Sunday, May 22, 2016

Reivindicación y una señal en el cielo en la beatificación Romero



BEATIFICACIÓN DE MONSEÑOR ROMERO, 23 DE MAYO DEL 2015


Mons. José Luis Escobar Alas no quería que la beatificación de Mons. Romero llegara a ser un holocausto semejante a su trágico funeral en 1980, en cual 44 fieles murieron a causa de disturbios y una estampida desatada por ellos.  “Es verdad que a los organizadores nos preocupaba mucho la seguridad de las personas que en gran multitud se harían presentes en el evento, pues por desdicha estábamos viviendo una situación de gran violencia social”, el Arzobispo de San Salvador confiesa a Super Martyrio.  “Sin embargo debo decir que toda la celebración se llevó a cabo de la mejor manera, con tanto respeto, con espíritu de colaboración, con gran humildad y, sobre todo, con mucha fe”.

Mons. Escobar Alas durante la beatificación.
Lejos del panorama apocalíptico del ‘80, la ceremonia de beatificación el 23 de mayo del 2015 fue un triunfo espectacular de alegría que literalmente invadió y se impuso en la realidad salvadoreña por un breve fin de semana.  “Los obispos que acompañamos al Cardenal [Angelo] Amato, desde el lugar de la presidencia de la ceremonia, pudimos ver una estampa maravillosa como nunca la hemos visto antes”, dice el arzobispo, “el pueblo de Monseñor Romero congregado por centenares de miles de personas—según nuestro cálculo, más de 400,000 personas—acompañado de su Santo, viviendo con inmensa alegría y gran espiritualidad la beatificación de su Obispo, Pastor, y Padre”.
El teatro de la acción fue enorme—las zonas y calles afectadas abarcaban un espacio del tamaño del Parque Central de Nueva York.  Temprano en la mañana del sábado, navegar las zonas aledañas era algo como manejar por la Franja de Gaza—los conductores tenían que entregar sus licencias para poder ingresar a la zona.  Los acercamientos a la Plaza Salvador del Mundo se asemejaban a un caos organizado, con varias filas para pasar por controles de ingreso a la zona.  Buses llenos de estudiantes uniformados, grupos de monjas, Boy Scouts, y el sonido de idiomas extranjeros, se unían a la emoción bulliciosa de aquel día.
Emerson Didier Páez Martínez trasnochó en la Plaza Salvador del Mundo con 90 jóvenes del Complejo Educativo Católico San Francisco y algunos padres de familia.  Habían llegado a las cuatro de la tarde del viernes, y aguantaron lluvias torrenciales, la helada de la noche, el hambre y la sed, para amanecer en un puesto privilegiado cerca del templete.  Estuvieron a punto de ser evacuados de sus puestos a primera fila detrás de los invitados especiales para permitir ingresos VIP a la “Zona Cero”, pero una religiosa anciana intervino por ellos.  “Solo pensé en Mons. Romero que había mandado un ángel a abogar por nosotros, cuando inicio aquella ceremonia solemnísima”, recuerda Emerson.
Cuando los sacerdotes comenzaron su procesión desde el Seminario San José de la Montaña hasta el templete, el mundo se dio cuenta de la magnitud de la escena.  El desfile eclesial duró media hora para lograr ingresar unos 1,300 sacerdotes, 100 obispos y seis cardenales al altar temporario erigido en la plaza.  Fue tan grande el número de con-celebrantes que en algún momento hubo un atasco de tráfico en la procesión hacia el altar y los prelados, incluyendo el celebrante principal, el Cardenal Amato, se quedaron parados en la rampa que los subía al altar esperando que se aliviara el bloqueo.  El coro tuvo que repetir los cantos para dar tiempo adicional para que la procesión pasara. [Música.]  Todo esto no disminuyó el ánimo del Cardenal Amato, que sonreía y bendecía evidentemente eufórico con aquel ambiente (comparando su aspecto en otras beatificaciones pone su exuberancia en manifiesto).
Tres presidentes: Juan Carlos Varela (Panamá), Rafael Correa (Ecuador), Juan Orlando Hernández (Honduras).
La ceremonia fue transmitida en vivo alrededor del mundo.  El Papa y el Presidente de los Estados Unidos emitieron mensajes de felicitación.  El Secretario de Estado de EE.UU y el canciller del Vaticano también dieron declaraciones.  Cuatro jefes de estado asistieron a la ceremonia, y numerosos gobiernos enviaron delegaciones oficiales.  Varios ex mandatarios regionales también se hicieron presentes, junto a la aglomeración masiva del pueblo cuyo júbilo era palpable. 
Paulita Pike estaba enfrente de la Torre de la Telefónica.  “Miraba a mi alrededor y éramos un solo pueblo”, recuerda.  “Ahí no se veía protocolo, ni gafetes oficiales ni gafetes de la Iglesia, ni elegancias, ni tacones ni corbatas, ni sillas reservadas, ni binchas regaladas”.  El ejército, la policía y profesionales de seguridad fueron innecesarios, argumenta Pike. “Mejor se hubieran ido de vacación ese día porque fueron salarios de por gusto.  El temor se había ido a otra parte”.

Los aplausos irrumpían con cada mención del nombre de Mons. Romero, incluyendo las más casuales y las menos esperadas, como fue la inclusión del nuevo beato entre los santos mencionados en la plegaria eucarística.  El entusiasmo era a veces asombroso; cohetes estallaban durante la Misa, incluyendo durante el evangelio.  Igualmente eufóricas eran las “vivas” que resonaron durante la ceremonia, especialmente aquellas a favor del papa.
Toda la liturgia—sus cantos, lecturas y alocuciones—se puede resumir en el tono trágico-triunfal del Salmo Responsorial: “Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares”. [Resumen - Compendio - Trivia.]
El momento culminante llegó a las 10:26 a.m. hora local, cuando el Cardenal Amato pronunció el nombre de Mons. Romero en latín, “Ansgarius Arnolfus Romero Galdamez”, seguido por la formula “episcopus et martyr … beati nomine in posterum appelletur”, desde cuando el hijo de Santos y Guadalupe, “el niño de la flauta”, se convirtió en el primer Beato salvadoreño.
Julian Filochowski, el presidente de la Romero Trust, viajó desde Londres y estaba sentado con unas monjas irlandeses, detrás de las filas del clero.  “Mi sensación general era de euforia ilimitada”, recuerda Filochowski, responsable de nominar a Romero para el Premio Nobel de la Paz en 1979.  “Y, sin embargo, todo eso se mezcló con una extraña sensación de un vacío en el estómago”, recuerda—“exactamente la misma sensación que tuve cuando Nelson Mandela fue liberado de 27 años de cárcel” en 1990.  “El Beato Oscar Romero ahora pertenecía realmente a toda la Iglesia universal y ya no solo a nuestra pequeña confraternidad de creyentes verdaderos que habíamos perseguido tenazmente el reconocimiento de su martirio”.
A Emerson Páez, el coordinador del grupo juvenil de la Parroquia San Francisco, se le rodaron las lágrimas.  “Sentí que era la victoria de los justos, los pobres, los humildes, los marginados, los que no tienen voz; sentía que Monseñor Romero nos representaba a todos y que lo que el pueblo ya había dicho, Monseñor Romero Santo, la iglesia ahora solo estaba confirmándolo”.
El grupo juvenil de la parroquia San Francisco.
Jenny Concepción Fuentes Ayala, una de las estudiantes del grupo, de 16 años de edad, pensó en las cadenas de oración que habían realizado pidiendo por esa beatificación.  “Hubo llantos, sonrisas, lágrimas, pero sobre todo alegría”—recuerda la joven—“alegría al saber que tanto sacrificio de años atrás con las oraciones rezadas día con día con gran devoción en nuestra parroquia San Francisco se hicieron realidad”.
Sandra Judith Zuleta Cornejo se encontraba detrás del altar, siguiendo la ceremonia a través de una pantalla gigante.  “Siento que me comporté como una incrédula, pero en mi mente pensé ¿por qué no nos das una señal?,” recuerda la maestra del Instituto Católico Padre Richard Mangini, “así como en las apariciones de Fátima para que esos que tuvieron el privilegio de ser invitados especiales, a pesar de ser los mayores opositores, se sonrojen de vergüenza y reconozcan, así como aquellos soldados romanos que al pie de la cruz reconocieron a Jesús como hijo de Dios, que Mons. Romero es un santo”.
La profesora Zuleta y millares de personas miraron hacia el cielo.  Todos vieron y grabaron un fenómeno singular.  “Mi recuerdo perdurable es el arco iris, el halo solar que es el término técnico”, dice Julian Filochowski.  “Apareció alrededor del sol en el momento en que se leyó el decreto de beatificación y se prolongó durante unos 45 minutos”.
Jorge Bustamante, director de Grupo Radio Stereo, estaba cerca de la entrada de los invitados especiales.  “Recuerdo el mar de sombrillas que luego desaparecieron para admirar el halo solar”, dice Bustamante un año después.
Mons. Escobar no vio el halo hasta después de concluida la ceremonia.  “Debo decir que nosotros los obispos que acompañábamos al Cardenal Presidente de la ceremonia, no tuvimos la oportunidad de ver esa señal del cielo, porque el techo del templete nos lo impidió totalmente”, recuerda Monseñor.   “Lo hemos visto después en las fotografías y en los videos que tomaron”, dice el prelado.
Para Julian Filochowski, si bien el fenómeno no fue un milagro en el sentido estricto de la palabra, sí fue una señal.  “Para mí lo que vino a la mente fue la descripción bíblica de cuando Jesús fue bautizado en el Jordán y aquella voz desde el cielo: ‘Este es mi Hijo amado en quien tengo complacencia’. No fue un milagro, pero ¡sí fue un signo!
El arzobispo coincide en ese punto: “es verdaderamente grandioso y muy significativo, pienso que de esa forma Dios puso su firma en tan extraordinario acontecimiento que llena de alegría el cielo y la tierra”, profundiza.  “Jamás en mi vida había visto el halo solar y tengo entendido que en este país no se da, pero para Dios nada es imposible”, dice el arzobispo.  “Quiso de esta manera hacerle ver al mundo que en el cielo hay un astro luminoso y que a su vez está iluminando siempre al pueblo de Dios con su doctrina, con su espíritu y con su intercesión—nuestro Monseñor Óscar Romero”.
Herberth Huberto Hernández Hernández, otro de los estudiantes del Colegio San Francisco, concuerda.  A sus 18 años de edad, el joven comprende de que “Romero significa una luz que sigue viva y que cada vez crece más hasta llegar a muchos corazones que lo necesitan”.

[Más: Una beatificación en Pentecostés]
Su bloguero

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