Wednesday, November 04, 2015

Memo desde Roma


 
BEATIFICACIÓN DE MONSEÑOR ROMERO, 23 DE MAYO DEL 2015
 

Francisco y los salvadoreños.  L'Osservatore Romano.
 



Siete obispos, dos ministros del gobierno y más de 500 salvadoreños residentes en Italia fueron recibidos por el Papa Francisco la semana pasada y salieron del encuentro con indicaciones claras de un pontífice que anhela canonizar a Mons. Romero y beatificar al P. Rutilio Grande, pero también muy decidido sobre de qué manera hacerlo.  Reportando el encuentro, los medios se centraron tan exclusivamente en las percibidas críticas de Francisco (narrativa que coincide con la imagen de Francisco como reformador incansable enfrentado con enemigos ideológicos) que han pasado por alto la advertencia más grande que dio a la Iglesia Salvadoreña—que no se halla en su discurso, ya sea lo preparado de antemano, o la parte improvisada.

El mismo papa que “desbloqueó” la beatificación de Mons. Romero parece ahora frenarla, o por lo menos imponer condiciones razonables para asegurar como quisieron hacer los pontífices antecesores, que la beatificación sea oportuna para la sociedad salvadoreña.

Por un lado, no hay duda de que Francisco tiene profunda admiración por Romero y por el Padre Grande, y que ansía llevar sus causas a buenas conclusiones.  El cariño y la devoción del papa quedaron en evidencia durante la audiencia—ante todo, en su discurso, en que llamó a Romero y Grande “un tesoro y una fundada esperanza para la Iglesia y para la sociedad salvadoreña”. [TEXTO.]  Agregó que “el impacto de su entrega se percibe todavía en nuestros días. Por la gracia del Espíritu Santo, fueron configurados con Cristo, como tantos testigos de la fe de todos los tiempos.”

Cuando los obispos salvadoreños le presentaron como regalo un escapulario con un trozo de corporal con la sangre de Romero, el papa se vio conmovido y besó el relicario que le fue presentado (un gesto inusual, que no se ve con otros objetos sagrados que se le han dado).  Más que todo, la admiración por Romero quedó en evidencia en su discurso en que habló apasionadamente de Romero como “un hombre que sigue siendo mártir”, porque sigue siendo calumniado.  Después de haber dado su vida siguió dándola dejándose azotar por todas esas incomprensiones y calumnias. Eso a mí me da fuerza…”

Cuando Francisco recibió a Mons. Rafael Urrutia, vice-postulador del P. Grande, le hablo sin ambigüedades de su interés en avanzar la causa: “Apuráte, Ché … metéle … cuanto antes”, fueron las frases con que el papa reiteró su prisa, provocando comentarios que los roles se habían invertido entre Pontífice y postulador.  Al recibir al P. Rodolfo Cardenal, biógrafo del P. Grande, Francisco le preguntó si había milagros atribuidos al P. Grande.  Un poco desconcertado en ese momento, Cardenal le dijo que no (en esta etapa en que se está tratando de establecer el martirio de Grande, no es procedente hablar de milagros).  El Papa lo corrigió gentilmente, diciéndole que Mons. Romero es el milagro de Rutilio Grande.

No obstante su entusiasmo, Francisco ha dado pautas inconfundibles de que desea imponer propósito y disciplina sobre el proceso.  Son dos sus lineamentos en este sentido: Primero, no habrá exención alguna de los requisitos procesales.  Es decir, será necesario comprobar un milagro para Mons. Romero (no habrá “canonización equipolente”) y un reconocimiento del martirio del P. Grande por los teólogos vaticanos.  Segundo—y esto es lo más interesante—según Mons. Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador, “El papa necesita ver un país que va dando pasos de reconciliación” y de momento no están las “condiciones”, debido a las altísimas tasas de homicidios por el problema de las maras.  Evidentemente, la Iglesia debe ‘apurarse’ y ‘meterle’ a ese tema ‘cuanto antes.’

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