Wednesday, April 08, 2015

De Romero a “Monseñor”

 
 
Un poco antes de celebrar sus bodas de plata como sacerdote el 4 de abril de 1967, Óscar Romero recibió el título que lo marcaría con tanta particularidad: monseñor.  Una foto de la época (arriba) presenta una fiesta en esos días, en que Romero viene homenajeado por personas de la sociedad migueleña, y una jovencita le entrega un corderito—el tradicional símbolo del buen pastor.  Por suerte, Super Martyrio ha dado con la jovencita que hizo la entrega de la ovejita, tirando luz sobre el contexto.
Sonia Sosa vive ahora en Pasadena, California, y no había vuelto a ver a Romero desde aquel entonces en que el sacerdote fue galardonado en el ex Cine Gavidia de San Miguel.  Peor aún, Sosa no había siquiera vuelto a ver la foto de la ceremonia hasta que su hija logro encontrarla recientemente en este blog.  Sosa relata una historia que desgraciadamente ha sido demasiado común en El Salvador durante la guerra civil que siguió el trágico asesinato de Romero: los familiares de Sosa en El Salvador se deshicieron de cantidades de fotos íntimas de Romero (“álbumes enteros”, afirma ella) por miedo de despertar sospechas y la persecución del ejército.
Todo lo referido a aquella foto parece estar teñido en un tono de melancolía.  Aquel momento en la vida de Romero significó efectivamente su salida de San Miguel, después de muchos años laborando en su tierra natal.  Sus amigos y seguidores suplicaron y firmaron peticiones buscando que se quedara, pero fue en vano.  Unos meses después sería  nombrado secretario de la conferencia episcopal, lo que requirió que Romero se trasladara permanentemente a San Salvador. 

Romero tenía una amistad con la abuela de Sonia, la Sra. Emérita de Sosa.  Su familia tenía una paletería a media cuadra del seminario, y Romero llegaba a comer a la casa de la familia.
Cuando Sosa habla de aquel ambiente, es evidente que se trataba de una época ahora perdida en el tiempo.  Sosa recuerda que el padre Romero tenía a su cargo la iglesia Santo Domingo en el Barrio de La Cruz del mismo local.  Romero les impartió el catecismo a los niños del lugar, incluyendo a Sosa.  De hecho, a ella le administró su Primera Comunión, en la Catedral de San Miguel.
Eran tiempos de fervor.  Sonia recuerda que con su abuelita rezaba el Santo Rosario todas las noches, y ella y sus hermanas se vestían de blanco todo el mes de mayo en honor a la Virgen.  El padre Romero tenía su habitación detrás del altar de la Iglesia Santo Domingo.  Sonia lo recuerda como “una persona tan sencilla”, de quien jamás hubiera esperado ver un final tan distinto a la vida ordinaria y placentera de entonces.
Este fue el momento también en que el padre Romero se convirtió en “Monseñor Romero”, recibiendo este honorífico eclesial tras cumplir 25 años de sacerdocio.  El título llegaría a transformarse casi en un nombre propio durante su ministerio como arzobispo de San Salvador.  De hecho, muchos salvadoreños siguen refiriéndose al desaparecido pastor simplemente como “Monseñor”.  Parte de esa idiosincrasia se explica por el hecho que el título ha cobrado una importancia mayor en la América Latina que en otras partes del mundo como Europa o Norte América, porque históricamente no ha habido demasiados cardenales latinoamericanos, y monseñor llega a ser el máximo rango alcanzado por los prelados (de hecho, hasta la fecha nunca ha habido un cardenal salvadoreño).  Por otra parte, al referirse a Romero simplemente como “Monseñor”, los salvadoreños expresan una intimidad, familiaridad y cariño, como cuando se le dice solamente “Capitán” a una persona de ese rango.
La idea de entregarle el corderito a Mons. Romero había sido de la abuela se Sonia Sosa, la Sra. Emérita Sosa.  Sonia recuerda la inquietud del animalito cuando lo sostenía esperando el momento de hacer la entrega, y su propio nerviosismo por miedo de que el cordero se le iba a escapar.  También recuerda la reacción del padre Romero detrás de la cortina, unos instantes antes del momento de la presentación, cuando logro ver a Sonia, de unos nueve años, y el cordero y se percató de lo que estaba a punto de suceder. “Eran risas y risas”, de Romero al verla volviéndose roja de pena.  No se dejaba de reír”.  Aun en la foto, Romero parece seguir riendo, la alegría de ese momento plasmada para siempre.
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