Thursday, May 28, 2015

Beatificación y Evangelización


Duane y Carlos.
 
Por Duane WH Arnold, PhD, “The Project”:
Fue un fin de semana extraordinario. Mientras que nuestro buen amigo, Carlos X., estaba en el campo en San Salvador informando sobre la beatificación de Oscar Romero, aquí estábamos en Indiana, viendo el procedimiento “desde la distancia”, viendo la transmisión de la ceremonia y la misa en vivo en línea, mensajeando con Carlos, trabajando con los medios sociales y electrónicamente correspondiendo con devotos de Oscar Romero, textualmente, por todo el mundo. El rápido ritmo de la comunicación de ese día, hizo casi imposible formar una verdadera reflexión en cuanto a la importancia del día y del evento. La distancia de sólo unos pocos días, sin embargo, puede permitir una perspectiva que va más allá de la alegría de la beatificación en sí y nos permite poner todo lo que hemos visto y oído en una perspectiva.
Primero... se ha hecho. El amado Arzobispo Oscar Romero de San Salvador, martirizado en odium fidei, ha sido beatificado. Ha sido un viaje largo y complicado en el transcurso de treinta y cinco años, pero ahora ya está hecho. Ha cumplido los sueños y deseos de literalmente millones de personas alrededor del mundo. Ha acabado, al menos de manera oficial eclesial, el argumento de que el asesinato de Romero era simplemente una cuestión de la política salvadoreña. Ha llevado a Romero y su legado al corazón de la iglesia, extraña y casi proféticamente, cumpliendo con su lema de arzobispo, “Sentir con la iglesia”. Ahora, asume su lugar en el corazón de la iglesia, como un mártir y “Beato”, el lema puede ser revertido, como se nos invita, a “Sentir con Romero”. El Arzobispo Paglia, postulador de la causa de Romero, le gusta citar a San Juan Pablo II - “él es nuestro mártir” – que lo es, ya que el ejemplo de fe y la muerte de Romero sólo pueden entenderse dentro del contexto de la iglesia. Los acontecimientos de este fin de semana pasado hacen de este sentimiento un ya hecho, algo que ya no está abierto a debate o contradicción.
Creo que es importante, por otro lado, ver la beatificación de una manera global y realista. Romero fue beatificado en su amado El Salvador - un país aún recuperándose de las divisiones de su larga guerra civil, desgarrado por la violencia de las pandillas y la desigualdad social y política. Es un país con una creciente población de la iglesia libre evangélica, en desacuerdo con la jerarquía católica romana de San Salvador. Esta descripción podría aplicarse también a varias otras naciones de América Central y Sudamérica. Mientras que muchos en la región pueden estar orgulloso de Romero como un salvadoreño y respetan su memoria como un hombre de fe y justicia, hay un “desconecte” palpable de la realidad del hombre como un “hijo de la iglesia”. Este punto de vista, sin embargo, hace eco de muchos en los Estados Unidos, Europa occidental y África, donde la “imagen” de Romero es venerada en términos de justicia social y oposición heroica a la opresión, pero está divorciada del contexto de la iglesia - un escenario que, creo, Romero se habría encontrado un poco desconcertante.
Con esta visión “realista” de la beatificación, sería instructivo ver lo que se hacho y no se ha hecho acá en los Estados Unidos. Numerosas diócesis y Arquidiócesis celebraron Misas de acción de Gracias bien publicitadas, a menudo en sus respectivas catedrales, con grandes congregaciones en asistencia. Otras ofrecen servicios de acción de Gracias sólo en el idioma español, mientras que otras diócesis y Arquidiócesis permanecían en silencio o lo que se podría llamar “un poco de bajo perfil” en sus celebraciones. En esta observación, nos quedamos con preguntas – será el Beato Oscar Romero celebrado por toda la iglesia; o va a ser su imagen “localizada” y su legado utilizado, en general, para llegar a la comunidad hispana; o va a ser como uno de esos “Santos incómodos”, algo así como Francisco de Asís o Tomás Becket en su tiempo.
Después de profundizar en el tema, creo que es de suma importancia que toda la iglesia acoja tanto la vida como el legado del Beato Oscar Romero. La razón de esta convicción podría resultar sorprendente para algunos, pues tiene que ver con la evangelización. Fuera de África y el subcontinente indio, la iglesia católica romana está disminuyendo. Tomando los Estados Unidos como un ejemplo, vamos en camino de seguir a Europa como una sociedad pos cristiana. Según la encuesta más reciente del Pew Research Center (12 de mayo de 2015) todos los grupos cristianos han experimentado una disminución en sus números. Mientras tanto, los que se identifican como “no afiliados” han crecido en casi siete por ciento en los últimos siete años. El porcentaje de crecimiento de los no afiliados es especialmente alto (35%) entre aquellos nacidos después de 1981. En la iglesia católica en los Estados Unidos, por cada persona que se une, entrando por así decirlo, por la puerta de enfrente, cinco personas están saliendo por la puerta de atrás. Mientras tanto, segunda generación de hispanos son cada vez más atraídos a las iglesias evangélicas o se vuelven “no afiliados”.
Debemos preguntarnos, “¿Qué está buscando la próxima generación que no ha podido encontrar?” Si bien la respuesta a esta pregunta consiste en factores variados, creo que el tema central es uno de “autenticidad” - y es a esta cuestión de la autenticidad que Romero habla, en voz tan alta y tan clara como sus emisiones de radio o su homilía final. Para Romero, no había ninguna división entre su fe y su búsqueda de justicia para las personas bajo su cuidado. No había ninguna división entre su amor por la iglesia y su amor por los pobres. No había ninguna división entre su imagen pública y su piedad personal. En otras palabras, era “auténtico”. Como tal, atrajo a la gente a sí mismo y a la iglesia y a Cristo. Como tal, se ha convertido en un ejemplo para una iglesia que va más allá de sus límites para poder abarcar la alegría y el dolor del mundo.
Si recogemos esto como el significado y el mensaje de la beatificación de Romero, podríamos encontrar una iglesia futura con llamativa semejanza al arzobispo mártir.


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