Monday, May 11, 2015

Romero es nuestro—pero, ¿de quién?




Juan Pablo II: “Romero es nuestro”.



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Dos semanas antes de la beatificación de Mons. Óscar A. Romero, cómo presentar al mártir salvadoreño, y a base de qué criterio, se está volviendo un argumento principal en el drama del evento.  Este conflicto fundamental subyace una serie de puntos de choque que han surgido en el último par de semanas:

  • Inquietudes sobre un jingle promocional acusado de reflejar más los intereses de una campaña comercial corporativa que los valores de una “Iglesia de los Pobres”;
  • Acusaciones que la Iglesia se acercó demasiado a la Telecorporación Salvadoreña, otorgándole importantes concesiones sobre la difusión televisiva del evento, a costas de otras empresas de televisión católicas y salvadoreñas;
  • Quejas de que el lema de la beatificación, “Romero Mártir por Amor”, busca endulzar el tema para no ofender a la derecha política y deja a lado el criterio teológico de que Romero haya sido asesinado por odio a la fe.
  • Acusaciones que el elenco de artistas seleccionados para los spots consiste en artistas comerciales que nunca han expresado interés en Romero o la justicia por los pobres, y ha dejado en el olvido a muchos artistas comprometidos;
  • Criticismo generalizado del evento, en el sentido de que está sobredimensionado como un espectáculo, y está demasiado alejado de la humildad de Romero;
  • Más específicamente que al ubicar a representantes de comunidades marginales con asientos contados, detrás de cardenales y obispos, jefes de estado, la familia del Beato y miles de sacerdotes, disminuye su importancia, y que designarles como “pobres, campesinos” en el programa oficial, es insensible;
  • Inconformidad de que reliquias de las vestimentas ensangrentadas de Romero, conservadas por monjas en el Hospitalito para cancerosos donde vivió sean confiscadas por los obispos irrespetando los derechos de las monjas; y
  • El conflicto generado por un grupo de lisiados de guerra que habían ocupado el sitio designado para la beatificación para exigir sobre sus pensiones, amenazando con no desalojar la plaza para el desarrollo del evento de beatificación.

Hay tres motivos que explican todos estos conflictos.  (1)  Existe una verdadera controversia sobre quién verdaderamente tiene derecho a reclamar a Romero y hablar en nombre de él.  De hecho, esta disputa ha sido el debate central en la historia de esta causa.  (2)  Parte de lo que estamos viendo es el clásico conflicto generado cuando una causa pasa de ser una pertenencia insular a ser una pertenencia extensa, lo cual causa dolores de crecimiento. (3)  Finalmente, el calendario apresurado con cual se programó la ceremonia de beatificación después de haber sido aprobada no ha dejado suficiente tiempo para consolidar consenso sobre varios temas, dejando en el campo minas terrestres que no han sido desarticuladas. 

En primer lugar, estamos viendo el clímax de la batalla épica sobre la identidad de Mons. Romero.  Cuando el Papa San Juan Pablo II visitó la tumba de Mons. Romero en 1983, supuestamente declaró ante los que estaban presentes, “Romero es nuestro”—indicando su deseo de que la Iglesia reclamara a Romero como suyo.  En mayo del 2007, el Papa Benedicto XVI se quejó que el “problema” en la beatificación de Romero había sido “que una parte política quería tomarlo injustamente para sí como bandera, como figura emblemática”, y que faltaba resolver “cómo poner adecuadamente de manifiesto su figura, protegiéndola de esos intentos de instrumentalización”.

Romero tuvo apoyo de la gente ordinaria, pero la Iglesia al principio dudó de la prudencia de su actuar y tanto la derecha como la izquierda detectó la incertidumbre y se aprovechó de ella.  La derecha argumentó que Romero se había alejado de la doctrina ortodoxa, y lo acusó de una doble insurrección—en contra del estado y en contra de la Iglesia.  A base de esa calumnia, la extrema derecha se movió decisivamente para silenciarlo.  Después de su muerte, cuando era evidente que era un mártir y considerado así popularmente, la izquierda no dudó en reclamarlo para sí misma, mientras que la derecha no le quedó más que tratar descartarlo al olvido, mientras que en privado buscaba resaltar las dudas prudenciales sobre su ortodoxia.  Cuando la Iglesia comenzó a rescatar su figura, se encontró con estas dos estratagemas interesadas que parecían coincidir en que Romero era un agitador de izquierdas.  Ahora que la Iglesia busca finalizar su recuperación de la figura de Romero, todavía encuentra cierta renuencia por parte de los sectores “populares” que se resisten a liberar lo que consideran su pertenencia.

Quién es el dueño del legado de Romero es un pleito que se remonta hasta el día de entierro, en que activistas de izquierda colgaron carteles en la fachada de la Catedral Metropolitana especificando cuales obispos no eran bienvenidos a la ceremonia.  Podemos estar seguros que la ceremonia de beatificación no se degenerará al caos que fue el entierro, donde tiroteos y posibles bombas desencadenaron una estampida, y un esforzado refugio de miles de clérigos y feligreses en la Catedral, aun bajo construcción en esa época.  Romero fue enterrado apresuradamente en una sepultura improvisada en la planta principal de la Iglesia y no fue movido a su tumba en la cripta hasta una década después—y ese traslado desató acusaciones de que la Iglesia lo habia expulsado, consignándolo al “sotano de la iglesia”.  En esos tiempos, frecuentemente se escuchaban expresiones contundentes en torno a Romero.  Cuando Juan Pablo II mencionó Romero en una reunión privada con obispos salvadoreños, un obispo, de filo conservador, supuestamente dijo que Romero era el culpable de todas las muertes de la guerra.

Aunque no se tratara de Romero, siempre existe una tensión natural entre los seguidores históricos de una causa que rompe en nuevos niveles de éxito, y sus nuevos seguidores.  El caso paradigmático debe ser el de la Iglesia Primitiva, constatado en los Hechos de los Apóstoles, cuando el cristianismo atrajo a los gentiles, y los seguidores de Jesús tuvieron que decidir si primero era necesario hacerse judío para ser cristiano.  Para seguir a Romero, ¿hay que ser católico progresista?  Y si uno no ha estado con la causa desde hace años, ¿cuáles son las condiciones para incorporarse?  ¿Puede opinar libremente alguien que acaba de sumarse a la causa?  Estas tensiones se ven en otras circunstancias, por ejemplo cuando un artista se vuelve “superstar” y sus seguidores antiguos se sienten desplazados por los nuevos “fans”.

Finalmente, los conflictos en la planificación de un evento de tan grandes proporciones como una beatificación a que acudirán 250.000 personas o más no deberían sorprender, y la existencia de puntos de vista diversos en tales casos también es normal.  Por ejemplo, en la canonización de los papas Juan Pablo II y Juan XXIII, hubo controversia por un grupo que organizó una cena exclusiva de lujo para observar la ceremonia desde un lugar privilegiado, que muchos dijeron no era digno de la ocasión.  En el caso de la beatificación de Mons. Romero, el poco tiempo entre el anuncio de la aprobación de la beatificación y la fecha del evento fue de solo dos meses y esto acortó el plazo para poder dialogar y tratar de resolver puntos de conflicto.  Esto sin duda ha llevado a tensiones y conflictos que quizá se pudieran aplacar si hubiera más tiempo para hacerlo.

No obstante la persistencia de estas tensiones, al fin no parece que vayan a frenar el éxito del evento.  Pero sin duda, van a persistir debajo de la superficie y es importante comprender la dinámica detrás de ellas.  Es apropiado que la ceremonia tome lugar el fin de semana de Pentecostés, la fiesta que celebra la unidad de puntos de vista divergentes adentro de la Iglesia.  Ojalá esta beatificación sea ejemplo de unidad y reconciliación entre los discípulos.
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