia consagrada, podamos decir con la sinceridad de Tomás, no dudando sino creyendo de verdad: ¡Señor mío y Dios mío!

Una fuente adicional de reverencia en las liturgias de Mons. Romero era la participación de los fieles. La piedad popular que los obispos latinoamericanos han alentado en sí contiene un sabor muy reverente, y la adopción de prácticas de devoción tradicionales. Entre los fieles que llenaban las bancas de la Catedral de Romero, uno podría encontrar mujeres campesina, algunas de ellas con vestidos de colores indígenas, pero también mantillas para cubrirse la cabeza. En la línea de la Comunión, la mayoría de los fieles recibían la Comunión en la lengua.

Aún así, algunos acusaron a Romero de excesos litúrgicos. Sus misas, decían, parecían mítines políticos, hasta con ovaciones y aplausos. Pero Mons. Romero supo imponer un límite y lo guardaba celosamente. Miguel Cavada recordaba un episodio en cual Romero había presidido el funeral de un sacerdote asesinado y los cantos de los activistas amenazaban de ahogar un himno a la Virgen. “Entonces Romero agarra el micrófono y dice, visiblemente enfadado: por lo menos esperen a que yo termine de dar fin a esta santa misa; después, ahí en la calle, griten las porras que quieran, pero aquí adentro no”. En otra ceremonia similar, Romero presentó la viva liturgia como una alternativa a tomar las armas, e invitó a los jóvenes a unirse a la lucha para establecer el Reino de Dios antes que a alguna revolución terrenal. “Una lucha para la que no se necesita espada o fusil. La lucha se bate con guitarras y canciones de Iglesia; se siembra en el corazón y se reforma un mundo”, argumentó. “Liturgia de la tierra”, dijo, “que ya pregona la del cielo”.

Como sucede con su estilo pastoral en general y en todo su ministerio, el estilo litúrgico de Mons. Romero combina un compromiso con los cambios radicales del Concilio Vaticano II y una amplia perspectiva de compromiso con la tradición que antecedió la renovación del Concilio, lo que permite armonizar esos cambios con esa tradición. “La misa es la luz que le da la luz, iluminación a todas las actividades de los hombres”, dijo. Los fieles “tienen que someterse con amor y agradecimiento; con adoración y humildad al gesto divino de Cristo, que quiere multiplicar la presencia de su sacrificio en medio de nosotros”.

Extras en YouTube - La Música de las liturgias de Mons. Romero

“Una espiga”—esta es una canción eucarística utilizada en misas de Mons. Romero.

“Tú Reinarás”—este es un himno a Cristo Rey, cantada por un coro de Honduras.

“La Paz Esté Con Nosotros”—es un himno de la paz, con la música de Shalom Aleijem, cantada por el mismo coro hondureño anterior.

Bono Musical no. 1: el Beato Juan Pablo II cantando “Pescador de Hombres”.

Bono Musical no. 2: Raul Julia como Romero, cantando “De Colores”.

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