Monday, November 18, 2013

La fe en el blanco

 
 
Si no sabía nada sobre el asesinato de Monseñor Oscar A. Romero de El Salvador, aún sabría esto: fue hecho por alguien que odiaba la fe. A la conclusión de este Año de la Fe, en un momento en que las amenazas a la fe se han vuelto más sutiles y evasivas por diseño, el asesinato de Romero hace tres décadas nos presenta conceptos para poder desenmascarar la persecución moderna de la fe. Aunque estuvo diseñado para eludir ser definido como desprecio abierto, hacia el cristianismo o el catolicismo, el asesinato de Mons. Romero exhibe odio hacia tres aspectos importantes de la fe cristiana: (i) el amor a los pobres, (ii) el carácter sagrado de la liturgia, y (iii) la Realeza de Cristo.
El desprecio por el amor a los pobres de Romero. Tal vez el odio más fácil de reconocer es el hecho de que los asesinos de Romero odiaban su trabajo en defensa de los pobres. A veces, nos olvidamos de que el odium fidei—un requisito canónico para el martirio—puede ser odio a la fe o por una virtud particular (por ejemplo, la justicia social). La aptitud de un cristiano hacia los pobres no es cualquier cosa. El Papa Benedicto XVI dijo que la Iglesia ve a Cristo reflejado en los pobres “sintiendo cómo resuena en su corazón el mandato del Príncipe de la paz a los Apóstoles: «Vos date illis manducare» – "dadles vosotros de comer" (Lc 9,13)”.  Este “mandato” de Cristo es obligatorio, no opcional. Por lo tanto, la violencia contra la obra de la Iglesia en la caridad y la justicia social nos presenta un ejemplo chocante y terrible del odio a la fe.
Desprecio al altar y la liturgia. Menos obvio, pero más fácil de reconocer después de las enseñanzas del Papa Benedicto XVI sobre la dignidad y el carácter sagrado de la liturgia, el asesinato de Mons. Romero en el altar es una abominación en contra la celebración de la Misa. Para un creyente, es Cristo quien está presente en el altar, no sólo metafóricamente, no sólo simbólicamente, sino que “verdaderamente, realmente, y substancialmente presente”. Es revelador que el tipo de abuso ritual visto en el asesinato de Romero se había convertido en algo común durante la persecución de la iglesia salvadoreña: altares profanados, fachadas de iglesias acribilladas a balas, y en una ciudad particular el tabernáculo que contenía las hostias consagradas fue abierto a machetazos. La decisión de asesinar al arzobispo en el acto de la celebración de la Misa es muy reveladora sobre los motivos de sus asesinos, y reportes similares de abusos rituales en la actualidad (por ejemplo, noticias sobre la profanación de altares en lugares donde los cristianos son perseguidos) nos debe hacer reflexionar.
Desprecio por la Realeza de Cristo. La mayoría de los analistas han concluido que Mons. Romero fue asesinado el lunes, 24 de marzo de 1980 porque el día anterior, el domingo, 23 de marzo, pronunció un sermón en el que pidió a los soldados salvadoreños a desobedecer cualquier orden de matar a civiles inocentes. A base de un legalismo cínico, este llamado de Romero estuvo considerado como un acto ilegal de insubordinación, un desafío a la orden militar y a la cadena de mando. Sin embargo, bajo los criterios de Romero—y los nuestros—eran los soldados los que habían invertido el orden de las cosas y Romero sólo estaba poniendo bien las cosas. La fiesta de Cristo Rey de este domingo nos enseña la primacía de la ley de Cristo y de su reino sobre las consideraciones políticas, temporales, y mundanas. Los asesinos de Romero no podían aceptar esa verdad, y su reacción violenta a la afirmación de la Realeza de Cristo por parte de Mons. Romero, es un acto de desprecio por la fe.
Durante treinta tres años, la Iglesia ha procedido con cautela en una beatificación de monseñor Romero ya que sus asesinos eran supuestamente cristianos y porque sus motivos probables incluyeron motivos de carácter político (ya que, en su defensa de los pobres, desafió el status quo). La Iglesia siempre procede con prudencia en estos asuntos. Pero no debemos confundir la reserva por duda. No hay duda de que Romero fue asesinado por odio a la fe. Por tanto, es providencial que el Papa Francisco haya ordenado que la causa de Romero se deje avanzar como uno de sus primeros actos después de llegar a ser Papa en este Año de la Fe. Además de los ejemplos positivos planteados por la Iglesia sobre la fe, también podemos aprender de este ejemplo, al sentido contrario, de los que actúan por odio a la fe. 
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