Sunday, May 15, 2016

Una beatificación en Pentecostés


 
BEATIFICACIÓN DE MONSEÑOR ROMERO, 23 DE MAYO DEL 2015
 

La narrativa aceptada de la beatificación de Mons. Óscar Arnulfo Romero, obispo y mártir, es que esta representa el triunfo del ala progresista de la Iglesia sobre la oposición conservadora—una victoria sufragada por el ingreso del Papa Francisco al escenario.  Seguramente hay elementos de veracidad en esta versión, pero existe otra lectura de los hechos, en la que la beatificación Romero representa no tanto un éxito unilateral como un pacto equilibrado.  La elevación de Mons. Romero a los altares llega a bendecir la armonía lograda después de una época de conflicto—no solo en El Salvador, sino en la Iglesia.

La beatificación de Monseñor Romero, obispo y mártir, es una fiesta de gozo y de fraternidad”, dijo el Cardenal Angelo Amato en su homilía de beatificación.  De hecho, hemos visto como la ceremonia de beatificación—tan admirable y majestuosa—apaciguó las tensiones que surgieron en los días anteriores al evento: tensiones entre activistas y gente de iglesia, entre seguidores históricos de Romero y admiradores de época reciente, entre católicos progresistas y católicos de filo más tradicionalista.  La beatificación celebrada el fin de semana de Pentecostés forjó una especie de tregua adentro de la iglesia, con las diversas facciones aparentemente reunidas en torno a Romero; sus diversidades armonizadas como los colores del famoso halo solar que coronó la celebración.
Pero, más allá de una pacificación simbólica, la beatificación ha sido “un punto de inflexión para el catolicismo”, argumenta el vaticanista John Allen Jr., y “podría decirse que es la beatificación más importante de principios del siglo 21” porque consolidó un arreglo de debates históricos dentro de la Iglesia.  De la misma manera, el columnista Ross Douthat del New York Times opina que: “es justo ver el progreso de la causa del arzobispo asesinado—que originalmente fue desbloqueada, no por Francisco, sino por Benedicto—como un caso ejemplar de cómo el catolicismo a menudo se despolariza a sí mismo después de una época de división”.  Tanto Allen como Douthat resaltan el hecho de que la acción conjunta del Papa “conservador”, Benedicto, y el Papa “liberal”, Francisco, ha dado impulso a la beatificación. 
Como lo explica Allen, el finiquito que la beatificación de Mons. Romero solemniza es una doctrina social de la Iglesia que descarta las corrientes más estridentes de la Teología de la Liberación, pero acepta y abraza una visión moderada: “Si la Teología de la Liberación significa combatir la pobreza y luchar por la justicia, la respuesta es Sí; pero si quiere decir rebelión marxista y luchas de clase, entonces no”.
Un libro publicado tras la beatificación, Las Iglesias ante la violencia en América Latina, (FLAXO, México, D.F., 2015), reconoce la beatificación Romero como el sello de aprobación a dicho entendimiento, y va más allá, a decir que fue el martirio de Romero que impulsó ese arreglo.  Según Virginia Garrard-Burnett en ese libro, el martirio de Mons. Romero lo convirtió en un modelo de referencia para los clérigos comprometidos, quienes tuvieron que tomar en cuenta el repudio total de Romero a la insurrección armada, y su interpelación constante a la no violencia.  Por otro lado, su execrable magnicidio desenmascaró la innoble faz de la violencia, y por contraste la virtud y superioridad moral de la víctima de la violencia que se deja inmolar sin dejarse llevar por la tentación de responder con la fuerza.  Por supuesto, hubo también presión y corrección desde el Vaticano que canalizó el movimiento liberacionista hacia la moderación.
Fue el Papa Benedicto, el gran impulsor de las correcciones a la Teología de Liberación de los años ochenta el que desbloqueó la causa Romero, y fue Angelo Amato, consignatario de la corrección doctrinal al liberacionista Jon Sobrino quien precedió la ceremonia de beatificación.  Y si bien es cierto que la llegada del Papa Francisco aceleró el deshielo entre el Vaticano y la Teología de la Liberación, Benedicto ya había abierto el camino con el nombramiento de Gerhard Ludwig Müller, el gran amigo del “padre” de ese movimiento, como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
En su última homilía de Pentecostés, Benedicto dijo que “sólo puede existir la unidad con el don del Espíritu de Dios”.  De hecho, dijo el ahora pontífice emérito, “esto es lo que sucedió en Pentecostés.  Donde había división e indiferencia, nacieron unidad y comprensión”. 
Durante la beatificación de Mons. Romero, el Cardenal Amato aseguró que “Romero no es símbolo de división sino de paz, de concordia, de fraternidadEs un don del Espíritu Santo para la Iglesia y para la noble nación salvadoreña”.
Este es el don de la beatificación celebrada un fin de semana de Pentecostés.

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