Wednesday, December 10, 2014

Sócrates y Mons. Romero

 


Harto de un “tábano” que interrumpía el status quo, las autoridades griegas sometieron a Sócrates — quien hoy es considerado como uno de los fundadores de la filosofía occidental — a un juicio por supuestamente corromper a la juventud y por herejía. Este crítico social intransigente se había convertido en una verdadera molestia para la clase dominante, implacablemente desafiando las suposiciones de su época, atreviendo a sus contemporáneos a cuestionar sus vidas, a no tomar nada como un supuesto y a no aceptar ninguna autoridad más que su propia inteligencia. No es de extrañar, que Sócrates también fue acusado de socavar la democracia griega y fue condenado a muerte bebiendo veneno. El ejemplo de Sócrates puede ayudarnos a entender una de las teorías que sustentan la causa del martirio de Mons. Óscar A. Romero de El Salvador.

Una entrega anterior examinaba el argumento de la Iglesia Salvadoreña que el odio de la fe cristiana por parte de los asesinos de Mons. Romero se puede establecer analizando la doctrina de seguridad nacional, y hoy nos dirigimos al argumento de que el odio de su fe también se evidencia en su deseo de matarlo para de acabar con un apelo irritante a sus conciencias. Tal como Mons. Romero en 1980 A.D., Sócrates en 399 A.C. se había convertido en una fastidiosa molestia para su sociedad. Su discípulo Platón llegaría a describir a su mentor como un “tábano”, cuyo trabajo consistía en picar y provocar a la sociedad, que comparaba a un caballo lento y torpe. Insistiendo en que su provocación filosófica era un aporte social muy necesario, Sócrates declararó que “una vida no examinada no merece ser vivida,” y prefiere su condena a retraer sus ideas. Su intención de desafiar conceptos que encontraba defectuosos fue resentida por algunos intelectuales prominentes. También hizo enemigos poderosos cuando denunció lo que consideraba la corrupción de la democracia ateniense. Su crítica social se convirtió cada vez más agravante a las élites gobernantes e inevitablemente fue juzgado, condenado y sentenciado a muerte a la edad de 70 años.

De manera bastante parecida, las críticas de Mons. Romero a la sociedad salvadoreña irritaron a la clase gobernante por su defensa intransigente de los pobres y su denuncia de los abusos cometidos contra ellos. En su primera gran homilía, Romero anticipa la resistencia que encontrará su mensaje, cuando humildemente afirma que “El más humilde de toda la familia escogido por Dios para ser el signo de la unidad, este obispo, les agradece cordialmente de estar dando con él, al mundo que espera la palabra de la Iglesia”. Después, cuando Romero llega a reconocer que se ha convertido en una gran molestia a los oligarcas, exhorta, “Yo les invito, hermanos, como Pastor, a que escuchen mis palabras como un eco imperfecto, tosco” — e insiste — “no se fijen en el instrumento, fíjense en el que lo manda decir: el amor infinito de Dios”. Apelando al Magisterio del propio Cristo, el arzobispo exige: “¡Conviértanse, reconcíliense, ámense, hagan un pueblo de bautizados, una familia de hijos de Dios!” Y por último, desesperado al encontrar que sus palabras caen en oídos sordos, Romero suplica, “Si no quieren escucharme a mí, oigan, por lo menos, la voz del Papa Juan Pablo II...

Pero los súbditos del Imperio habían endurecido sus corazones y cerrado sus oídos. En vez de prestar atención a sus llamadas a la conversión, comienzan una campaña de susurros en su contra, para desacreditarlo y difamarlo, para hacerlo parecer despreciable al ejército y a las bandas armadas de delincuentes que llevan a cabo los asesinatos extrajudiciales de los que han sido calificados como enemigos del estado. Aunque los motivos de su asesinato incluyen pretextos políticos — de que las críticas del arzobispo favorecieron la guerrilla marxista, o que el tono de las críticas de Romero pudo haber sido imprudente — el hecho de que otra parte del motivo de su muerte fue silenciar a un crítico que se había vuelto intolerable a la clase dirigente es innegable.

Como Sócrates, Romero fue asesinado por interpelar a los poderosos a obedecer a sus conciencias. Este mensaje de su última homilía dominical es inconfundible: “Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado”. Debió haber sido su sentencia de muerte. Fue asesinado al día siguiente.

Antes de su muerte, Sócrates defendió su rol de disidente, insistiendo en que, “Si matan a un hombre como yo, ustedes mismos se harán más daño del daño que me harán a mí”. Mons. Romero habría estado de acuerdo: “Aunque me maten, nadie puede callar ya la voz de la Justicia”.  Cegados por su indignación errada, los perseguidores apostaron que podían apagar la voz de la conciencia. Como siempre, se equivocaron.
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