Wednesday, March 04, 2015

De los “Nuevos Mártires”




Monseñor Romero y los cristianos coptos egipcios asesinados por el Estado Islámico en Libia el mes pasado, que han sido reconocidos de manera inmediata como mártires por la Iglesia Ortodoxa Copta, ilustran tanto el poder como la provocación de los “Nuevos Mártires”.

Originalmente utilizado en la Iglesia Ortodoxa Oriental para describir mártires asesinados por gobernantes cristianos heréticos, el término “Nuevos Mártires” ha llegado a denotar aquellos cristianos que han sucumbido bajo situaciones variadas del martirio, incluyendo la Guerra Civil Española, las guerras de los “cristeros” en México, las víctimas del nazismo y del fascismo, la persecución bajo regímenes comunistas, y un sinnúmero de pequeños grupos—por ejemplo, los llamados “mártires de la caridad”, los “mártires de la creación”, etc.

Nuestra edad, por supuesto, no ha sido la primera vez que han surgido ideas nuevas del martirio. La ‘Homilía Cambrai’ del siglo séptimo ya habla de martirio “rojo”, “blanco” y “verde” en la iglesia irlandesa de la época, en parte porque la idea original del martirio—el “martirio rojo”, que denota una muerte violenta y sangrienta—se había vuelto en algo poco común en una Europa cada vez más cristianizada. Otras formas de dar la vida por Dios tenían que ser reconocidas, incluyendo el ascetismo estricto de los ermitaños del desierto (el “martirio blanco”) y el “martirio verde” de recluirse en el bosque para buscar una vida primitiva de oración. (¿No es esto lo que Monseñor Romero predicaba cuando dijo, en un pasaje citado por el Papa Francisco en enero, que “dar la vida no es sólo que lo maten a uno; dar la vida, tener espíritu de martirio, es dar en el deber, en el silencio, en la oración ...”?)

Los Nuevos Mártires de nuestro tiempo no sufren solamente un martirio simbólico. Sus muertes constituyen, de hecho, un verdadero “martirio rojo”, aunque condicionado a las características específicas de su lugar y tiempo. Sin embargo, apartarnos del concepto idealizado del martirio nos causa discordia. Recordemos los elementos del martirio en la Iglesia Católica: (1) una muerte cruel o violenta; (2) libremente aceptada por la víctima; (3) impuesta por odio a la fe. Woestman, Canonization: Theology, History, Process 143 (St. Paul University, 2002). Un prominente abogado canónico recientemente argumentó que la muerte de Monseñor Romero no había sido “libremente aceptada” porque no se le dio un ultimátum con una oportunidad de huir (el argumento se basa en una comprensión incompleta de los hechos, ya que hay amplios comprobantes de que Romero supo de las amenazas y fue presentado varias salidas). El mismo razonamiento se aplicaría a los 21 mártires coptos, porque ISIS no los obligó a elegir el morir por Cristo: simplemente los masacró indiscriminadamente. (Además, es difícil decir que ISIS se enfoca en los cristianos cuando también mata al pluralista Charlie Hebdo, y lanza a presuntos homosexuales de los rascacielos.) Son circunstancias recurrentes para los Nuevos Mártires.

Romero y los mártires coptos tienen algo en común que nos salva de un pensamiento mezquino de lo que significa ser mártir: nos presentan con una tremenda visión del martirio que es difícil de despreciar. Romero fue asesinado celebrando la Misa. Es uno de tres obispos en la historia en ser asesinados en el templo (los otros dos fueron canonizados rápidamente), y el único en ser asesinado en el altar. Este solo hecho fue el más citado por el Papa Juan Pablo II y ha reforzado, sin duda, la causa de beatificación de Romero. En cuanto a los mártires coptos, aunque hayan legiones de cristianos decapitados, una decapitación en YouTube significa difusión inmediata por todo el mundo cristiano y el horror universal ante la barbarie de los delitos, como también un juicio rotundo que las víctimas de hecho han sido mártires. En definitiva, se trata de dos punzantes iconos del martirio.

Recientemente, en una obra académica que verdaderamente admiro, el Dr. Todd M. Johnson, del Seminario Teológico Gordon-Conwell propuso sustituir la definición del Derecho Canónico antes citada con esta nueva definición de los mártires: “creyentes en Cristo que han perdido la vida antes de su tiempo, en situaciones de testimonio, como resultado de hostilidad humana”.

Evidentemente, esta nueva y más amplia definición podría encajar cómodamente a Monseñor Romero y los 21 mártires coptos egipcios, y quizás muchos otros giros y vueltas en la naturaleza del martirio en el futuro flujo turbulento de la historia del mundo. Sin embargo, por mi parte, me opongo a cambiar la definición y prefiero mantener la fórmula tradicional. Esto se debe, en mi opinión, a que el martirio no ha cambiado. Lo que ha cambiado son las metodologías de los perseguidores, el estado de la técnica de la maquinaria de la muerte. Si bien es cierto que debemos reconocer que la definición tradicional del martirio necesita espacio para respirar, debemos mantenerla en su lugar, seguros de la coherencia y continuidad del testimonio cristiano a través de los siglos.

Es de destacar que tanto Monseñor Romero como los mártires coptos han sido reconocidos rápidamente como tal más allá de los límites confesionales. Es porque reconocemos el martirio cuando lo vemos.


Ver también:


Romero y los mártires del Perú
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